La tuitocracia de Trump: gobernar en 140 caracteres

Esta semana, el equipo de transición de Donald Trump se enfrentó a otro escándalo más, a otra contradicción con sus promesas de campaña: el muro fronterizo que, desde que iniciara la carrera presidencial, dijo que México iba a pagar por ella; ya que “urge” su construcción, el equipo del presidente electo está negociando con los representantes republicanos para asegurar una partida presupuestal que permita iniciar lo antes posible el muro. Evidenciado por el mismo congreso, en entrevista con CNN, Trump declaró que, si bien primero se utilizaría dinero estadounidense, México va a “reembolsar” el gasto. (Vía: Hufftington Post)

Ésta no ha sido la única vez que el neoyorkino ha reculado de sus amenazas de campaña (y, probablemente, no será la última), lo que llevó a varios medios a comenzar a analizar cada una de las propuestas y su viabilidad, así como la misma idea de que México fuera a aceptar pagar un “reembolso”. Ante la oleada de críticas, Trump lanzó un tuit -una estrategia que le ha resultado efectiva en un sinnúmero de ocasiones en el último año y medio- en el que no sólo redoblaba su “propuesta”, sino que seguía acusando a los medios:

La cuenta de Twitter de Donald Trump se ha convertido en el medio oficial a partir del cual el presidente electo dicta políticas económicas y sociales; es el medio desde el que se da línea al cuerpo diplomático estadounidense e, incluso, a empresas transnacionales que se vuelven foco de sus ataques.

Incluso antes de su toma de protesta (programada según la tradición política estadounidense, para el 20 de enero de este año), Trump ya está tomando acciones en esos tuits que, por ley, no le corresponderían: el conflicto provocado tras anunciar la comunicación con la presidenta de Taiwán o la cancelación de los planes de Carrier y Ford, no han ocurrido por tratos “bajo el agua”, por políticas definidas ni por agentes oscuros que han “movido piezas” fuera de la atención del mundo. Estos escándalos han ocurrido a la vista de todos, y eso es lo vital del uso de redes de Trump: la visibilización.

La semana pasada, fue un tuit de Trump el que tumbó la intención de representantes de su mismo partido de eliminar la comisión de ética del Senado. Sin espacio para dudas, el presidente electo es capaz de arrojar a sus senadores a la voracidad de las redes para, así, verse como un “salvador” de la democracia, o, más bien, de “la voz del pueblo americano”, como él mismo se había bautizado ya durante la campaña presidencial; en un tuit ha puesto en duda el papel central de las agencias de inteligencia de los Estados Unidos y ha minimizado la injerencia del Kremlin en su propia elección; en un retuit ha impulsado la aparición de teorías conspiracionistas que han llevado a estadounidenses a enfrentamientos y tiroteos… 

La forma como Donald Trump usa las redes es, al mismo tiempo, un reflejo de cómo nosotros mismos las usamos: damos opiniones y juicios sumarios desde lo que conocemos, con las herramientas que manejamos, sin preocuparnos mucho sobre el impacto que pudieran tener nuestras palabras, en buena medida porque las sabemos inocuas dentro del océano de voces que es el mismo Twitter. El problema es que Donald J. Trump no es una persona cualquiera tuiteando sobre su enojo por tal o cual tema: será, a partir del 20 de enero, la persona más poderosa del mundo y su voz tendría que ser una que sopese cada palabra, cada efecto que pueda tener en la política interna y exterior de uno de los países centrales para el “balance” universal.

Trump no hace política a través de las redes, la hace desde ellas, piensa a través de ellas y de los medios, esos mismos medios que denuesta constantemente, pero que, al mismo tiempo, alimentan y potencian su voz: incluso ahora mismo no estarías leyendo una propuesta de interpretación de los tuits de Trump si no fuera por los mismos medios que le siguen dando espacio para ser leídos en todo el mundo…