¿De quién es el ferrari dorado, del hijo de Romero Deschamps o del hijo de Lula?

Un Ferrari dorado ha circulado ampliamente por WhatsApp estos días. En el video el conductor presume su auto deportivo en la no menos opulenta ciudad de Mónaco. En México los usuarios del servicio de mensajería instantánea dicen que el conductor es el hijo de Carlos Romero Deschamps; en Brasil, que es el hijo de Lula. ¿Quién tendrá la razón?

Cada país tiene su propia familia acusada de corrupción que se pasea con aires de aristocracia, sean ciertas las acusaciones o no. En esta esquina, los Lula; en esta otra, los Deschamps. ¿Son comparables realmente? (Vía: Sin Embargo)

Lula, por un lado, en este momento despierta  simpatías y repudios desmedidos. Difícil ser brasileño y ser indiferente a su mandato que sacó del letargo a país sudamericano.

Para muchos, su reciente condena por corrupción es una venganza política orquestada por sus opositores. Para sus detractores, sus presuntos crímenes son mayores a su legado.

En el imaginario popular, Romero Deschamps es un símbolo de la corrupción del sindicato de Pemex que ha ordeñado a la empresa paraeatstal peor que todos los huachicoleros. Aún si quisiera defenderse, los cínicos excesos de sus hijos lo desmienten.

No sería la primera vez que se graba al hijo de Romero Deschamps conduciendo un coche demasiado ostentoso para tratarse alguien que vive del Estado mexicano; es decir, de nuestros impuestos.

Para colmo, ante las acusaciones de corrupción los Deschamps exigen pruebas, pero es una labor ardua extraer información pública sobre las finanzas del STPRM. Desde que entró en vigor la ley de transparencia, el sindicato petrolero es quien más trabas ha puesto para revelar información pública.

Los Deschamps se comportan como si sus vidas pudieran ocurrir al margen del escrutinio público, pero viven de nuestros impuestos. Sus bodas, viajes y coches son doblemente inmorales cuando ponen trabas para ser investigados.  (Vía: Sin Embargo)

¿Quién podía ser el protagonista del video? Acaso permanezca en el misterio la identidad del dueño de aquel vehículo que literalmente deslumbró a Mónaco. En Brasil y México, por mientras, cada quien ve a su villano preferido.