Racismo, nostalgia y orígenes: la polémica por La Sirenita

Nico Ruiz escribe sobre la más ridícula polémica de las últimas semanas que si algo demuestra el berrinche es que hemos interiorizado lo peor de la ética de Disney: el 'buen gusto' porfiriano

Recientemente, se detonó una enorme polémica porque Disney anunció algo sin precedentes: Halle Bailey, una muy joven cantante y actriz afroamericana fue elegida para interpretar al querido personaje de Ariel en el remake live action de The Little Mermaid. Internet se volvió loco, Twitter explotó de rabia, el hermoso anonimato de las redes sociales permitió un despliegue de desgarraduras de vestiduras tan común como sorprendente.

¿Pero por qué nos sigue pareciendo sorprendente? Cada vez que se anuncia que un personaje icónico va a cambiar de raza o de preferencia sexual, las redes sociales explotan con indignación. En los cómics esto pasa todo el tiempo: Nick Fury, Firestorm, Wally West, Spider Man y Captain America son afroamericanos en algunas versiones, Hulk es asiático, Thor es mujer… Pero basta con que esto pase en representaciones populares de Hollywood para que la polémica estalle.

Es evidente que el alcance de las películas de Hollywood es mucho mayor que el mundo de los cómics. Y es evidente también que la cultura popular del cine tiene una mucho menor tolerancia a los cambios radicales en los personajes que los lectores acostumbrados, por años de variaciones, a las mitologías cambiantes de los cómics. En cualquier caso, hemos visto cómo grandes elecciones de casting -como Idris Elba para interpretar a James Bond- se han caído por el simple encono popular de los fanáticos.

En reversa, esto no ha pasado cuando se han elegido a actores blancos para interpretar a personajes de otros orígenes étnicos como cuando Tilda Swinton interpretó a “The Ancient One” en Dr. Strange, Ben Kingsley a “The Mandarin” en Iron Man 3 o cuando Shyamalan decidió que Aang sería un niño blanco en la horrenda adaptación de Avatar: The Last Airbender. El problema aquí parece, entonces, inclinarse hacia ciertos prejuicios que sería interesante desenterrar. Porque, si este fenómeno se repite con tanta frecuencia, es que alguna fibra sensible debe estar tocando.

La obsesión por el origen

Parece que Disney está enfocando toda su energía creativa en la repetición. Ya pasaron los años salvajes en donde el mero patrón, Walt Disney, buscaba fervientemente “historias con corazón” en la literatura de ayer y hoy. En nuestros días, parece que la originalidad quedó del lado de Pixar y que el estudio que produjo tantas animaciones únicas está obsesionado con revivir viejas glorias. Pasó con Maleficient como continuación de Sleeping Beauty, pasó con The Jungle Book y The Lion King de Jon Favreau y pasó con los desastres que fueron The Beauty and the Beast y el Aladdin de Guy Ritchie.

Ahora, con esta nueva adaptación de un clásico animado tan paradigmático como The Little Mermaid, el público parece estar dividido. La selección de Halle Bailey como Ariel parece haber destanteado a toda una generación obsesionada con el “respeto a los orígenes”. En Twitter se dejaron escuchar innumerables voces criticando al casting por “traicionar al personaje”. Pero, ¿en qué consiste esta traición? ¿Cuáles son estos “orígenes” que parecen obsesionarnos?

The Little Mermaid fue concebida como parte de una antología de los cuentos de Hans Christian Andersen por Walt Disney en los años treinta. De hecho, a Disney le interesaban, sobre todo, los cuentos que más muestran la obsesión de Andersen por la ascensión social: Den lille havfrue (La Sirenita) y Den grimme ælling (El Patito Feo). Por razones diversas, estos proyectos quedaron guardados en los archivos de Walt Disney y los primeros esbozos de una animación sobre los cuentos de Andersen se olvidaron por décadas.

