La tolerancia y lo políticamente correcto

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El miedo, la negación, la no aceptación, el no entendimiento y la tipificación del “otro” es un problema tan antiguo como las culturas humanas mismas. Parecería que hay una necesidad intrínseca en las sociedades por generar diferenciaciones, que por supuesto son artificiales, pero tan artificiales como todo lo construido por lo social. De tal manera el conflicto producto de dichas diferenciaciones, puede ser entendido como un elemento latente que opera tanto hacia el interior, como hacia el exterior de toda sociedad.

Pero no todas las diferenciaciones deben ser entendidas con una carga negativa, recordemos que “de hecho” las sociedades tienden a la diferenciación organizativa, que se ve reflejada en cuestiones políticas, sociales y económicas. Pensemos por ejemplo en la división del trabajo o en las formas de organización política y religiosa.

No obstante, hay diferenciaciones que pueden resultar anómicas en lo social y que pueden ser producto, por una parte, de conflictos y tensiones asociadas a estructuras y relaciones de dominación, es decir a cuestiones propias de la estratificación social. Por otro lado, pueden producirse por altos niveles de inconmensurabilidad entre sistemas culturales, en donde cuestiones que tienen que ver tanto con creencias y prácticas religiosas o políticas, como con elementos meramente fenotípicos relacionados a cuestiones étnicas o raciales, influyen de manera sustancial en tensiones y conflictos sociales.

En ese sentido, las sociedades modernas altamente complejas no solo están constituidas a partir de diferenciaciones funcionales, sino que cargan consigo problemas que podríamos llamar “daños colaterales”, los cuales están relacionados a la diversificación que trae consigo un sistema organizativo tan diferenciado en términos políticos, religiosos, culturales, económicos, étnicos, sexuales, etc. De ahí que el valor de la tolerancia se haya vuelto central como fundamento de convivencia en nuestras sociedades, ya que es indiscutible que el refugio y la reacción de muchos grupos sociales y culturales ante la “otredad” ha sido la intolerancia y no la búsqueda del entendimiento mediante el diálogo racional.

Actualmente la corrección política se ha vuelto una solución de moda ante dichas problemáticas, se piensa que mediante un uso mesurado del lenguaje o “lenguaje inclusivo”, el cual busque llamar a ciertos grupos como ellos quieren que se les nombre, se resolverán los problemas de intolerancia y discriminación latentes en las relaciones sociales. Siguiendo a Umberto Eco, en su ensayo Lo políticamente correcto, podemos decir que dichas prácticas supuestamente inclusivas no resuelven ningún problema, sino que solo lo ocultan.

Es decir, con un cambio de nombre no cambia el problema sino que solo se invisibiliza pues reprime al sujeto en el terreno de lo que puede o no decir en público, sin embargo, eso no implica que lo deje de hacer en el terreno de lo privado.

Prácticamente esto no resuelve el problema, ya que puede que en términos manifiestos se perciba un ambiente de tolerancia e inclusión, pero en el mundo de las estructuras latentes, siguiendo a R. K. Merton, es donde permanecen esas ideas intolerantes y discriminatorias.

Por otro lado, los viejos términos no inclusivos son retomados por los grupos por los que eran utilizados y los monopolizan, esto significa que esas palabras son legítimas solamente si son usadas por ellos y entre ellos. Estas posiciones fragmentan y polarizan más lo social ya que no generan un lenguaje común que lleve al entendimiento, sino que prohiben a otros usarlo por sus connotaciones étnicas, raciales, políticas o religiosas; dicho de otra forma, operan de manera inversamente proporcional. Revisemos el ejemplo de Eco:

“Esto explica por qué un sector exige el cambio del nombre y poco después, aunque se mantienen intactas algunas condiciones de partida, exige una nueva denominación, en una huida hacia delante que podría no tener fin si, además del nombre, no cambia también la cosa. Se producen incluso saltos hacia atrás cuando un sector exige el nuevo nombre, pero luego en el lenguaje privado mantiene el antiguo, o vuelve a él como un desafío (Wikipedia observa que en algunas bandas juveniles afroamericanas se utiliza de forma arrogante la palabra nigger, pero ¡ay del que se atreva a utilizarla si no es uno de los suyos!; es parecido a lo que ocurre con los chistes de judíos, de escoceses o de leperos, que solo pueden contarlos los judíos, los escoceses o los habitantes de Lepe).”

Pensando en Freud, específicamente en el Malestar en la cultura, podemos decir que esta obsesión con lo políticamente correcto en realidad significa la represión de ciertos impulsos, pero no es una represión que se escape al inconsciente, sino que se queda, se acumula como una bomba de tiempo. Esto debido a que no es una solución reflexiva que implique la búsqueda de entendimiento con los otros, o para decirlo con Gadamer, que sea la búsqueda de aumentar nuestros horizontes de sentido; simplemente es una solución moralista que, como hemos dicho, no resuelve los problemas de fondo. 

Con esto no queremos decir que un uso mesurado del lenguaje no sea necesario, por supuesto que es necesario reflexionar sobre sus formas de uso, pero, no de manera simplista, sino en términos de un mínimo de entendimiento mutuo aceptando las diferencias y los procesos históricos de los que somos producto. Eso sería la tolerancia, mínimo entendimiento mutuo aceptando las diferencias, pero parte de eso es aceptar y visualizar lo que no nos gusta.

En ese sentido, la tolerancia parte de una no aceptación de algo o alguien que resulta en criterios mínimos de entendimiento y convivencia, dicho de otra forma, no se puede ser tolerante a lo que se es indiferente, por tanto aceptemos lo que nos incomoda y lo que nos disgusta, ese es el primer paso hacia la tolerancia y no la hipocresía de ese falso evolucionismo que piensa que tendemos hacia lo moralmente bueno.