¿Quieres recibir notificaciones de nuestro sitio web?

El ‘nuevo’ feminismo, por Brisa Ruiz Chan

No es noticia nueva decir que el espacio público ha pertenecido y sigue perteneciendo a lo masculino, lo escribo y lo digo desde “mi cuarto propio”, uno que también está conformado por un equipo de trabajo encabezado por mujeres.

Y es que, aunque es verdad que el feminismo -ese concepto que cada día genera más resquemores e incomodidad- se ha ido incluyendo paulatinamente en el lenguaje de lo público y nos ha permitido ocupar un lugar a varias de nosotras, no ha impactando como debería en el día a día de millones de mujeres alrededor del mundo: En México, lo dicen las 63 de cada 100 mujeres que declaran haber padecido algún incidente de violencia por parte de su pareja o de cualquier otra persona, los 9.8 millones de mujeres que fueron agredidas física, sexual o emocionalmente por su actual o anterior pareja, y las siete mujeres que diariamente son asesinadas en el país. (Vía: INEGI, 2011)

 

Pero también lo dicen las niñas de Nueva Delhi que son obligadas a casarse y mantener relaciones sexuales inseguras antes de los 15 años, los 30 países con sus 200 millones de niñas y mujeres que han sufrido algún tipo de mutilación genital femenina, los más de 50 millones de niñas que no tienen el “privilegio” de ir a la escuela y los más de seis países que siguen prohibiendo el aborto. (Vía: OMS)

Ante este escenario, es lógico decir que las mujeres pertenecemos por default a un grupo en desventaja histórica, un grupo social que sigue generando prejuicios, estereotipos y discriminación en el discurso fáctico y simbólico.

Estar en situación de desventaja es estar atravesadas por varias caras de opresión social, es por ello que la violencia de género ocurre principalmente en el espacio privado, en principio porque ahí es donde hemos sido relegadas a lo largo de los años, y, en segundo, porque socialmente sufrimos aún constantes episodios de explotación debido a que la libertad, poder, estatus y autorrealización de los hombres es posible porque las mujeres trabajan para ello: de marginación porque el discurso estereotipado de género bloquea las oportunidades de ejercer las capacidades en modos socialmente definidos y reconocidos para ellas, y, finalmente, de carencia de poder, porque históricamente las mujeres han carecido de autoridad y más bien es sobre ellas que se ha ejercido poder y por tanto es más común que acepten órdenes a que las den; construyendo así relaciones estructurales e institucionales que delimitan y ponen en desventaja la vida de las mujeres. (Vía: Young, Justicia y la política de la diferencia)

No es casualidad entonces, que el movimiento feminista nazca y se construya en el espacio público obligando a las mujeres a salir a las calles a exigir sus derechos e intentar eliminar los círculos de opresión, primero con el feminismo ilustrado en el siglo de las luces cuya demanda se basaba en la inclusión de las mujeres en los principios universalistas de los derechos humanos; después en 1930 con el movimiento de las sufragistas y la demanda por el reconocimiento de la ciudadanía de las mujeres reflejado en el derecho al voto y luego en la década de los sesenta, con una lucha más discursiva en donde se busca la resignificación de los nuevos valores sociales y la autopercepción de las mujeres desde el empoderamiento corporal y la libertad sexual.

Desde la última ola han pasado más de cuarenta años, sesenta del lanzamiento del Sputnik y hoy que nos encontramos en el siglo de las viviendas y automóviles inteligentes, de los drones y de la televisión de ultra alta definición viene bien preguntarnos ¿por qué seguir invocando la receta del feminismo de los sesenta? ¿por qué seguir saliendo a marchar a las calles a exigir derechos que siempre nos han pertenecido?

La respuesta es más bien predecible sí miramos con rigurosidad las estadísticas y nuestros entornos sociales, si las mujeres pertenecemos a un grupo en desventaja histórica sería más bien absurdo pensar que esta desventaja ha disminuido a la par del crecimiento de la tecnología y que entonces únicamente con los discursos de acción individual se puede generar un cambio fáctico y simbólico. Dice Paulo Freire que “nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo, los hombres (y las mujeres) se liberan en comunión”, en este sentido los movimientos sociales y la protesta siempre servirán como propulsores del cambio como parte del derecho a nombrar y visibilizar las desigualdades e injusticias sociales.

Por eso seguimos invocando la receta de los sesenta, porque la inteligencia artificial no ha sido suficiente para crear sociedades justas ni acciones transformadoras que permitan superar la injusticia y desmantelar los obstáculos institucionalizados que impiden a algunas personas participar en condiciones de igualdad, por eso es necesario salir a las calles a “nombrar la realidad” e intentar seguir deconstruyendo el discurso de hace sesenta años que aún domina nuestra realidad.

 

Brisa Ruiz es diseñadora integral por el INBA, directora de Estudios Cualitativos en SIMO Consulting
y actualmente estudia la maestría en Derechos Humanos en FLACSO