La Plaqueta que llevamos en la sangre

Si eres mujer y vives en México, seguramente alguna vez en tu vida has padecido acoso callejero. Es una situación típica que los hombres en la vía pública se sientan con la libertad de hacerte saber lo que piensan de tu cuerpo. Las formas en que esto puede ocurrir son muy variadas y van desde el contacto físico directo hasta cierto tipo de miradas. Desde luego, el daño causado varía según la situación. No obstante, el acoso es siempre una expresión de violencia.

#LadyPlaqueta

Hace un par de semanas, hubo un caso de acoso callejero en la Ciudad de México, que tuvo gran resonancia en redes sociales durante varios días. La escritora Tamara De Anda (Ciudad de México, 1983) iba caminando por una calle en la tarde y un taxista le gritó “Guapa” desde su coche. Ella decidió enfrentarlo: “Nadie te pidió tu opinión”. A lo que él respondió que no le hablaba a ella.

Antes de que la discusión creciera, pasó por allí una grúa de tránsito y la mujer les pidió ayuda para levantar un acta por falta administrativa. Es decir, por una falta de conducta cívica y no por una violación al código penal. El caso se dio a conocer casi de manera simultánea a los hechos porque Tamara registró en su cuenta personal de Twitter el proceso de denuncia:

La Ley de Cultura Cívica del Distrito Federal califica en su artículo 23 como infracción contra la dignidad “vejar o maltratar física o verbalmente a cualquier persona”. A pesar de que este documento legal no menciona explícitamente el acoso sexual, hay otras fuentes donde podemos encontrar definiciones específicas. Por ejemplo, el artículo 13 de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia distingue entre hostigamiento y acoso sexual de la siguiente manera:

El hostigamiento sexual es el ejercicio del poder, en una relación de subordinación real de la víctima frente al agresor en los ámbitos laboral y/o escolar. Se expresa en conductas verbales, físicas o ambas, relacionadas con la sexualidad de connotación lasciva.

El acoso sexual es una forma de violencia en la que, si bien no existe la subordinación, hay un ejercicio abusivo de poder que conlleva a un estado de indefensión y de riesgo para la víctima, independientemente de que se realice en uno o varios eventos.

La diferencia entre ambos es clara: en el hostigamiento hay una relación material de subordinación (mediada, por ejemplo, por un contrato laboral), mientras que el acoso puede ocurrir entre personas que no guardan relación previa alguna.

Lo que tienen en común es la expresión de violencia por medio de comportamientos lascivos. La violencia radica explícitamente en tratar a una persona como si fuera un objeto sexual. La indefención y el riesgo de las que habla la ley son peligros reales sobre todo si consideramos que México es un país con cifras altas de feminicidios.

Lo grave del caso de Tamara es que un extraño la calificó con un adjetivo con implicaciones lascivas sin que ella diera muestras de desearlo. Un hombre sintió el derecho a decirle a una mujer desconocida su opinión sobre su aspecto físico. En ese sentido, el taxista maltrató verbalmente a Tamara. Y por eso la queja administrativa que ella levantó procedió: el taxista pasó la noche en un centro de detención porque no pagó la multa asignada (que va de 75 a 750 pesos).

Quemen a la bruja

El registro que Tamara hizo en su cuenta personal de Twitter sobre lo que vivió aquel día obtuvo una respuesta desmedida. Entre algunas cuantas muestras inmediatas de apoyo y celebración, se levantó un alúd de críticas a su denuncia: la llamaron exagerada y la insultaron. Pero no sólo eso, las amenazas de muerte y violación contra ella alcanzaron tal cifra que algunas organizaciones de defensoría de derechos humanos comenzaron a darles seguimiento.

La indignación de sus oponentes se basó en “lo desmedido” de su reacción ante el acoso del que fue víctima, sin considerar el contexto de la agresión: la violencia contra las mujeres es una realidad en nuestro país.

En el periodo del 2007 a 2012 se cometieron en México mil 909 feminicidios en el país (ya comprobados y verificados), cantidad que significa un tasa de 3.2 crímenes por cada 100 mil mujeres. Dicho promedio de homicidios ubica nuestro país por encima de la tasa mundial de feminicidios.

En México, una agresión verbal con intenciones lascivas es una amenaza directa contra la integridad de una mujer. Según un estudio de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, entre 2010 y 2015 se registraron en el país 3 millones de casos de violencia sexual, de los cuales 90% fueron hechos contra mujeres. Del total de casos, sólo hay abiertas 83 mil averiguaciones previas por este tipo de crímenes. Así que lo único sorprendente en el caso de Tamara fue la eficiente respuesta de las autoridades ante su denuncia.

A partir de la magnitud de las agresiones verbales, su caso se difundió de manera aún más amplia. Quizás haya que aclarar que también influyó el hecho de que se trata de una figura pública ciertamente feminista: Tamara de Anda lleva más de diez años de publicaciones continuas en blogs y columnas de periódicos. Es, además, locutora de radio y cronista de la ciudad. Estamos ante una escritora con una larga trayectoria de trabajo que, de unos años para acá, ha dedicado gran parte de los espacios a su disposición para hablar sobre feminismos y las violencias machistas.

La sensación de avance que nos había causado el buen fin del proceso de denuncia se vio demeritada por la respuesta de las personas en internet. La persecusión virtual fue indicadora del largo camino por recorrer hacia una sensibilidad que perciba y atienda la violencia de género.

Calladita NO te ves más bonita

Desde que sucedieron los hechos, ha corrido gran cantidad de tinta sobre el tema. La misma Tamara ha dado varias entrevistas sobre su experiencia y ha participado en múltiples programas de radio y televisión para hablar del asunto. De entre todo el material disponible, uno en particular llama la atención. Se trata de un breve video donde ella personalmente lee (recita o interpreta) algunos de los mensajes de odio que ha recibido en este periodo.

Tamara decidió responder a la violencia con humor. Por un lado, las quejas ylos insultos que ha recibido por denunciar el acoso podrían haberse sumado al daño de la primera agresión. Por otro, esos mensajes tenían la intención de desmotivar las denuncias de otras mujeres que son víctimas del acoso. Si te quejas, te va a ir peor.

Sin embargo, Plaqueta decidió que eso no sería así. El miedo quizá sea la primera barrera que debe cruzar una persona que ha padecido cualquier tipo de violencia. Es un sentimiento que se propaga con gran velocidad y por eso es importante desactivarlo: mientras exista es posible que los hechos violentos se repitan.

En este caso, el mecanismo de la amenaza dejó de funcionar cuando Tamara no reaccionó como víctima ante los mensajes de odio, sino como alguien que podía interpretarlos de otro modo y hacerlos suyos. En otras palabras, renunció a la pasividad que le asignó el acoso (callejero y virtual) y en cambio respondió activamente (primero con la denuncia y luego con la risa).

En el lenguaje de la Biología, las plaquetas son esas células sanguíneas que ayudan en el proceso de coagulación y, por tanto, de sanación. En un país donde las mujeres vivimos en un estado de alta vulnerabilidad, lo mínimo que podemos desear es tener la sangre llena de plaquetas.

Por Nayeli García