¿Qué tan serio es el acoso cuando ocurre en Internet?

Todo empezó con una cartulina. Como parte de un taller para visibilizar la forma en que vivimos el racismo, una mujer escribió su opinión en ella: “Racismo es aspirar a hablar inglés o francés antes que una lengua indígena”. Una reflexión propia que no pretendía aleccionar a la población pues ocurrió en un espacio privado, pero que atrajo el acoso de desconocidos en redes, incluidos aquellos con gran poder de convocatoria.

La imagen se sacó de contexto y se viralizó: no porque las redes sociales comprendieran el racismo estructural que existe detrás de la predilección por una u otra lengua, sino porque el mensaje de la cartulina tocó fibras sensibles en un país que no se considera racista aunque las cifras oficiales indiquen lo contrario.

El debate se transformó en acoso selectivo: un tuitero con 1.7 millones de seguidores publicó, en varios idiomas, que pagaría $2,850 pesos por que se le permitiera ‘orinar’ a esa persona. A una mujer cuya fotografía fue tomada de su Facebook personal y difundida sin su permiso, le llovieron amenazas de violación y muerte.

El tema, entonces, ya no son el náhuatl, el español ni el inglés (un complejo fenómeno que explicamos aquí), sino la violencia en línea. No importa si estás de acuerdo o en desacuerdo, una opinión no justifica los ataques hacia una persona, ya sea en línea u offline.

Según las políticas de Twitter, “no está permitido participar en situaciones de acoso dirigido a una persona o instar a otros a hacerlo. Consideramos como comportamiento abusivo el intento de acosar, intimidar o silenciar la voz de otra persona. Incitar a la violencia hacia una sola persona, más aún cuando tienes un alcance de casi dos millones de seguidores, no solo está prohibido en la red social: pone en riesgo la integridad física y mental de quien sufre el acoso.

Ser mujer en Internet

Como señala Ana G. González en el Huff“parece ser que las redes sociales son un medio más para dejarnos claro que si eres mujer y dices algo, mereces que te violen y te maten. Que te ridiculicen y que liberen tus datos privados”. Así lo han demostrado los casos de acoso a mujeres que se atreven a opinar en Internet, como Anita Sarkeesian, Zoe Quinn, Lindy West o, sin irnos tan lejos, Plaqueta cuando denunció el acoso de un extraño en la vía pública.

Rápidamente buscaron tuits viejos míos para probar mi “inconsistencia” e “hipocresía”, y en cuestión de horas me convertí en la persona más odiada de internet (y de la ‘vida real’)“, cuenta De Anda. “Intelectuales, opinadores y feministas institucionales me tacharon de exagerada mientras me llegaban, literalmente, miles de mensajes de odio, insultos de todos los niveles y estilos que te puedas imaginar, amenazas de muere y violación, machitos con nombre y apellido planeando públicamente cómo iban a ‘darme una verdadera razón para tener miedo‘”.

 

John Oliver lo menciona en su especial sobre acoso en línea y las amenazas directas que pueden hacer que la gente tema por su seguridad“Y si crees que algo así no es un problema, pues felicidades por tu pene blanco. Porque si tienes uno de ésos, probablemente tienes una experiencia muy distinta en el Internet“.

Si bien el hecho de emitir una opinión a través de Internet conlleva la posibilidad de recibir críticas, solicitadas y no solicitadas, las amenazas no deberían ser una consecuencia inherente a la libertad de expresión. De acuerdo con una encuesta de Amnistía Internacional, el 41% de las mujeres que han sufrido acoso en línea han sentido que su integridad física está amenazada.

El acoso no desaparece al apagar la computadora o al cerrar las redes sociales. El Internet no es un mundo aparte, sino una extensión de nuestra vida diaria: lo utilizamos para comunicarnos con la familia, para trabajar, para saber cómo llegar a un lugar. Por más que se apaguen las notificaciones, éste seguirá ahí. A todos nos conviene que sea un lugar más seguro y libre de acoso.