¿Por qué la Lengua de Señas no es ‘el verdadero lenguaje inclusivo’?

Contrario a los mil comentarios en redes sociales que hablan del 'verdadero' lenguaje inclusivo, estas comparaciones no sólo son
El lenguaje de señas no puede ser 'en vez' del inclusivo

¿Por qué será que siempre que se discute sobre el lenguaje inclusivo hay quien comenta en redes que si “quienes apoyan” éste saben lengua de señas? La analogía no sólo es falaz, sino que depende de una discriminación particular: el abilismo.

La lengua de señas (o lenguaje signado) es una forma de comunicación que se realiza en diferentes formas dependiendo del país y región donde se signe: el LSM (Lenguaje de Señas Mexicano) es la versión mexicana y, como ocurre con otros dialectos del español, alguien de España, Argentina o Colombia sí puede comunicarse con alguien que signe en LSM, pero quizá le cueste un poco de trabajo reconocer localismos y versiones propias de cosas, palabras y nombres sumamente regionalizados.

El LSM es una lengua en toda la extensión de la palabra, como el español, el mixe o el francés. ¿Por qué entonces, cuando se habla de lenguaje inclusivo siempre hay quien dice que éste es el “verdadero” lenguaje inclusivo?

Post de Facebook donde igualan LSM con lenguaje inclusivo (Vía: Medium)

El lenguaje inclusivo ni es lenguaje

El lenguaje inclusivo, a diferencia del LSM, el mixe o el purépecha no es un sistema de comunicación ni una representación ideográfica, es más, ni siquiera es un “lenguaje”.

El término fue acuñado como una especie de burla a los proponentes y, como ocurre con muchos términos ofensivos, terminó siendo absorbido y apropiado, pero no es nada más que una especie de “tercer género” en el español que rompe con el binarismo masculino-femenino en palabras que tienen desinencias de género.

O sea: el “lenguaje” inclusivo no es más que un pequeñito cambio en todo el sistema del español que no sólo no afecta su gramática básica, sino que parte de ella para hacer esos mismos cambios.

Diferencias entre lenguas de señas mexicano y maya (Imagen: Proyecto Pantone294)

Su uso es, como se ha repetido en múltiples ocasiones por un sinfín de lingüistas, una elección política que poco o nada tiene que ver con gramática, pero sí mucho con ideología: múltiples estudios han demostrado cómo el uso del plural masculino “deja fuera” a mujeres y niñas que, al no verse reflejadas ni incluidas en esa generalidad, interiorizan esa misma exclusión. (Vía: Contexto)

A diferencia del LSM o las lenguas indígenas, no se trata de un sistema de comunicación, sino una decisión política que, en ninguna medida, busca imponerse a nadie (por mucho que eso crean sus más desatados opositores).

LSM y el lenguaje inclusivo

La analogía, entonces, entre el LSM y el lenguaje inclusivo no sólo es falaz, sino que parte de una idea abilista: las personas sordas no forman parte “real” de la totalidad social, sino como un añadido al que se le da la gracia de formar parte sólo cuando se menciona el lenguaje inclusivo.

Vaya, queda de más preguntarse si quien menciona el LSM ha tenido algún interés en aprenderlo: la pregunta sobre por qué traer al tema un lenguaje frente a una decisión sobre el lenguaje está, justamente, en lo que el troll entiende por “inclusivo”.

El lenguaje fonético no es inclusivo con las personas sordas, por ello se diseñó, desde el siglo XVI, un sistema de señas para que pudieran comunicarse entre ellos y con el mundo. El lenguaje de sexos binarios no es inclusivo con el amplísimo espectro de identidades sexuales que se reconoce ya en nuestro tiempo.

Para el troll, una exclusión es válida, pues las identidades que repara la inclusión no lo son.

Curiosamente, el LSM también tiene términos inclusivos dentro de su gramática: por ejemplo, el cambio que se ha hecho en la desinencia del femenino, como lo explica el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), en su Diccionario de Lengua de Señas Mexicana, Manos con voz:

“En el caso del género femenino, la ejecución de las señas ha cambiado por inconformidad de las mujeres sordas. Durante mucho tiempo el femenino se ejecutaba moviendo la mano abierta en línea recta hacia abajo; de hecho, muchas personas siguen marcándolo así. Hoy en día es preferible marcar este género con la palabra mujer, de modo que, para añadir el género femenino a las palabras en la lengua de señas, éstas se realizan primero y luego se hace la seña para femenino.” (Vía: Conapred)

Reducir la mención del LSM sólo cuando se está en contra del lenguaje inclusivo no sólo deja en evidencia la verdadera exclusión de la comunidad sorda (peón en un juego de validez “gramatical”), sino que deja en claro que lo que menos importa es una verdadera discusión por a quién y cómo “incluir”.