‘Como otro cumpleaños’: (sobre)vivir en Ecatepec, una crónica de @Fanysitaa

Quizás suena como exageración o muy cursi pero los comentarios que me han hecho desde el pasado viernes 2 de febrero son como de cumpleaños. “¡Qué bueno verte viva!, ¡qué chido que estés aquí!, ¡te mando abrazos!”

Sobrevivir un intento de secuestro

El viernes pasado salí de una estación del metro en Ecatepec. Eran las 10:30 de la noche y ya no había mucha gente en la avenida donde acostumbra recogerme un auto que me lleva de regreso. Un hombre alto, robusto, de camisa blanca con pantalón de mezclilla gritaba “Taxi, taxi, taxi seguro”; yo le respondí “no, gracias, buenas noches”.

Caminé a lado de él, esperando que pasaran por mí. Me dio muy mala espina, pero me tranquilizó saber que no tenía la necesidad de subirme con él al Tsuru blanco que cerca de ahí estaba estacionado.

Pasaron algunos minutos cuando noté que el hombre estaba fijándose que solo él y yo estuviéramos en la avenida, definitivamente ahí decidí que no quería estar cerca de él y traté de caminar de vuelta al Metro; el hombre me interceptó, me tomó fuerte y me dijo:

“No vayas a gritar, te vas a ir conmigo

Y algo más que no recuerdo porque solo pensaba en que no me iba a ir con él. Después del shock, reaccioné y comencé a llorar y gritar.

Déjame, ayúdenme

Él me jalaba cada vez más fuerte. Cuando por fin sentí que me había liberado, me golpeó en la cabeza y quedé inconsciente. Cuando volví a reaccionar, estaba tirada en el suelo, llorando y no sentía las piernas. Me dio mucho miedo porque sabía que un golpe en la cabeza podía ser muy grave.

Me arrastré por el suelo hasta las escaleras del Metro para intentar pararme. Se me acercaron tres hombres a los que no les supe explicar qué me había pasado, porque no podía dejar de llorar y gritar.

Ni siquiera quería que me tocaran porque pensaba que estaban organizados con el hombre del taxi para secuestrarme; pensaba que esto horrible que me había pasado era sólo el principio. Entonces llegaron tres policías del metro: dos mujeres y un hombre.

Me desesperó la tranquilidad con la que me preguntaban si quería reportar lo que me acababa de pasar. Obviamente quería que lo reportaran, obviamente quería que atraparan al hombre que instantes antes me había tratado de meter a su taxi y al no poder lograrlo, me golpeó para escapar.

Todavía alcancé a ver su auto alejarse, pero ni siquiera se me ocurrió anotar sus placas. Pensé, más bien, que tenía todo en contra mío: no supe si llevaba un arma o en lo que pudo hacerme. Aún con el miedo que tenía, prefería que me matara a que mis padres nunca encontraran mi cuerpo.

“Prefería que me matara a que mis padres nunca encontraran mi cuerpo”

El consejo que me dieron mis papás cuando comencé a salir sola era que si me atacaban en la calle les diera mi celular, mi cartera; todo lo que quisieran para que me dejaran; pero eso no sirve cuando eres mujer y lo que quieren es tu cuerpo (a costa de tu vida, tus sueños).

Denunciar (y esperar lo peor)

Estoy segura de que lo que me pasó fue más que un intento de secuestro, porque sé que al subir a ese Tsuru jamás iba a volver a mi casa. Ese hombre quería tomarme como el objeto que soy para él: como un celular, como una cartera, como una cosa.

Al día siguiente, con el apoyo de mis amigas fui al Ministerio Público a declarar, tenía mucho miedo por las preguntas o insinuaciones que me pudieran hacer: que ‘fuera mi culpa’ haber estado en esa situación, “si ya sabes como está la calle, para que sales”; “¿por qué estabas sola?”; “¿y qué hacías tan noche?”… Preguntas hechas para ‘justificar’ el vacío de seguridad y justicia que existe en Ecatepec para las mujeres.

Es triste que el haber sido bien tratada y escuchada sea algo que celebrar: nunca me preguntaron otra cosa más que detalles sobre el automóvil y el hombre que me atacó.

A pesar de saber que mi familia y mis amigos me apoyaban y que no estaba sola, no podía (ni puedo) dejar de llorar y de tener miedo. El golpe que me dieron sí fue el madrazo de mi vida, pero fue más fuerte el golpe que tengo todavía en el corazón.

Denunciar en redes

El domingo decidí contarlo en mi Twitter y lo escribí de un jalón. Comenzaron a llegarme mensajes de apoyo de mis amigos cercanos y después de personas que ni siquiera me seguían.

Luego llegó a Facebook, a Instagram, me llegaron 300 mensajes privados en Twitter, muchos RTs, muchos likes y comentarios, todos positivos. No solo me ofrecieron apoyo y comprensión, también compartieron sus historias, sus miedos, sus casas, sus números. Mi cuenta se volvió como una especie de terapia grupal donde todas podíamos mostrar lo vulnerables que éramos, pero también lo fuertes y valientes que teníamos que ser para salir de esto.

Muchas mujeres me dijeron que  agradecían mucho que esa noche no me subieran al taxi, porque a ellas sí. Ellas saben lo que pasa después y no se lo tienen que imaginar como yo. A ellas sí las golpearon, las torturaron, las violaron, las aventaron por ahí. Y las que lo pudieron contar es porque las mataron.

En Ecatepec somos tantas acosadas, violadas, golpeadas y asesinadas que ya ni nombre nos pueden poner… a veces ni número, porque somos tantas que no le cabemos al Estado en su Excel.

El viernes 2 de febrero no es mi otro cumpleaños, no quiero que me feliciten por estar aquí. Es una tristeza que estemos vivas por suerte y no porque sea nuestro derecho.

“Es una tristeza que estemos vivas por suerte y no porque sea nuestro derecho”

A las mujeres nos matan a diario: desde que despertamos, desde que elegimos la ropa para que no nos acosen camino a la escuela o trabajo; nos matan cuando denunciamos y nos dicen que es nuestra culpa cualquier tipo de violencia que hayamos sufrido; nos matan con su indiferencia, nos matan al pasar a diario por los mismos lugares donde nos asaltan, golpean, violan, levantan.

Nos matan cuando nos hacen sentir que el miedo debe ser nuestro estado natural de vida.

Por: Redacción PA.