Lauro perdió su casa dos veces: en 1985 y en 2017

En la calle Patricio Sanz se encuentra uno de los muchos edificios afectados que quedaron inhabitables pero fueron anónimos; por no representar un inminente peligro, quedó fuera de los reflectores mediáticos dirigidos por la urgencia.

“Un balcón ahora toca la banqueta”

Es el único edificio dañado de la cuadra entre Viaducto y Xola. Quedó sin fachada, sin muro exterior; y ese corte exhibe el interior de las recámaras, con todo y muebles, como el set de una imaginaria sitcom que permite prestar atención simultánea a todos los vecinos. Lo más notorio: un presumible balcón de primer piso ahora toca la banqueta.

Casi todos sus ocupantes huyeron desde la primera noche para incorporarse a los cientos de damnificados que recorrían Insurgentes, en el mejor de los casos, con una maleta. ¿Quién había visto alguna vez tantas maletas juntas tan lejos de la TAPO y el aeropuerto?

Lauro era el único que no huyó en la emergencia. Su silla en la banqueta mira de frente al edificio que no pudo volver a pisar. Se rehúsa a que hablemos con una cámara de por medio y yo lo admito sin repelar: un amplio parche de cuero sobre la cuenca que va de su ceja al mentón añade autoridad a sus peticiones; en mi cabeza, uno sólo puede hacerse de un parche en circunstancias temerarias.

Su voz de 77 años, como el parche, me pareció temeraria y le otorgaba autoridad. En rigor, la historia de Lauro no requiere el aparato ortopédico de mis preguntas y comentarios: se sostiene de pie sin ayuda, muy lejos del edificio que habitaba su dueño.

 

No estaba aquí [cuando tembló], yo llegué una hora después. Vivo solo. Me quedé solo y sin casa. No sé qué vaya a hacer; molestar amigos míos, irme a algún albergue, algún asilo, buscar a ver qué.

Soy cirujano dentista. Me quedé con lo que traía puesto y 500 pesos. Anoche no dormí. Hoy voy probablemente con un amigo que va a pasar por mí; y a ver qué pasa, a ver qué sigue.

[Cuando tembló] estaba en un consultorio trabajando. Pero, pues prácticamente no hay mucho trabajo ahí. Para mí es un salón de lectura. Leo mucho.

“También perdí mi casa en el 85”.

Antes de la pregunta ineludible entre los sobrevivientes (“¿Dónde estuviste el 19 de septiembre del 85?”), me aclara que vivía en el segundo piso del edifico de Patricio Sanz y que todos los ocupantes sobrevivieron casi intactos; sólo hubo dos heridos: una pierna rota y un brazo roto.

En el 85 estaba en otro departamento que tenía; también lo perdí. Estaba en la colonia Condesa, entre Aguascalientes y Ometusco. También lo perdí. Allá acabé durmiendo en un techo de azotea. Estuve durmiendo ahí cuatro meses, hasta que ya pude recuperarme.

Tenía mi consultorio bien acreditado, yo soy un dentista calificado. Me repuse. Pero ahorita la veo más difícil. Ya estoy más grande. Tengo 77 años y no sé que va a pasar. Digo, no tengo miedo; tengo mi profesión, tengo mis conocimientos; ya no soy tan joven. [Ríe.]

Me encantaría [recibir apoyo], pero sobre todo me gustaría reconocimiento. Yo he sido profesor y he formado mucha gente. Muchos dentistas que lo hacen muy bien, yo los eduqué, los cubrí con mi ala y luego emprendieron el vuelo y les va muy bien. Daba clases en la UNAM.

“Quiero mucho a la Ciudad de México”.

Cuando preguntas por el pasado telúrico en honor al rigor, preguntar por el futuro puede prestarse a conjeturas bienhechoras. Le pregunto dónde cree que estará o cómo cree que la pasará el próximo 19 de septiembre en que se junten por primera vez la simétricas conmemoraciones de la catástrofe:

Primero, joven, no sé si vaya a estar. Aquí en la Ciudad de México, yo quiero y amo la Ciudad de México. Yo nací en Monterrey, pero si me vine a la ciudad de México que fue como mi casa, yo acepté los riesgos. Me la jugué y aquí estoy. Y quiero mucho a la Ciudad de México.