¿Racismo en México? Tuit del director del INEGI desata discusión en redes

Este viernes, el Instituto Nacional de Geografía y Estadística publicó, por primera vez, el  Módulo de Movilidad Social Intergeneracional (MMSI): en él, se hizo una encuesta a personas entre 25 y 69 años, y se centró en el nivel de estudios y la autopercepción de “mejoría” socioeconómica de los encuestados se contrastaba con “su origen” (sus 14 años de edad). En este estudio, también, se agregó una variable: el color de piel, y eso hizo estallar reacciones en internet, pues, para varios, eso es “racismo”. (Vía: INEGI)

A nadie le gusta que lo señalen por racista, por misógino, por homófobo o por violento o por poco tolerante, porque a nadie le gusta que le destruyan la imagen (a veces falsa) que tenemos de nosotros mismos. A nadie le gusta, a ningún país le gusta, pero México es constantemente recordado que es todo eso junto, que no es un solo problema el que lo aqueja y que para solucionarlo no bastan medidas mágicas.

El MMSI, es cierto, es un estudio del que seguirá extrapolándose muchísima información, al que hay que hacerle preguntas necesarias y al que, constantemente, tendremos que regresar para entender todo lo que nos dice: por ejemplo, que sea más alto el porcentaje de gente que termine su educación media y superior cuando su única proveedora en casa fue su madre, a comparación de su padre; o, por qué seguir considerando el nivel educativo como un medidor de movilidad social cuando cada vez hay más datos sobre lo contrario…

Sin embargo, lo que provocó la reacción de internet no fue el estudio en sí, sino un tuit, quizá pobremente redactado, del director del INEGI, Julio Santaella:

David Páramo, analista financiero y columnista para Grupo Imagen y Excélsior lanzó un “rant” en Twitter acusando a Santaella de “racista” por andar comunicando los datos arrojados por el estudio del instituto a su cargo.

En su columna para Imagen, Páramo dice una sarta de sandeces muchas cosas que hay que revisar con calma:

En una nación incluyente, el color de piel, sexo, raza, religión, género, preferencia sexual, deben ser irrelevantes. Hacer notar la diferencia es una forma inaceptable de racismo. Cuando se ve la diferencia se está recurriendo a formas que se pretenden erradicar.

En el PAN es claro que el candidato debería ser Ricardo Anaya, puesto que es más blanco que Margarita Zavala o Rafael Moreno Valle. Este absurdo Pantone y los tuitazos de Santaella explicarían las derrotas de Andrés Manuel López Obrador, Delfina Gómez, Juan Zepeda o Josefina Vázquez Mota.

Si fuera cierta la afirmación del presidente, verifique el color de piel de sus hijos: entre más morenos, invierta menos en su educación; si es más blanco de piel tendrá un mayor éxito. Espero que usted también pueda ver la muy profunda estupidez que es decir que el color de piel determina el grado de éxito en México. (Vía: Dinero en Imagen)

La crítica (si nos aventuramos a llamarla así y no lo que es: un coraje entripado) de Páramo al estudio del INEGI parte de un tuit pobremente escrito de su presidente; parte, también, de creer que el racismo es una cosa individual que es practicada por todos de la forma más burda y estereotípica que ni permite ni entiende de matices: o se es un racista de caricatura o un liberal post-racial… y nunca han existido los dos escenarios.

Como apunta Federico Navarrete, estudioso del racismo y la desigualdad racial en México, respondió así a una serie de críticas que recibió por escribir su “Alfabeto racista”:

la crítica al racismo no trata de desentrañar intenciones individuales, ni de culpar a exponentes particulares de estos discursos, sino de señalar las maneras en que los discursos y las prácticas discriminatorios y descalificadores, basados en (falsas) metáforas biológicas, se reproducen y mantienen su vigencia en diversos ámbitos de nuestra vida pública y privada. (Vía: Horizontal.mx)

Si bien es cierto que en México no existió el racismo como se entiende en Estados Unidos, no hay forma de decir que, hoy, nuestro país sea “incluyente“. Desde las palabras que utilizamos para referirnos a las personas con mayor autoridad que nosotros (el “güerita” y el “don” son marcas históricas de castas racializadas) hasta la constante invisibilización de las comunidades afrodescendientes, al olvido y opresión históricas a las que se han enfrentado las comunidades indígenas.

Si decir que “ser racista” es enunciar la realidad, entonces es urgente ser racistas: para verla, para incomodarnos con ella y para buscar cambiarla.

 

Raúl Cruz V.