¿De verdad PETA está equiparando el discurso de odio con el especismo?

PETA equipara el discurso de odio con el especismo

La semana pasada, PETA, esa organización que supuestamente lucha por los derechos animales (pero hay fuertes evidencias de que no tanto), tuiteó una sugerencia: cambiar frases comunes en la lengua coloquial estadounidense por unas menos especistas. ¿Qué es el especismo y por qué PETA lo está equiparando con la discriminación? Vamos por partes.

Paso 1. ¿Especismo?

Para muchos defensores de los derechos animales, la forma como socializamos y nos relacionamos con los animales está cargada de un prejuicio “anti-animal”: usamos a los animales como herramientas, sustitutos de hijos y comida, pero no los respetamos como iguales y, para ellos, es un problema social que hay que combatir.

Ojo: el especismo no lo ideó PETA, es una filosofía completa y compleja que busca replantear la forma como nos vinculamos con la naturaleza, la sociedad de consumo y nosotros mismos. Por eso, el hecho de que la ONG ponga tanto peso sólo en el lenguaje es, cuanto menos, tramposo.

Justo por ese sentido es que PETA propuso estas nuevas frases: en vez de “matar dos pájaros de un tiro”, ¿por qué no decir “alimentar dos pájaros con un pan”?

Justo el argumento de PETA es el mismo que se ha utilizado para defender el lenguaje inclusivo o para luchar por la ampliación representacional en el cine, la cultura y la política mundial: las palabras importan, las palabras construyen nuestro entendimiento de la realidad y, hasta cierto punto, la realidad misma… ¿pero es equiparable el discurso de odio y el especismo?

Paso 2. Ok, ¿y el discurso de odio?

Cada dos, tres semanas, alguien se vuelve famoso para mal en el internet luego de postear algo que simplemente pudo haberse guardado: boxeadores homófobos, políticos que le tienen miedo o asco a los extranjeros, o académicos que son exhibidos tras años de conductas misóginas y violentas.

La sociedad no es equitativa ni igualitaria. Aunque las leyes digan que sí somos, la forma como aprehendemos y apreciamos la realidad social todos los días de nuestra vida será diferente de acuerdo a nuestro color de piel, nuestro género, nuestro sexo (que no son lo mismo), nuestra clase social, el idioma que hablemos o la cultura en la que nos criamos.

Hay múltiples discriminaciones actuando en cada uno de nosotros: algunas las ejercemos, otras son ejercidas sobre y a través de nosotros. De acuerdo a la Encuesta Nacional Sobre Discriminación 2017, los grupos más vulnerables en México son los indígenas, las mujeres y las personas con discapacidad.

Y esas discriminaciones se ejercen, en muchas ocasiones, a partir de un acto de habla: alguien que fomenta violencia a partir de discursos violentos, o alguien que da la orden de negar derechos, o agresiones directas contra un grupo vulnerable. Eso es el discurso de odio.

Como ya te explicábamos en otra nota, en pocas palabras, el discurso de odio es “toda expresión altamente negativa que daña el cuerpo social al humillar a sus integrantes más vulnerables y que provocan su discriminación y exclusión de la sociedad”. (Vía: Odium Dicta. Libertad de expresión y protección de grupos vulnerables en Internet).

Paso 3. ¿Siempre hemos abusado de los animales?

Pues… en pocas palabras, no, y hay dos razones básicas: historia y biología evolutiva.

Históricamente, el consumo de carne estaba limitado a unas cuantas personas en una comunidad: sólo las clases dominantes podían comer algo que no sólo era carne, sino herramienta de trabajo, transporte y materias primas para… básicamente todo.

Conforme criamos a los animales que nos acompañaron, ellos nos criaron también a nosotros: el impacto humano en su constitución genética no sólo está en el chiste del paso del lobo a los perritos chihuahua. Hoy, especies completas desaparecerían sin la intervención humana (lo que resulta cuando menos irónico cuando pensamos cuántas especies se salvarían si ese impacto humano nunca hubiera llegado).

El desarrollo tecnológico nos permitió producir mucha más carne y dejamos de usar a los animales como eje de nuestra vida cotidiana… pero los convertimos en eje de nuestras dietas.

A más consumo, peores condiciones para los animales y peor el impacto general en el ecosistema. Y sí, hoy estamos en una situación en la que es imposible no reconocer que hay una crisis ética y ecológica en la forma como producimos y consumimos carne de cualquier animal (sí, también el pescado).

El ser humano ha afectado tanto el planeta entero porque aprendimos cómo “hackear” la naturaleza: supimos qué granos juntar con cuáles y a cuáles perros no había que alimentar. Pero la sociedad no funciona así: los graves problemas sociales no se solucionan ni con tofu ni sólo con cambiar unas frases.

Paso 4. Ahora… ¿es lo mismo lo que promueve PETA y el discurso de odio?

Ahora sí, lo bueno: ¿es lo mismo el racismo que el especismo? Pues no. Punto.

Pero no es tan sencillo, porque es muy fácil enredar razones biológicas y sociales, como lo demuestra la frenología o los inicios de la ginecología.

Primero que nada: un cambio en el discurso implica el reconocimiento de que lo que decías originalmente afecta directamente a alguien. Tus palabras lastiman directamente la historia de y a la persona que tienes en frente y reconocerlo es un paso importante. Cambiar tu discurso porque lastima a otro es ya casi una victoria.

¿Pueden sentirse afectados por el lenguaje los animales? Pues no, hasta donde sabemos. Las construcciones sociales (género, raza, clase) nos afectan directamente a los humanos y estamos haciendo lo que podemos para reconocerlo y cambiarlo.

Al mismo tiempo, decir que “Tomar al toro por los cuernos” es lo mismo que “Los esclavos eran felices, les convenía más ser esclavos” no sólo minimiza el genocidio de millones, sino las estructuras sociales y culturales que afectan aún hoy a sus descendientes.

Burlas en Twitter a Peta y sus frases

Como era de esperarse, internet se burló de PETA. Y, no es por buscarle tres pies al gato (o ¿buscarle tres patas a la mesa?), pero quizá se le pasó un poco la mano a la ONG que vaya que tiene cola que le pisen…  Perdón, que tiene alfombra que le raspen.

Urge replantearnos cómo tratamos a los animales, pero para hacerlo habría que hacer un análisis a la sociedad y nuestro sistema económico completos, no sólo quedarnos en cambiar algunas frases… ¿no?