‘¿Qué fecha era hoy?’: una crónica del #AMLOFEST

A los estadios se acude a presenciar una liturgia secular. Eso lo confirman tanto los que acuden en domingo a ver a los Pumas en CU, como los que pagan por un año el boleto para el Corona Capital. Ni siquiera una marcha política, forma multitudinaria de la expiación, puede congregar esa clase de fervores; y es por una razón sencilla: a las marchas se acude con fines específicos y consignas; en cambio, al estadio se va por el puro gusto de cumplir un rito, más allá de las consecuencias del mismo.

¿Pero qué pasa cuando los estadios albergan un acto electoral? La forma, como siempre, se impone al fondo, el acto se ajusta al medio: cuando la política pisa un estadio, las gradas no renuncian a presenciar un show; los políticos se convierten en espectáculo.

Ante la negativa para usar el Zócalo, plaza natural de la izquierda capitalina, AMLO anunció que cerraría su campaña en el Azteca, en medio de cejas levantadas pero respaldado por las encuestas, en unas elecciones donde Morena impuso la agenda y el ritmo de la discusión pública.

Pronto las dinámicas propias de un estadio se impusieron a la política: su despedida, el AMLOFest, se anunció como se anuncia un festival de Ocesa, con un cartel que unía a artistas conocidas por la izquierda mexicana, como Eugenia León y Susana Harp, con la popera Belinda, quien hace apenas seis meses todos hubieran jurado, no sin prejuicios, que era simpatizante de Anaya.

Imagen: Plumas Atómicas

“¿Sabrán que aquí no hay alcohol?”, escuché a mi lado afuera del Azteca, en medio de empujones que crecían a medida que se acercaban los torniquetes. Fuera de la inaudita ausencia de cerveza, la tarde en Santa Úrsula corría exactamente igual que en un concierto de U2 o de la selección: puestos de tazas y playeras con el rostro de AMLO, “pejeluches” en 100 pesos, incluso algunos puestos ofertaban viejos números de Proceso como si fueran especiales de la Rolling Stone.

Y así como algunos van al concierto con la playera de un grupo, yo pronto me rodeé de gente con chalecos con el nombre de Clara Brugada y gente que había descendido de un camión que anunciaba el estreno de la serie Populismo en América Latina.

Paradójicamente, la otra gran diferencia que delataba que no íbamos a un partido de futbol era la ausencia de seguridad. Los mismos elementos de la compañía Lobo que pueden pasar báscula a gónadas ajenas en un Vive Latino, aquí ni siquiera palmeaban a los asistentes. Cualquiera pudo haber introducido una pistola y nadie se habría dado cuenta.

¿Esa falta de seguridad es signo de confianza o de irresponsabilidad? Como toda estrella con más de tres discos, Obrador conoce a su público y ha de saber hasta dónde confiar en ellos. Al final del día, AMLO ya pertenece sin querer a esa estirpe de políticos latinoamericanos que cortejan la presidencia múltiples veces. Salvador Allende consiguió la victoria al tercer intento, Lula al cuarto. El marketing de la izquierda siempre apuesta a la cocción lenta y, además, depende muchísimo de los agravios que cometan sus adversarios.

Por ejemplo, uno de los chismes más comunes en estos comicios era el que relacionaba a Peña Nieto con López Obrador. Lo único cierto es que EPN dio un boost sin precedentes a Morena con la corrupción detrás de la Casa Blanca y el manejo de Ayotzinapa. En ese sentido, sí, Los Pinos fueron el mayor aliado de Obrador.

Eso es notorio en los pasillos del Azteca, donde se escucha a todo volumen la canción de Morena, que tiene el extraño mérito de ser de las pocas canciones partidistas que contiene indicaciones específicas y un credo. Mientras Movimiento Ciudadano redujo toda su plataforma política al pegajoso estribillo “Na na na na na –Na na na”, el tema de Morena, compuesto por el veracruzano Byron Barranco, habla de qué combate el partido (“la mafia neoliberal”) y dónde debe informarse el simpatizante (la propaganda Regeneración).

Nos dimos cuenta de que la gente respetaba los números asignados en sus boletos cuando dos los únicos asientos disponibles en las gradas que nos tocaban estaban frente a los baños portátiles. Ni siquiera se veía el escenario. Mi amigo, tan especial como entregado a la causa aclaró: “Me niego a ver cómo llega la democracia frente a un Sanirent”.

Imagen: Plumas Atómicas

Sobre la cancha verde del Azteca, nadie debió sentirse tan en casa como Cuauhtémoc Blanco, mientras los actos musicales se sucedían como en un festival más. Eso quedó constatado cuando Belinda apareció en el escenario dispuesta a dar un show rotundo donde incluso contó con sorpresas como Espinoza Paz y el escurridizo tema de “El Sapito” interpretado con mariachi, con todo y una botarga que los detractores de Morena han tardado en comparar con la rana que identifica a los simpatizantes de Donald Trump.

Imagen: Erizos

AMLO apareció pasadas las ocho como esos headliners que salen a interpretar sus más grandes éxitos. Su discurso, aunque en exceso largo (muchos no alcanzaron a escucharlo entero), aspiraba a ser el resumen no de una campaña sino de la historia de las izquierdas mexicanas. En plan teleológico, como si las luchas de varias generaciones desembocaran en el 1 de julio, Obrador conjuró la Revolución y la Reforma, el 68 y los intelectuales afines a su movimiento como Pitol, Poniatowska o Monsiváis.

Tras semejante preludio, enumeró acciones venideras como si desde hace semanas viviéramos el 2 de julio. Ahí estaban las promesas de siempre, las irrealizables y las notorias, las chuscas y las desactualizadas, las necesarias y las temibles; todas ellas aderezadas o vinculadas al combate a la corrupción. Cada quien puede intercambiar esos adjetivos como prefiera, en la medida de sus esperanzas y sus temores.

Octavio Paz escribió alguna vez a él la política no le entusiasmaba, le preocupaba. Acaso ese es el sentimiento que mejor describe a los mexicanos a lo largo de un sexenio. Solo en este país parece natural que un presidente apruebe un presunto agravio a la nación mientras la mitad del país contempla un partido de futbol.

Sin embargo, durante las elecciones los mexicanos cambian la estrategia emocional y se entregan a una montaña rusa de sentimientos de donde cada candidato busca extraer su auténtica campaña. Así como los marketeros venden un sentimiento asociado a un producto (adquieres un insecticida pero en verdad compras venganza), los políticos venden un sentimiento asociado a dos o tres propuestas.

En esta ocasión Meade quiso gestionar el miedo del electorado; su visión presentaba una disyuntiva apocalíptica: ‘yo o el retroceso’ ‘yo o el totalitarismo’. Anaya y AMLO, muy por el contrario, buscaron gestionar el enojo y la esperanza. Solo las urnas pueden decidir quién lo hizo mejor en ese aspecto. Sin embargo, es notable cómo AMLO pudo adelantar el calendario emocional de sus simpatizantes en medio de una misa secular: para ellos, en el Azteca ya era 2 de julio. Más de uno al salir tuvo que recordarse qué fecha era hoy.

@edegortari