Cómo el ‘trolleo’ normaliza el discurso de odio y la violencia

Un comentario violento y nada inteligente generó una reacción violenta y tampoco inteligente, ¿ésta es la discusión política de nuestro tiempo?
Caso Ximena García: el peligro de las redes sociales

Luego de que las redes sociales aplaudieran, atacaran o buscaran el despido de la piloto de cierta aerolínea tras publicar una frase que bien podría ser considerada discurso de odio (pero no es extraña en la discusión política en redes sociales), es necesario y urgente preguntarnos cuál es el límite entre el “trolleo”, la discusión política, el discurso de odio y nuestro espacio “personal” de redes.

¿Qué lo inició todo?

Luego de que el Zócalo se llenara de personas que celebraron el primer Grito de la Independencia de Andrés Manuel López Obrador, una mujer publicó en su muro de Facebook una frase que no sólo es violenta, sino que podría considerarse discurso de odio.

Mujer publica frase violenta contra asistentes al Grito y contra AMLO (Imagen: Especial)

Alguien de su red personal encontró por demás ofensivo el comentario, le tomó una captura de pantalla y lo subió a Twitter, incluido el comentario de apoyo de una amiga.

En poco tiempo, la captura se hizo viral y la gente tardó poco tiempo en encontrar su profesión y exigir a la empresa su despido. Además de eso, también, no pocos usuarios desearon para ella violaciones, tortura y asesinato.

Empecemos por algo claro: No hay forma de justificar, defender o “perdonar” dichos que desean la muerte de miles de personas. Esa publicación, así, sin contexto, podría ser una definición de discurso de odio y no debería de tener condiciones para avanzar en la plaza pública.

La condición inequívoca del discurso de odio es abrir la posibilidad de agresiones simbólicas, virtuales o físicas contra un grupo vulnerable, como es definido en múltiples estudios del tema.

Por otro lado, la discusión política, profundamente ideologizada y moralizada, tiende a generar este tipo de comentarios en todo el espectro político.

Fenómenos graves como la violencia política de género, el acoso digital y las amenazas forman parte “natural” (porque no debería ser “normal”) de cualquier discusión en redes sociales o personal sobre partidos y política.

Cómo el trolleo se nos hizo ‘normal’

Comentarios como el que hizo la mujer en sus redes aparecen una y otra y otra vez en la redes sociales de Plumas Atómicas cada que escribimos de temas LGBT+, feminismo, el EZLN o el racismo en México.

Siempre los usuarios que lo hacen (en su mayoría hombres), siguen el mismo patrón: repetir dos o tres chistes o frases sumamente violentas y compartir un meme que poco o nada tiene que ver con la nota pero, a su parecer, “cancela” el argumento hecho en la nota.

En la web angloparlante, ese tipo de posteos se llaman “shitposting (de difícil traducción, podría decirse que es “publicaciones mierda”), y tienen el único cometido de romper o desviar conversaciones.

Y, en buena medida, tanto el primer comentario de la mujer como la reacción que generó en redes no fueron más que publicaciones de mierda.

México tiene pendientes muchísimos temas sociales que se cuelan en las discusiones políticas de sobremesa familiar (y, por tanto, también en las redes sociales): la misoginia reflejada en la violencia política de género, la inequidad social y el racismo institucionalizado y la desconexión profunda entre la clase gobernante y “el pueblo”.

Con el gobierno de López Obrador, la gran mayoría de la gente que votó por todo lo que él enarbolaba siente que ese último elemento ya no existe y, por tanto, los demás problemas o son menores o de verdad ya no existen.

Por otro lado, muchos de sus opositores consideran que esa representatividad es equitativa a una pérdida absoluta de “sentido” en el quehacer político y económico que se refleja, en buena medida, en tratar tanto al gobierno como a quienes lo apoyan como siempre lo han hecho: con desprecio.

Las “reglas” del trolleo en línea se convierten, entonces, en una nueva normalidad en la discusión política actual, una que transfiere frustraciones actuales y deudas históricas a personas individuales que poco o nada tienen que ver con esa discusión.

En ese sentido, el ‘shitposting’ es diferente al discurso de odio que personajes como Mauricio Clark o Agustín Laje espetan a  diestra y siniestra: mientras el primero es un comentario “aislado” entendido en un contexto determinado; el segundo es todo un discurso articulado para reducir o cancelar la identidad de grupos históricamente vulnerados.

Los límites y alcances del shitposting

Tratar el comentario de esta mujer como un ejemplo “ideal” de discurso de odio, descontextualizado tanto de su emisora como de (valga la redundancia) el contexto en el que se emitió es, cuanto menos, un despropósito.

El peligro, como apuntan varios usuarios en redes sociales, es, más bien, la normalización del discurso violento para hablar de política.

El límite del shitposting es, justamente, que quienes lo publican no tienen la intención de cometer el crimen; el alcance, por otro lado, es que esas publicaciones sí pueden encontrar quien crea que es una justa y “necesaria” medida para lograr dejar un mensaje.

¿Y el costo de estos posts?

El costo, específicamente por este caso, fueron un par de días de pesadilla para la mujer, la separación de su cargo en la empresa en la que trabaja y una oleada inenarrable de acoso digital que, probablemente, seguirá por semanas.

Necesitamos, urgentemente, encontrar formas de discutir de política y debatir sin la violencia que consideramos “normal”. Si de verdad queremos una transformación (o una oposición), es lo mínimo que nos debemos.