A treinta años del terremoto que cimbró México

En 1966 José Emilio Pacheco escribió un poema sobre su relación con México. Se trata de una composición muy breve que se titula “Alta traición”; en 1969 el poema formó parte de No me preguntes cómo pasa el tiempo:

No amo mi Patria. Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
por diez lugares suyos, ciertas gentes,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
(y tres o cuatro ríos).

Parece que cuando el poeta habla de la Ciudad de México estuviera contemplando una fotografía posterior al temblor que sacudiría las entrañas de este país el 19 de septiembre de 1985: “una ciudad deshecha, gris, monstruosa”. Así quedó grabada la memoria visual de uno de los peores desastres naturales que ha vivido nuestro país.

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A las 7:19 am del 19 de septiembre de 1985 hubo un terremoto de 8.1° en escala de Richter. Casi exactamente doce horas después, a las 19:38 pm una réplica intensa terminó de tirar algunas construcciones que habían quedado endebles. Esa mañana muchas personas apenas se preparaban para salir hacia sus labores, pero muchos más ya se encontraban en sus lugares de trabajo. Hay una breve grabación del momento en que Lourdes Guerrero, conductora del noticiero matutino de Televisa anuncia que está temblando:

“Está temblando, está temblando un poquitito. No se asusten. Vamos a quedarnos. A ver la hora: siete de la mañana, dieci… ¡ah, Chihuahua!, siete de la mañana, diecinueve minutos, cuarenta y dos segundos, tiempo del centro de México. Sigue temblando un poquitito pero pues vamos a tomarlo con una gran tranquilidad. Vamos a esperar un segundo para poder hablar…”

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La grabación se corta justo en ese momento. Después de una leve distorsión, la pantalla se pone negra. En los treinta segundos que quedaron registrados, puede leerse el pánico que debió sentir una población que nunca había vivido sismo de tal magnitud. La voz de la mujer que anuncia el terremoto se nota nerviosa y titubeante. Su insistencia en describir el siniestro como algo pequeñito contrasta con el brusco movimiento pendular de la lámpara que ilumina el estudio. Uno de sus compañeros lleva su mano izquierda al pecho después de voltear hacia arriba. La otra mujer sentada a la mesa del noticiero acomoda nerviosamente los papeles que sostiene. Cada uno hace lo que puede para reaccionar ante el miedo de las fuerzas naturales: el hombre que lleva su mano al corazón seguramente buscaba calmar un poco la taquicardia, síntoma de que algo va mal; la mujer que arregló los papeles parece corroborar que aún tiene control sobre algo, que no todo está a la deriva.

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Las cifras de los muertos y desaparecidos a causa del temblor oscilan. En algunos lados se dice que murieron entre 15 mil y 20 mil personas; sin embargo, la cifra oficial fue de 4 mil 541 cadáveres presentados ante el Ministerio Público, más de 12 mil inmuebles afectados y 536 mil 87 metros cuadrados de asfalto dañados.

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El sismógrafo que registró el movimiento telúrico estaba ubicado en la estación de Pinotepa Nacional, Oaxaca y pertenecía al Servicio Sismológico Nacional. El instrumento de medición fue creado en la antigua Unión Soviética para detectar pruebas nucleares. En México no había actividad nuclear alguna, pero la apariencia de la ciudad capital el viernes 20 de septiembre era la de una urbe bombardeada.

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Los terremotos de 1985 terminaron no sólo con la vida de miles de personas, sino también con la idea de una ciudad moderna y progresista. La fuerza de la naturaleza destapó la corrupción subyacente a muchos proyectos de construcción y la nula planificación urbana de la Ciudad de México. En la actualidad, hemos visto terremotos de mucha mayor intensidad que el del 85, para referirnos a los más emblemáticos, recordemos el terremoto de Chile en 2010, con una magnitud de 8.8° o el de Japón en 2011, de 9.1°, ambos en escala de Richter. A pesar de que los daños ocasionados por ambos temblores fueron considerables, no alcanzaron la magnitud que tuvo, por ejemplo, el terremoto ocurrido en Haití en 2010, con una intensidad de 7.7° en escala de Richter, a causa del cual murieron más de 220 mil personas y un millón más quedaron sin hogar.

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Las razones para que un sismo resulte devastador tienen que ver no sólo con la potencia del movimiento, sino también con las condiciones previas del territorio donde ocurra. Si no existen medidas preventivas como planes de evacuación, si no se cuenta con instrumentos de detección sísmica o si, peor aún, los permisos de construcción se otorgan sin seguir protocolos rigurosos o sin realizar un análisis de suelo, lo más probable es que un terremoto de mediana intensidad termine con todo lo que encuentre a su paso.

Considerar las condiciones previas al temblor ayuda a comprender las reacciones posteriores: muchos mexicanos respondieron a la catástrofe con iniciativa y solidaridad. El cronista Carlos Monsiváis escribió su memoria de esos días:

“Del jueves 19 al domingo 22 el nuevo protagonista son las multitudes forzadas a actuar por su cuenta, la autogestión que suple a una burocracia pasmada o sobrepasada”

Muchas personas se organizaron en brigadas de rescate para sacar de entre los escombros a quienes habían quedado atrapados por los derrumbes. Mucha gente cargó piedras, trasladó heridos, alimentó y dio agua a otros. Por eso el terremoto de 1985 marcó a los mexicanos de manera especial. Vieron que eran capaces de sobrevivir sin la ayuda del gobierno, que podían salvar sus vidas salvando la de otros.

19 SEPTIEMBBRE 1985 TEMBLOR SISMO EN LA CIUDAD DE MEXICO. INSTALACIONES DE TELEVISA EN CHAPULTEPEC 18.

De aquellos días aciagos surgió, por ejemplo, una cooperativa de costureras, pues muchas trabajadoras murieron y otras tantas quedaron desempleadas cuando se derrumbaron los talleres textiles de San Antonio Abad. Las mujeres se unieron a varios artistas que les regalaron sus diseños y así lograron hacer más de 300 muñecas de trapo con los nombres significativos de Lucha y Victoria. Finalmente, la cooperativa terminó convertida en el Sindicato de Costureras 19 de septiembre. También por esas fechas nació “Superbarrio”, alter ego del político Marco Rascón, surgido de las Asambleas de Barrios que se formaron para proteger a las personas del desalojo y ayudarlas en su lucha por la recuperación de sus hogares.

Hoy la memoria de los terremotos de 1985 se ha revestido de un ambiente de gloria y superación colectiva. Es verdad, la Ciudad de México supo reponerse a la catástrofe debido a la organización y la buena voluntad de vecinos que se unieron con la sola certeza de que no contaban con nadie más. Ahora que nuestro país atraviesa tiempos oscuros (la guerra contra el narcotráfico y las dudosas actuaciones de cuerpos de seguridad como el Ejército o la Policía federal y municipal) quizá sea un buen momento para traer no sólo la memoria, sino la acción de las personas que sobrevivieron al terremoto de 1985. Preguntarles cómo se organizaron, cómo le hicieron para ayudarse entre sí y construir lazos ciudadanos probablemente traiga un poco de luz al tiempo presente. Como decía Carlos Monsiváis: “lo peor ya nos ha sucedido y seguimos aquí”.

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Nayeli G. @nayegasa

Por: Redacción PA.