La Presidencia no es un Reality Show: Obama

La afirmación del Presidente Obama resulta demoledora, pero también esperanzadora.
Obama

El Presidente estadunidense Barack Obama realizó ayer, en conferencia de prensa en California, una serie de declaraciones –-hoy reproducidas por diversas agencias informativas- por demás reveladoras. En su opinión, el candidato del Partido Republicano Donald Trump no ganará las elecciones a la presidencia de su país porqué “tengo fe en el pueblo estadounidense y creo que reconocerán que ser Presidente es un trabajo serio. Esto no es presentar un talk-show o un reality show”.

A primera vista la afirmación del Presidente Obama resulta demoledora, pero también esperanzadora. Demoledora, porqué advierte la incompatibilidad del discurso frágil y vacuo de Donald Trump con el juicio inteligente y maduro de la comunidad ciudadana de electores; esperanzadora, porqué redimensiona de nueva cuenta los valores sociales del ejercicio del poder político.

Pero interpretadas sus aseveraciones desde otro ángulo, quizás no resulten tan meritorias. Probablemente lo importante de las declaración de Obama no se localicen en su aspecto ideológico y partidista que lo obliga naturalmente a cuestionar al candidato de oposición; pero de la misma manera, seguramente tampoco se localicen en su aspecto ridículo y anecdótico al hacer relucir las peculiaridades “televisivas” del magnate.

Es decir, sólo a partir de un prejuicio social (sostenido en reiteraciones históricas) que se  vuelve convención cotidiana, es posible darle un valor positivo a las declaraciones del Presidente Obama. En todo caso y seguramente sin ser esa su intención, el Presidente norteamericano develó un hecho pocas veces manifestado por los comentaristas de la Política actual: su carácter de espectáculo.

Desde hace algunos años y no únicamente en en los Estados Unidos, el fenómeno de la política entendida como ejercicio profesional y legitimo del poder, se ha encontrado cada vez más dependiente y ligada a los sistemas propios de la comunicación contemporánea. La política siempre ha utilizado los medios masivos para enviar sus mensajes, pero nunca de manera tan general, tan masiva e instantánea. Esta es su peculiaridad actual.

Los mensajes pueden ser enunciados con palabras o imágenes, pero todos ellos están cargados de valores, creencias, estrategias, raciocinios, estulticias, verdades o mentiras: están cargados de intenciones. Los destinatarios, procesan la información en función de sus conocimientos y valoraciones aprendidos y que les son otorgados por su condición socioeconómica y cultural.

Los medios masivos de comunicación y la conformación de  intereses en los destinatarios, es lo específico y relevante de la acción política actual. Desde hace tiempo la política no se localiza más en el espacio de la plaza pública, lugar ideal para dialogar en igualdad de condiciones sobre la cosa pública, sino en las gráficas de medición de la “realidad”: cálculos de receptores, de votantes, de inclinaciones, de niveles socioeconómicos, de preferencias de consumo, de tendencias de voto, de demandas, de gustos, etc.

La política contemporánea no sólo es un mercado de compra de conciencias (la versión del engaño por alienación ideológica que todavía opera en determinados niveles), sino fundamentalmente una construcción de una ciudadanía. Ciudadanía ávida de ver cumplidos sus ilusiones y deseos en las imágenes del mundo.

La política es un Reality Show: es un artificio, tanto, como el imaginar que podemos obtener un beneficio comunitario en su despliegue. La política “real” sólo se encarga de reproducir a los receptores de los mensajes (aunque no sean votantes) y a los emisores del mismo (privilegiados que mantienen el control de la información, de los dineros y de las instituciones).

Hoy en día el mercado de imágenes políticas obligan a la unificación de criterios deseables (transparencias, rendición de cuentas, equidad, pluralidad, etc.) pero también al cuidado de las diferencias (de opinión, sexuales, de raza, de genero, de edad, de motivaciones, de creencias, de recreación, etc.).

Pero si el la política no es un Reality Show como señala Obama, entonces su color de piel no significó nada en su elección como presidente, ni tampoco el estridente discurso de Trump para atraer sectores ultraconservadores.d

De igual forma tampoco significa nada la inamovible cabellera de Peña Nieto y el lenguaje mesiánico de López Obrador; o las declaraciones de austeridad en el Congreso de la Unión y o los abrazos “amorosos” de laPrimera Dama nacional a niños enfermos en el Hospital Infantil; o la preocupación de las autoridades por el aumento del precio de la tortilla y la violencia; o por mantener la democracia y el Estado de Derecho en el país.

El punto crucial del asunto, es que detrás de bambalinas, detrás de los discursos e imágenes, se localizan las estructural reales de dominio y exclusión: el poder que se ejerce a partir del control de las ganancias de la producción material comunitaria. Poder, que en ultima instancia, promueve, a sabiendas o no, la formulación de deseos, aspiraciones y ensueños. Uno de estos ensueños es aquél que promueve la posibilidad de escoger y consumir un buen producto del abundante mercado político.

Si eso no es un espectáculo, entonces qué es.