En los años ochenta, cuando Disney atravesaba por una gran crisis creativa, el entonces presidente de la enorme corporación, el muy criticado Jeffrey Katzenberg, aceptó hacer lo impensable: encontrar a una nueva princesa Disney. Habían pasado treinta años desde que Disney tuviera una princesa con Aurora de Sleeping Beauty en 1959. Ron Clements y John Musker empezaron a indagar cómo podrían adaptar la historia de Andersen y encontraron, por casualidad, el archivo de los años treinta. Fue entonces que decidieron retocarlo para crear el éxito memorable que volvió a poner a Disney en el mapa de los blockbusters de Hollywood.

Así, una historia publicada en 1837 se adaptó para una animación de los años treinta y se convirtió en un éxito taquillero a finales de los años ochenta. Claro, la historia de Disney terminó siendo muy distinta a la de Andersen. El escritor danés escribió una historia bastante extraña y entrañable que, en verdad, termina en tragedia. Al final del cuento original, la sirenita no se queda con el príncipe sino que, enfrentada al dilema de matarlo y regresar a su inmortalidad como sirena o perecer, decide sacrificarse. Se convierte en espuma y luego en aire y luego en un ente extrañísimo dotado de alma que, con cada buena acción de un niño, reduce su condena de trescientos años que la alejan de la recompensa divina.

Es cierto, en la historia de Andersen, la Sirenita tiene la piel blanca y los ojos azules. Pero esa fue una historia escrita hace casi 200 años siguiendo una moral victoriana para educar a niños daneses cristianos. La adaptación de Disney se hizo para la sensibilidad de los años treinta y luego, cambiando, se adaptó para los años ochenta. Es decir que la historia de La Sirenita ha cambiado considerablemente entre todas sus adaptaciones… y eso es exactamente lo que sucede cuando un mito pervive.

A pesar de que parezca contradictorio, un mito sólo sobrevive si muta, si se adapta a las diferentes sensibilidades de una era. El Rey León puede rastrearse hasta las disputas de los dioses del antiguo Egipto, pasando por un manga de Osamu Tezuka, Hamlet de Shakespeare y el imaginario americano de la naturaleza africana idealizada. Como buen mito, como buen arquetipo, es lo suficientemente general para adaptarse según los tiempos y los lugares, para cambiar y sobrevivir y decirse nuevamente. La cuestión aquí es que no existe “la esencia” que todos claman, no existe un “origen” indiscutible. Y esa obsesión con el origen debería quedarse con la física cuántica: en literatura parece poco más que una neurosis romántica.

Sirenas imaginadas por ilustradores europeos del siglo XVI

Cuando se armó una enorme polémica por los rumores del primer James Bond negro, protagonizado por el ideal Idris Elba, se hablaba de un origen. Se decía, comúnmente, que esta elección de casting lastimaría el legado de Ian Fleming. Claro, nadie pensaba que las novelas de Fleming se adaptaron según diferentes susceptibilidades. No es igual el James Bond nonchalant y despreocupado de Connery que las aventuras alocadas de Roger Moore, la humanidad de George Lazenby, la prepotencia de Pierce Brosnan o el crudo realismo de calle de Daniel Craig. Y no cualquier arista del origen del personaje puede mantenerse igual: hay que recordar que el legado respetable de Ian Fleming está plagado de tonos racistas y colonialistas. Digo, ¿no les parece un argumento muy delicado decir que Idris Elba no puede ser James Bond porque su color de piel no es aristocrático?

Nunca tendremos a Idris Elba como James Bond gracias a racistas

Eso me lleva a pensar que los que reclaman pureza no están buscando, verdaderamente, que se mantenga la esencia elusiva de un personaje. Los que critican el casting de Halle Bailey no están buscando el origen de La Sirenita en Afrodita saliendo del agua o en Oannes el dios babilónico de la sabiduría, ni en los cuentos de marinos, ni en Ondine de Friedrich de La Motte-Fouqué. No, los que critican el casting de Halle Bailey es porque encuentran el origen del personaje en sus propios recuerdos. Y ahí entramos, de lleno, en el territorio de la paradójica nostalgia millennial.

