El futbol ya no es del pueblo

Hubo un tiempo en que el futbol era el deporte de los pobres. No como romanticismo de postal, sino como hecho material: boleto barato, estadio en el barrio, transmisión en canal abierto, emoción que no requería tarjeta de crédito. Ese tiempo terminó. Y en México, fue un gobierno que se dice de izquierda el que firmó el acta de defunción.

El 11 de junio, el Estadio Azteca inaugura el Mundial 2026 con boletos cuyo precio mínimo en reventa supera los diez mil pesos —más de lo que gana en una semana un trabajador con salario mínimo [verificar precio promedio boleto inaugural]. La FIFA no pagará impuestos al SAT por los ingresos generados en territorio mexicano. La infraestructura, la seguridad con 56,000 policías, la logística urbana: todo eso lo financia el contribuyente mexicano. El negocio se lo lleva una corporación privada suiza que factura miles de millones de dólares al año y que negoció sus condiciones directamente con Claudia Sheinbaum sin que ningún legislador de Morena lo llevara al debate público. El pueblo paga. La FIFA cobra. El gobierno aplaude y llama a eso una victoria de la transformación.

Esto no es un accidente ideológico. Es la lógica del libre mercado operando con cobertura de discurso progresista. Cuando el gobierno cedió a las condiciones de la FIFA —exención fiscal incluida— replicó exactamente el modelo que durante años denunció desde el podio de las mañaneras: el Estado subordinado al capital organizado, los recursos públicos puestos al servicio de intereses privados, el ciudadano convertido en espectador de su propio despojo. La diferencia entre este gobierno y los que lo precedieron no está en la estructura del acuerdo. Está en el tono con que se anuncia.

El problema no termina en la FIFA. El entretenimiento masivo en México opera bajo una arquitectura de monopolio que el Estado nunca ha querido —o podido— regular. Ticketmaster y Live Nation controlan la boletería de los eventos más importantes del país, aplican cargos por servicio que en algunos casos superan el 30% del valor del boleto, y operan sin competencia real ni supervisión de la COFECE con dientes. [verificar investigación COFECE Ticketmaster México] El resultado es que ir a un concierto, a un partido, a cualquier experiencia cultural de primer nivel, se ha convertido en un privilegio de clase. Coachella lo hizo visible a escala global: el festival que comenzó como alternativa contracultural hoy vende “experiencias VIP” de cuatro mil dólares y es propiedad de AEG, un conglomerado de entretenimiento valuado en decenas de miles de millones. México no inventó este modelo. Simplemente lo importó sin cuestionarlo, lo normalizó y ahora lo celebra con ajolotes pintados en las bardas.

¿A quién le importa realmente? Esa es la pregunta que incomoda a todos los bandos. Hay una clase política —de izquierda, de derecha, del color que sea— que debate la ideología como si fuera un fin en sí mismo, como si ganar el argumento fuera equivalente a ganar la batalla. Y luego estamos los demás: los que trabajamos para vivir, los que llegamos al viernes con el tanque casi vacío, los que no tenemos ni el tiempo ni la energía para sostener la militancia permanente que exigiría frenar la concentración de riqueza que está haciendo colapsar el modelo desde adentro. No es apatía. Es agotamiento estructural. El sistema está diseñado para que el costo de organizarse lo pague siempre el que menos tiene.

Lo que une la exención fiscal a la FIFA, el monopolio de Ticketmaster, el Fan Fest privado en Campo Marte y el boleto de inauguración que ningún obrero de la construcción del Estadio Azteca podrá pagar, es una sola lógica: la acumulación sin límite en manos de unos pocos, sostenida por un Estado que debería regularla y que en cambio la facilita, independientemente del partido que esté en el poder. Eso no es una falla del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.

Una izquierda que no pueda decir eso con claridad —que no pueda señalar que subordinarse a la FIFA es lo mismo que subordinarse a cualquier otro poder fáctico que los gobiernos neoliberales también sirvieron— no es izquierda. Es mercadotecnia. Y la diferencia entre las dos se mide exactamente en momentos como este: cuando el futbol, que era del pueblo, se convierte en el producto más caro de la temporada y el gobierno que prometió la transformación cobra la entrada.

El Mundial terminará el 19 de julio. Los toldos de la FIFA se doblarán, las pantallas del Zócalo se apagarán, y el Metro seguirá sin frenos, las fosas seguirán sin respuesta y los contratos firmados en silencio seguirán vigentes. El pueblo habrá puesto el estadio, la policía, la ciudad y los impuestos. La oligarquía global habrá puesto el logo. Y en la mañanera del 20 de julio, alguien dirá que fue un éxito histórico. Tendrán razón. Solo que el éxito no fue de quien piensan.


Amicus Humani Generis