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¿Por qué decepciona la respuesta de Los Simpson a su propio racismo?

En 2016, el comediante Hari Kodabolu realizó The Problem with Apu, un documental en el que analizó el impacto dañino de Apu Nahasapeemapetilon, querido personaje de Los Simpsons, para millones de de sudasiáticos-americanos mientras crecieron por el racismo que reproducía y fomentaba. El pasado domingo, Los Simpsons por fin respondieron y a muchos, muchísimos, nos decepcionó su respuesta. ¿Qué tiene de ‘correcto’ lo ‘políticamente correcto’?

El documental de Kodabolu, neoyorkino hijo de migrantes indios, es un trabajo complejo de testimonios, entrevistas y comparaciones que utilizan como pretexto a Apu, pero que, en realidad, habla sobre el racismo “invisibilizado” (por los blancos estadounidenses) contra los surasiatico americanos.

A lo largo de la producción, Hari intentó entrevistar a Hank Azaria, actor blanco que es la voz de Apu, sin lograrlo: él quiso (y pudo) elegir la forma como sería representado en el documental, un acto brutal de ironía que no se le escapa al comediante y con el que, de hecho, Kodabolu cierra su trabajo.

Pasaron casi dos años para que, finalmente, la serie animada estrella de Fox retomara el trabajo y las críticas a Azaria y al personaje. Utilizaron a Lisa, quizá el personaje más crítico (y autocrítico) de la serie para responder, simple y llanamente ‘meh’.

Crecer con Los Simpsons

Quizá sea una generalización grosera, pero no falaz: todos los que crecimos durante los 90 lo hicimos junto con Los Simpsons. Nos reíamos de los golpes y tonterías de Homero y nos fuimos identificando con alguno de los personajes, memorizábamos los chistes y hasta participamos en trivias y recordamos momentos de nuestra propia vida a partir de un escena.

Nos tomó tiempo entender que, detrás de los chistes, la caricatura, de hecho, era sumamente inteligente, crítica y (por mucho que hoy esté tan denostada la palabra) progresista. Violencia de género, racismo, representación; empatía, economía y filosofía eran los ejes narrativos de una crítica profunda de la cultura en la que todos crecimos y con los vicios que todos lo hicimos.

Para algunos de nosotros, Lisa (con todo y su superioridad moral inmamable en algunas ocasiones) era nuestro personaje favorito. Capítulos que se centraban en problemas de representación femenina, como “Lisa vs la Baby Malibu” (s5, ep14), transmitido por primera vez en febrero de 1994, eran ejemplos perfectos de cómo abordar un problema complejo en 22 minutos sin restar profundidad, sin hacerlo y aceptando que conforme cambia la sociedad, sus productos culturales tendrían que hacerlo también, sin importar el peso o lo central que fueron en su momento.

“Cuesta mucho trabajo arrebatar el espíritu y la personalidad de un libro. Pero ahora es tan inofensivo como pasar un domingo en Cincinnati. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?”, le dice Marge a una confundida Lisa que mira directamente a una foto de Apu. “Es difícil de saber. Algo que hace décadas fue aplaudido e inofensivo ahora es políticamente incorrecto. ¿Qué se puede hacer?”, responde Lisa. Al final, “Algunas cosas se remediarán más adelante” resumen Marge, a lo que lisa contesta “si acaso.” (Vía: Código Espagueti)

Sin embargo, la respuesta que dieron (dos años después) al trabajo de Kondabolu no podría ser más diferente, y no deja de ser irónico que en 1994 fueran más progresivos que en el 2018.

¿Qué es lo ‘correcto’ de lo ‘políticamente correcto’?

Demasiados (sí, estamos usando bien el adverbio) capítulos de los ‘clásicos’ de Los Simpsons podrían ser acusados, hoy, de tocar temas “políticamente correctos”: vegetarianismo, tolerancia religiosa, multiculturalismo, cultura LGBT+, masculinidad y feminismo aparecen no como temas tangenciales sino primarios.

Eso no significa que los escritores de la serie no hayan fallado en ciertos temas (como el racismo). Hoy, señalar esas fallas viene acompañado, siempre, de un ‘descrédito’: son ‘quejas políticamente correctas’.

Ya en otra publicación desarrollamos el uso político-electoral del término, tanto como lo ha usado Trump, Fox News, toda la administración actual de la Casa Blanca (y, en México, personajes como el Bronco).

Lo mejor de todo es que este ‘argumento’ no es más que una falacia (ad baculum, para ser más precisos): al denostar algo como ‘políticamente correcto’ no lo cancela ni ‘demuestra’ la falsedad del argumento, tan sólo busca pegar por pegar.

Esta falacia, el concepto completo de lo ‘políticamente correcto’ se hace así un hombre de paja, un vale gratis para decir lo que se les pegue la gana y con el que violan constantemente las reglas mínimas del debate civilizado. Sin embargo, en internet, en los medios y en la crítica cultural… la cosa es diferente (aunque, de hecho, no tanto).

Nadie ha dicho que los chistes deben dejar de hacer, que algo no debe de hacer reír o que la comedia, a partir de un punto indeterminado en el pasado (siempre en el pasado), quedó limitada a unos cuantos temas que “no toquen a las minorías”. Sin embargo, cada que se utilizan esas dos palabras lo hacen bajo esa misma premisa.

Los que acusan que algo es “políticamente correcto” lo hacen siempre desde un par de contradicciones: quien señala un acto o un dicho discriminador utiliza un lenguaje ‘victimizador’ y busca ‘imponer’ lo políticamente correcto, pues (dentro de esa misma lógica), lo ‘políticamente correcto’ ya ganó y forma parte de lo hegemónico y ellos, pobres luchadores solitarios, se convierten en la ‘verdadera resistencia’, iluminados que logran ver detrás de la conspiración.

Así, la discusión del discurso y la política se lleva al terreno moral, donde todo puede ocurrir y se permite todo. Y, en cierta medida, termina siendo una victoria para esos “redpillers, pues el alcance político de los cambios léxicos y culturales se borra por completo.

Detrás de estas ‘denuncias’ de que ‘quieren que todo sea políticamente correcto’ está siempre, una supuesta ‘defensa’ de la ‘libertad de expresión’… pero sobre las confusiones que eso tiene nos ameritaría otro ensayo (que se los prometemos pronto).

Finalmente, como dijo Hari Kondabolu, al criticar a las instituciones, a los ídolos y a las representaciones culturales caducas no hacemos otra cosa más que seguir lo que los Simpsons nos enseñaron: no estar conformes con nada. Nunca.

Por Raúl Cruz, @rcteseida