Sancionar a quien compra y no a quien vende: ¿Funciona el modelo nórdico de prostitución?

En 1999, Suecia aprobó una ley que, en lugar de penalizar a las personas que ejercen la prostitución, sanciona a quienes compran trabajo sexual. A casi veinte años, países como Islandia y Noruega han adoptado la misma medida. Otros, como Holanda, Alemania y Dinamarca, han optado por registrar la prostitución como un trabajo, con Seguridad Social y pago de impuestos.

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¿Cuáles han sido los resultados del modelo nórdico de Suecia? ¿Debería ser aplicado en países de América Latina, por ejemplo?

En 2019 se cumplirán veinte años de que el modelo sueco de prostitución entrara en vigor. A principios de esta década, encuestas realizadas por el gobierno de ese país revelaron que el 70% de la población estaba a favor de dicha medida. En Suecia, pagar por sexo es mal visto e incluso existe un término para referirse a quienes lo hacen: “bacalao“, igual que el pescado, que es sinónimo de “perdedor”. (Vía: CNN)

En entrevista con Plumas Atómicas, Teresa Ulloa, directora de la Coalición Contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y El Caribe (Catwlac), señaló que los países que adoptaron el modelo nórdico son aquellos con los niveles más altos de equidad de género.

“La premisa fundamental del modelo sueco es la igualdad entre mujeres y hombres. Los países nórdicos recibían miles de mujeres provenientes de Europa del Este, víctimas de trata. Hoy ya no llegan”, dijo Ulloa. “El modelo, además de la sanción a quien consume, que es mínima, conlleva opciones de salida digna para las mujeres: residencia, capacitación, vivienda y servicios de salud. Creo que es en lo que fallan los otros modelos, no se han preocupado por construir salidas para las mujeres en situación de prostitución“.

El modelo nórdico considera que las personas dedicadas a la prostitución son, en su mayoría, orilladas a ello. Un estudio dirigido por la psicóloga clínica Melissa Farley, en el que se entrevistó a 854 personas dedicadas a la prostitución en nueve países, encontró que el 71% habían sido agredidas físicamente, 63% habían sido violadas y el 89% quería “escapar” del trabajo sexual, pero no contaba con alternativas suficientes para sobrevivir de otra manera.

Si bien en el modelo nórdico el estigma ha recaído en los consumidores y no en las mujeres que ejercen la prostitución, algunos estudios aseguran que éste ha provocado que ésta recaiga en la clandestinidad: un estudio de 2015 reveló la prostitución en las calles se redujo en más de la mitad, pero los anuncios en páginas en Internet de comercio sexual aumentaron. (Vía: The New York Times)

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Mientras algunos aseguran que modelos como el iniciado en Suecia son exitosos, otros cuestionan su efectividad. Pye Jakobsson, trabajadora sexual y coordinadora de Rose Alliance, considera que este modelo trata a todas las trabajadoras sexuales como “víctimas”, por lo que las despoja de su agencia y derechos para hacer con su cuerpo lo que deseen. (Vía: Mic)

En la Ciudad de México, el trabajo sexual fue reconocido en 2014 como no asalariado. La Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo, como señala la agencia Efe, debía entregar credenciales a las trabajadoras sexuales para reconocerlas como tales. Sin embargo, los trámites eran sumamente engorrosos y las autoridades intentaron convencerlas de desistir, pues sus datos serían públicos.

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Suspiros, una mujer dedicada a la prostitución desde los 14 años, cuenta que comenzó a dedicarse a ello obligada por un padrote: “Al principio lo hacía por amor, ya después era por miedo porque si no hacía lo que él quería, me pegaba. Como muchas otras, ha buscado otras opciones de empleo, casi siempre mal pagado y en condiciones de precarización.

“¿Quieren acabar con el trabajo sexual? ¡Órale, acaben! Pero den opciones, cabrones, para que uno tenga cómo sobrevivir y salir adelante. Si no apoyan, no chinguen”, dijo a Efe. 

Si algo queda claro en el debate respecto a la reglamentarización o abolición de la prostitución, es que el prohibicionismo desplaza al trabajo sexual a la clandestinidad y deja desamparadas a quienes lo ejercen: sin seguro social, sin servicios médicos, sin manera de denunciar los abusos sin ser criminalizadas.

Reglamentar el trabajo sexual debería garantizar dichos puntos: asegurar que se considere un empleo y los derechos que conlleva. Mientras que su abolición debería cambiar las oportunidades a las que pueden acceder las mujeres y la forma en que sus cuerpos son percibidos y, por ende, consumidos.

Por: Redacción PA.