Denunciar a la policía a minorías por no está haciendo nada: una tradición tan gringa como la esclavitud

La noche de ayer, Ving Rhames, actor y protagonista de la saga Mission Impossible, confesó que a principios de año fue amagado en su propia casa por la policía en California luego de que un vecino marcara al 911 reportando un ‘posible allanamiento’ en la casa de a lado por un ‘hombre negro y grande’.

‘Incidentes’ como este no son nuevos y se han multiplicado en Estados Unidos desde hace un año y medio: gente blanca que llama a la policía para reportar a gente negra que no está haciendo absolutamente nada. Mujeres de mediana edad que reportan al 911 por niñas que venden galletas o limonada, hombres afroamericanos que son esposados dentro de un Starbucks por nada o gente que es amenazada a punta de pistola en su propia casa porque… ¡por nada!

Ya llevamos un año y medio de la presidencia de Trump, traerlo a colación cada que explota un caso de racismo en redes es una respuesta sencilla y bastante simplificante, pero no por ello deja de ser una parte esencial para explicarlo: esto va más allá de los ‘sospechosos’ negros, más bien está anclado en un ‘sentido común’ racista, en el que es un deber de los ‘ciudadanos’ mantener el status quo: o sea, recordarle a los afroamericanos cuál es su lugar.

Ese ‘lugar’ en el que pertenecen las minorías es, siempre, el espacio público precarizado: las calles de los barrios, los patios de los conjuntos habitacionales plagados de drogadicción y violencia, las zonas alejadas de la ciudad o en sus centros abandonados donde, desde la década del 70, se ha experimentado con leyes cada vez más duras por crímenes menores, como la “ley de las ventanas rotas”. (Vía: Camp, Heatherton, Kang: “Ending Broken Window Policing In New York City“)

La explicación más sencilla a estas reacciones es el racismo y la hipocresía (todo ataque racista es, en buena medida hipócrita): alertar a la policía de una violación menor al código civil no ocurre cuando el infractor es blanco. Punto.

Sin embargo, pudiera ser que, en realidad, quien levanta el teléfono para llamar a la policía no es un racista ‘tradicional’: o sea, no considera una raza inferior a las minorías raciales o hace chistes sobre primates y personas… Pero sí tiene interiorizado un sistema desigual contra algunas comunidades racializadas.

WaPo: conteo de muertes por policía en 2018 (Imagen: Washington Post)

Como apunta Robin Diangelo en White Fragility:Why It’s So Hard For White People To Talk About Racism, este prejuicio estructural e interiorizado de la mayoría blanca puede que no reconozca el racismo como la causa principal de su llamado: para ellos, lo importante es el “estado de Derecho” y, con eso, se desvía la atención y la discusión hacia algo mucho más estructural, complejo pero, también, más difícil de aterrizar.

Estas llamadas, también, son un arma cargada contra las minorías: no sólo son los enfrentamientos con la policía que pueden resultar mortales, sino el proceso penal y judicial que condena diferentemente a blancos que a personas de color. En cierta medida, esas llamadas son una forma de reafirmarse (quienes marcan) como dueños legítimos del espacio ‘público’.

Esto no es ajeno en México, quizá la única diferencia es que los sujetos racializados son otros: las comunidades indígenas y afromexicanas, que han sido sujetas a diferentes opresiones sistémicas desde la Nueva España (o antes, como algunos pueblos indígenas conquistados por el imperio mexica).

Hace unos años, una doctoranda tzotzil fue expulsada de un café en San Cristobal de las Casas, en Chiapas, porque ‘no dejaban pasar el comercio ambulante’, o las mujeres también tzotziles que, en Masaryk, fueron acosadas por policías y guardias de las boutiques al considerar que ‘no era su espacio’.

Legalmente, el espacio público es de todos, ¿pero lo es en realidad?