Nixon: cuando mentir costaba la presidencia

El 17 de noviembre de 1973, en una reunión de la Associated Press en Orlando, Florida, ante periodistas de todo el mundo y en medio del escándalo que desató el arresto de dos de sus más cercanos colaboradores en el hotel Watergate, en Washington, D. C., Richard Nixon le dijo a más de 400 reporteros que él no había tenido noticia alguna de las acciones de esos hombres y que, además nunca se había visto beneficiado de dinero público.

La frase, con la que cerrara su rueda de prensa en Orlando, “I’m not a crook” (“No soy tranza”), se convirtió en un guiño para hacer referencia a declaraciones que pronto se demuestran falsas. Esa declaración, en buena medida, fue la que lo obligó a que, ni siquiera un año después, renunciara a la presidencia, asediado por un proceso judicial y legislativo para investigar no sólo lo ocurrido en Watergate, sino también las acusaciones que medios como el Washington Post y el New York Times hicieron públicas con el paso de las semanas.

Richard Milhous Nixon nunca enfrentó ni un juez ni un tribunal porque el presidente que lo sucedió, Gerald Ford, lo exoneró de todos los cargos; lo más cercano, fue una entrevista de más de doce horas realizada por el periodista británico David Frost, donde, si bien no reconoció su involucramiento directo con el escándalo, ofreció disculpas al pueblo estadounidense por haberlo decepcionado, aceptó que hizo mal y que sería juzgado por la historia.

Nixon no fue el primer presidente que mintiera a la prensa y a la sociedad estadounidense, ni sería el último: Roland Reagan declararía que su gobierno nunca negoció con el gobierno de Irán ni con los Contras salvadoreños para financiar la guerra de Afganistán, George W. Bush y su gabinete lo hicieron cuando la amenaza de “armas de destrucción masiva” los obligó a invadir Irak, pero ninguno de ellos ha tenido que renunciar a su cargo, como Nixon lo hiciera. En un momento de la entrevista Frost-Nixon, el expresidente pronuncia una frase que, junto con “I’m not a crook”, se convertiría en una cita constante: “cuando un presidente lo hace, no es ilegal”.

Uno de los temas constantes de Donald Trump durante su campaña fue la corrupción que corre rampante en Washington, D.C. y, con frases como “Drain The Swamp” (“Drenar el pantano”), una sociedad harta de los políticos “de siempre” le dio su voto y, con ello, su confianza de que esta vez sí habrá un cambio, o por lo menos, una llamada de atención, a la clase política que ha dado por sentada la sociedad que vota por ella.

Durante su campaña, Donald Trump ha sido descubierto mintiendo en toda clase de temas: desde declaraciones que niega categóricamente al día siguiente, a denuncias de acoso y agresión sexual o al plan de negocios con el que maneja sus empresas. Sus más cercanos allegados están siendo objeto de investigaciones periodísticas que podrían poner al gabinete y a su gobierno completo en problemas de credibilidad luego de que utilizaran esos mismos argumentos para criticar a Hillary Clinton.

 

Algo cambió entre ese 17 de noviembre en el que Nixon, sin darse cuenta, estaba firmando por adelantado su renuncia, y hoy, que no importa cuántas mentiras haya dicho el candidato electo, sigue preparando su transición. Más allá del “valor moral” que la “verdad” pudo haber tenido, una campaña electoral y un candidato como Donald Trump exigen que pensemos si, en realidad, la política puede seguir moviéndose en discursos de “verdad”, o la mentira es otro mecanismo electoral más.

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