El mundo de la nueva normalidad

¿Tenemos razones para ser optimistas con respecto al mundo después del confinamiento por la pandemia?
(Imagen: Pixabay)

Desde que el coronavirus se volvió una pandemia que ha contagiado a más de cinco millones de personas en todo el mundo, existe la sensación general de que el mundo está en un punto de inflexión histórico. La sensación de que nada volverá a ser lo mismo. En México, ya hemos acuñado un nombre: la nueva normalidad. Sin embargo, otra cosa comienza a parecer cierta también y es que, por más que queramos ser optimistas, parece que seguiremos sin aprender las lecciones que el COVID-19 debería dejarnos.

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División y nacionalismos

Hay algo que resulta cada vez más claro: los nacionalismos nunca se han ido. A medida que el coronavirus se ha propagado por todo el planeta, los gobiernos de cada país son los que han dirigido sus respectivas luchas contra la enfermedad. Esto ha hecho que las personas —en su mayoría— se ciñan a las medidas impuestas. Así, la autoridad se extiende y extenderá en casi todas los aspectos de nuestra vida hasta que finalice el estado de emergencia. Pero, ¿qué nos asegura que este control terminará con la pandemia?

En Europa, por ejemplo, la Unión Europea ha sido hecha a un lado mientras cada país que la conforma lidia con el coronavirus por su cuenta. El G7 y el G20 han sido actores de reparto, mientras que la OMS y la ONU están bajo el escrutinio público por su actuar durante la pandemia. Esto ha conducido a que los estados cobren cada vez más fuerza y las primeras señales de autoritarismo, con tintes de totalitarismo, ya las tenemos a la vista.

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Fuera de lo que muchos puedan pensar, en la era posterior a la Guerra Fría, el estado se ha vuelto más resistente a pesar de la globalización y la expansión del neoliberalismo. Los nacionalismos populistas han florecido bien en el siglo XXI, como podemos ver en Rusia, Brasil, Hungría o en la India.

Europa del Este se han vuelto más nacionalistas y los europeos occidentales se han desilusionado más con el proyecto de la Unión Europea. Por su parte, Estados Unidos, en una actitud que recuerda a la postura que adoptaron tras la Primera Guerra Mundial, se han vuelto cada vez más aislacionistas. Esta misma semana, Donald Trump anunció el finalde las relaciones entre Estados Unidos y la OMS.

En Medio Oriente, a pesar de innumerables guerras y movilizaciones, el estado sigue casi intacto. Incluso, parece que se ha fortalecido, mientras que en Sudamérica el fracaso de la izquierda ha dado pie a que la ultraderecha se abra paso, con Jair Bolsonaro como el ejemplo más claro.

¿Fin del liderazgo de los Estados Unidos?

Durante décadas, Estados Unidos fue la potencia que daba forma y lideraba, los esfuerzos mundiales, como el cambio climático o convenciones sobre armas. Pero ahora, Estados Unidos parece cada vez más lejos del rol de protector del mundo. La pandemia de coronavirus ha expuesto su poco interés en asumir el rol de liderazgo mundial que se hubiera esperado. El gobierno de Donald Trump  ha abandonado gran parte de sus responsabilidades y compromisos internacionales, alejándose de los tratados e instituciones, levantando muros, físicos y metafóricos, y cerrando fronteras.

El presidente de Estados Unidos, quien en primera  instancia desestimó la peligrosidad del coronavirus, ha emprendido una cruzada contra OMS y la China, acusándolos de colusión y ocultamiento de información. Tal vez no le falte razón en ciertos puntos de su reclamo, pero la cantidad de contagiados y muertos nos hablan que la estrategia de Trump en el escenario internacional es un fracaso.

Y el futuro no parece prometedor. Donald Trump se enfrentará a Joe Biden en las elecciones presidenciales de 2020. Dos hombres de más de 70 años, cuya visión del mundo parece arcaica en un mundo que requiere de ideas innovadoras y orientadas a la sustentabilidad con medios que sean más amigables con la naturaleza.

Tampoco parece que China esté listo para asumir ese lugar. Son un estado que privilegia su propio beneficio y cuyo secretismo y ocultamiento de la información relacionada con el coronavirus cuando inició el brote ha resultado ser un error costosísimo. Y si bien han prometido ayudas económicas para ayudar a superar la crisis sanitaria, sus aportaciones a la OMS son inferiores a las que, al menos ahora, hace de los Estados Unidos.

Crisis económica y desigualdad

Por ahí llegué a escuchar a personas que decían que el virus nos igualaba a todos. Esto es falso. Si algo ha hecho la pandemia es remarcar la inequidad y las divisiones sociales. No todos tienen el mismo acceso a los servicios de salud y el confinamiento sólo ha sido posible para aquellos que se ven forzados a salir a diario a buscarse la vida.

Y mientras la ONU advertía que la mitad de la fuerza laboral a nivel global podría quedar desempleada, los multimillonarios han aprovechado para aumentar sus fortunas, acentuando así la brecha de una casi inexistente clase media.

En México, entre 5.2 y 8.1 millones de personas reportaron haber perdido su empleo, ser descansadas de manera obligatoria o sin la posibilidad de poder salir a buscar trabajo debido a la contingencia sanitaria por coronavirus. Banxico prevé un escenario ominoso, con una contracción del PIB de hasta el 8.4%, algo que no se había visto en nuestro país desde 1932.

Los escenarios económicos a cortos plazo no son alentadores. Deberíamos haber aprendido la lección de la resiliencia de la crisis financiera de 2008. En lugar de eso, se creó un sistema financiero interconectado aparentemente eficiente, ya que podía  absorber pequeños golpes, pero que resultó sistémicamente frágil. Si no fuera por los rescates masivos del gobierno en aquel entonces, el sistema se habría derrumbado al estallar la burbuja inmobiliaria. Evidentemente, esa lección no fue aprendida y ahora algunos temen la peor contracción económica desde la Gran Depresión de 1929.

¿Hay razones para el optimismo?

Muchas personas genuinamente han tratado de usar el tiempo de confinamiento para tratar de ser “mejores versiones de sí mismos”, en un loable intento de buscar que el mundo sea un lugar mejor. Pero las noticias de violencia intrafamiliar, violencia de género, las agresiones al personal de salud que está luchando en primera línea contra el coronavirus y el desinterés por el prójimo hacen que el panorama no sea alentador para la nueva normalidad.

El escenario ideal sería que el cambio fuera de abajo hacia arriba para tener gobiernos menos autoritarios, más transparentes, responsables y democráticos. Esto implicaría una economía que se centre  sólo en el crecimiento estadístico, sino también en empresas más ecológicas, más justas y más humanas que coloquen las necesidades de los ciudadanos por encima de la codicia corporativa.

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Significaría crear políticas que se centren menos en las existencias de armas y los mercados bursátiles y más en el capital humano, premiando a las enfermeras, los maestros y los científicos por su invaluable aporte.

En otras palabras, deberíamos salir de la pandemia y del caos económico de estos meses con menos desigualdad, no una oligarquía más arraigada. Por desgracia, la historia nos ha probado una y otra vez que esto no ha sido posible. Y parece que ahora tampoco lo será.

Por: Alina Escobedo | @Silverlune24 / Editora de Plumas Atómicas