Revolución: la lucha viva

La Revolución Mexicana, que “oficialmente” comenzara hoy hace 106 años, tiene un papel central dentro del imaginario nacional: la formación de “lo mexicano”, de lo “nacional”, de lo que se celebra no cada 20 de noviembre, sino cada 15 de septiembre, pero, también, es un eje para pensar las instituciones que fueron naciendo de la revuelta armada, después de todos los años que duró la lucha -desde las huelgas de Cananea y Río Blanco, hasta la Guerra Cristera.

Hay muchas formas de leer el desarrollo y  los resultados de la Revolución, por ejemplo, si fue en realidad una revolución y no una revuelta o si fue una lucha en la que la clase burguesa del norte utilizó al campesinado del sur para ponerse en el poder… La historia es un texto abierto, afortunadamente, y estas muchas interpretaciones permiten constantemente repensar cuál fue la función, cuál es la función, hoy, de la Revolución. Algo es una constante: hay un antes y un después, un quiebre en la forma como se pensó a sí misma la sociedad.

Más allá del proceso como se fue desarmando, disgregando (y traicionando) la revuelta a partir del gobierno de Álvaro Obregón; más allá de la fundación de partidos como el Revolucionario Institucional o, incluso, el de la Revolución Democrática, es necesario pensar qué quedó del movimiento armado, qué búsquedas quedaron sesgadas, qué promesas inconclusas, qué muertes fueron en vano.

Más que enlistar las propuestas que no se realizaron, que se hicieron a medias o que se fueron desarticulando en últimos años, quizá sea más urgente pensar en la Revolución como un momento de crisis, un enfrentamiento sin cuartel, entre la forma como se pensaba México y lo que era en realidad.

Una clase política cerrada, criolla, blanca, con educación de calidad en el país o el extranjero, se apropió con el paso de poco menos de un siglo del significado de “México”: para ellos, el país eran ellos: los derechos, los privilegios y la tierra eran suyos; incluso la representación del país estaba en su voz, el discurso liberal era blanco. Así, la dictadura de Porfirio Díaz, las políticas de Díaz, no sólo eran “normales”, sino que eran pleno “sentido común”.

La situación se tornó insostenible y el otro méxico (con minúscula porque no era ese México) se valió de la revuelta de San Luis para hacerse nacional. La mención de las huelgas de Cananea y Río Blanco no sólo son un guiño a la lucha obrera, sino que forman parte de una constante resistencia frente a sistemas opresivos como los de las haciendas, minas y fábricas porfirianas. Ese méxico se valió de la rebelión de unos cuantos Mexicanos: el plan de San Luis se sumó al de Ayutla.

Una vez frente al rostro de miles que les aterrorizaban, que los enfrentaron de lleno a su propio error, México tuvo que ceder, que comprometerse, que desarticularse y rendirse. Frente al rostro del otro no podemos permanecer inalterados.

Decir que la revolución “se traicionó” sería darle una voluntad única, y no fue éste un movimiento de una sola cabeza, de un sólo camino. Los revolucionarios se olvidaron de sí, de que ellos habían sido el rostro que confrontó a México. La misma forma como se representó, la “novela de la Revolución”, la presentaba derrotada, traicionada: los héroes mueren por idealistas, por traicioneros o porque mueren, como parte de un régimen que con ellos también moría.

Hoy, a 106 años, parecería que México regresó a un momento como el porfiriano, en el que una clase política separada de la realidad y de la sociedad que gobierna está creando las condiciones para otra revuelta. Esa podría ser una lectura que podría quedar corta, porque la Revolución no se olvida aún, porque sigue viva en la memoria colectiva y en la historia oral de pueblos completos: Villa sigue vivo, Zapata muere todos los años en Chinameca y todos los años le hacen un funeral. La Revolución, más que una fecha en la que se organiza un desfile o que se repiten discursos vacíos, puede (y debe) ser un momento para pensar qué hacemos con una lucha que no se ha borrado, que sigue siempre viva.