La nostalgia paradójica

El hashtag que se viralizó en las protestas digitales por el casting de Halle Bailey como la nueva Ariel es bastante revelador: #NotMyAriel. La queja de todos los que están indignados con la decisión de Disney es entonces mucho más personal de lo que parece. La idea de “Mi Ariel” habla de una evidencia: lo que muchos están criticando aquí no es la “esencia” inexistente del personaje, sino que se atente contra un recuerdo intocable.

La paradoja de la nostalgia millennial empieza, entonces, con un deseo: queremos el mismo entretenimiento que nos formó, queremos repetirlo, postergarlo, intentar resguardarlo eternamente. El mercado ha reaccionado a esta necesidad produciendo innumerables remakes y reboots, franquicias de nostalgia ochentera y continuaciones de películas que fueron icónicas en las décadas fetichizadas de los años ochenta y noventa. La actual oferta de entretenimiento repetitivo no nació de la nada, nació de nuestras propias ansiedades como generación.

El problema con esto es que toda iteración de un mito debe hacerse acorde al tiempo en que se repite. Disney no puede seguir poniendo a los personajes antisemitas de los años treinta, ni a las caricaturas de lo afroamericano de los años cuarenta, ni los estándares de normalidad heterosexual y monogámica de los años cincuenta. Todas estas figuras caducas funcionaron, en ciertas épocas, como una transmisión ideológica normal. El hecho de que Disney ahora busque la inclusión y la corrección política no es más que un síntoma de lo mismo.

Al cambiar las épocas, esta enorme compañía de entretenimiento masivo altamente ideologizado, se adapta para seguir apelando a un público nacional e internacional excepcionalmente amplio. Sería un absoluto error para la compañía producir los mismos estereotipos que hoy son motivo de demandas y oprobio. Así, una productora que reforzó estereotipos sumamente insultantes ha cambiado el rumbo para respetar la inclusión, para fomentar la diversidad racial, para aventurarse, incluso, en apoyar la diversidad sexual que tantos años aplastó con ideales de princesas desesperadas y gallardos príncipes azules.

La paradoja de la nostalgia millennial está, entonces, en que queremos consumir lo mismo que antaño nos hizo felices, pero no queremos consumirlo en nuestro presente. Porque este siglo pide otras formas que el siglo pasado y esas formas, necesariamente, van a modificar lo que consumimos entonces. No queremos vivir un presente nostálgico, queremos detener el tiempo y regresarlo; queremos que se repitan las mismas cosas, con la misma ideología, con la misma sensibilidad que las produjo. Y en el choque de esta imposibilidad están las virulentas reacciones frente a cambios en personajes que obedecen a ideologías nuevas.

Lo que parece molestarnos, en fin, no es la traición a la “esencia” de ciertos personajes, sino la traición a nuestra visión de estos personajes. Estos enojos son formas de externar un ego consentido por la cultura popular. Y en esta paradoja, finalmente, se esconde algo terrible que va más allá de nuestra eterna insatisfacción.

En el cuento de Andersen se habla de la piel blanca de La Sirenita, es cierto, pero fue un cuento que se publicó hace casi 200 años para una moral victoriana y cristiana danesa. ¿Qué tiene que ver eso con Estados Unidos hoy? ¿Con la vida cotidiana de un país multirracial en el siglo XXI?

Tal vez, los más aceptados estándares de belleza y de aspiración quedaron marcados con preceptos heredados; tal vez muchos siguen pensando en lo blanco como bello, lo europeo como el sueño y lo afrancesado como lo sublime; tal vez, de la influencia ideológica de Disney nos cuadramos, directo, en el gusto del porfiriato.

A nadie parecen importarle, hoy en día, los cuervos racistas de Dumbo, pero hay reacciones violentas cuando un personaje deja de ser blanco o heterosexual. Por eso, tal vez, entre tantos prejuicios heredados, algo ha quedado, en nuestra recepción de la cultura popular estadounidense, de su viejo racismo. Por eso, parece importante darse un tiempo para pensar qué nos afectan estos cambios; pensar qué es lo que nos hace pedir respeto por esencias que no existen; pensar cuáles son los modelos que buscamos perpetuar y por qué ya no funcionan; pensar, finalmente, que tal vez estamos buscando que se conserven, instintivamente, los instintos más conservadores.

por Nico Ruiz