Pussy Riot nos recordó que el Mundial ocurrió en la Rusia de Putin, no en un país democrático

Cuando, al minuto 52 de la final del Mundial de Rusia 2018, cuatro mujeres vestidas de policía irrumpieron en la cancha, era obvio de quién se trataba: Pussy Riot, y era obvia la carga de su protesta. Ellas se convirtieron en las pocas voces críticas del régimen de Putin en un mundial que parecía que ocurría en una Rusia abierta, democrática… y pues no.

Para Vladimir Putin, en el poder desde el 2001 cuando se convirtió en Primer Ministro, el Mundial que acaba de terminar fue la oportunidad perfecta para presentarle al mundo la Rusia que él tiene en su cabeza: ordenada, ‘abierta’, ‘tolerante’ y respetuosa de la diversidad racial, religiosa y sexual.

Aunque la evidencia de lo contrario se haya ido sumando desde Chechenia hasta las manifestaciones en Sochi en el 2014 y el presunto ataque en suelo inglés contra un desertor de la inteligencia rusa. Aunque no haya habido elecciones democráticas en los últimos 17 años y la consolidación de una cleptocracia moscovita parezca irrefrenable.

Y hasta el momento lo había logrado: fuera de los desfiguros que varios connacionales nuestros hicieron, el saldo blanco y los múltiples testimonios de la cordialidad rusa han dejado atrás lo ocurrido en Brasil 2014 y Sudáfrica 2010: las protestas sociales, los crímenes menores, la atención de los medios en otra cosa que no es la ‘fiesta mundialista’.

Este tono celebratorio de los medios internacionales y de los asistentes al Mundial hizo a un lado las múltiples crisis y violaciones de derechos humanos que han ocurrido en la Rusia de Putin. Y eso fue lo que Pussy Riot trajo, literalmente, a la cancha.

La señal internacional de la FIFA hizo lo que se esperaba de la FIFA: cortar todo ‘contenido político’ dentro de los estadios. Así, sólo se veía a jugadores esperando que reiniciara el partido, molestos y aprovechando el momento para dar un respiro. La asociación internacional que regula el futbol sabe perfectamente que no tomar una postura política es en sí mismo una postura política, lo que hizo Pussy Riot fue un reto, también, a la tibieza de estas organizaciones.

No debemos olvidar nunca, también, la relación profunda que tiene la FIFA con la corrupción. Los sobornos que varios países han dado, presuntamente, para ser ‘seleccionados’ como países anfitriones. Con las cifras de esclavos modernos muertos en Qatar para la construcción de estadios imposibles, esa relación no puede escapársenos.

El pliego de demandas de Pussy Riot podrá ser local, pero la repercusión y el seguimiento del caso será internacional. En un país famoso por aplastar a sus minorías, el colectivo, conformado por mujeres, homosexuales y personas no binarias, cada manifestación y protesta no sólo es resistencia, si no un peligro para sus vidas.

 

Raúl Cruz V. ⎢ @rcteseida