En Estados Unidos es más fácil conseguir un arma que un café

Nuevamente, como después de cada tragedia en la que se ven involucrados civiles armados, la masacre perpetrada en el club gay de Orlando Florida, ha reabierto el debate en los Estados Unidos sobre la posesión de armas, un derecho consagrado en la Segunda Enmienda de la Constitución –parte de la llamada Carta de Derechos aprobaba en 1791- y que a la letra señala:

“Siendo una milicia bien regulada necesaria para la seguridad de un estado libre, el derecho del Pueblo a tener y portar armas no será vulnerado”.

Una disposición que debido a su ambigüedad ha facilitado interpretaciones diferentes entre los partidarios de su restricción y los que defienden el derecho de todo ciudadano norteamericano a permanecer armado.

De acuerdo con datos del propio Congreso estadounidense, publicados por Telesur, en Norteamérica al menos treinta personas son heridas por arma de fuego cada 24 horas. Tan sólo en 2015 se reportaron más de 350 tiroteos masivos. Por si esto fuera poco, señalan, existen más armas que habitantes a lo largo del país. Un dato que no resulta menor considerando que, de acuerdo con las fuentes oficiales, en la matanza de Orlando un hombre fue suficiente para acabar con 50 vidas, incluida la suya.

En días pasados, el diario The Independent presentaría otro estudio capaz de confirmar la gravedad del tema: El número de tiendas dedicadas a la venta armas en el país del norte es considerablemente superior al de restaurantes de la cadena McDonalds, de la cafetería Starbucks y de hipermercados –con más de dos millones de dólares de ventas anuales-. Pues mientras que entre los tres suman 63, 208 puntos de venta, para las armas existen 64, 747 armerías autorizadas que generan una ganancia de unos 10 mil millones dólares anuales sólo para la industria estadounidense.

Luego de que a principios de año el Presidente Obama presentara una serie de acciones ejecutivas para prevenir el riesgo y la violencia generada por el uso de armas, parecía rozarse un pequeño triunfo para todos los partidarios de su control. Sin embargo, la falta de controles sobre el perfil de sus compradores y la facilidad con las que éstas pueden cambiar de dueño se mantienen como datos escasamente observados. Y es que, aunque no hay cifras concluyentes al respecto, existen varios estudios sugieren que los índices de violencia y de criminalidad aumentan cuando se puede disponer libremente de armamento.

Aunque en los últimos cien años los legisladores y el Ejecutivo se han reunido por lo menos seis veces para revisar específicamente la Ley Federal de armas, las diferencias siguen siendo demasiado fuertes. Entre los opositores al control de armas ha destacado una mayoría republicana y los miembros de la Asociación Nacional del Rifle, quienes consideran que limitar su comercialización atentaría no sólo contra la necesidad de humana protegerse ante cualquier amenaza, sino que violaría la Novena Enmienda de la misma Constitución que sentencia que “ninguna ley puede violar los derechos de los ciudadanos anteriormente reconocidos.” Y argumentan, que la venta de armas no es por sí misma la causa de los ataques, “del mismo modo que la venta de automóviles no es la causante de los accidentes de tráfico.”

Para dimensionar el nivel que este debate puede alcanzar tras la masacre reciente, bastó observar que el propio estado de Florida se encuentra entre una de las entidades de mayor incidencia criminal y que, en la lista de las veinte ciudades con mayor incidencia criminal, cuatro le pertenecen: Hillborough, Miami, Orange y Palm Beach. Un resultado que no resulta sorprendente si tenemos en cuenta que, en comparación con otros estados de la Unión Americana, en Florida las normas que restringen la compra de armas son exageradamente flexibles. Para pistolas de mano, por ejemplo, sólo se requiere una revisión de antecedentes y una espera de 72 horas.

Lamentablemente cada determinado tiempo, a veces demasiado corto, la polémica resurge y recrudece los sucesos anteriores. Las altas ganancias reportadas por el negocio de armas, la idiosincrasia norteamericana y el terror de poder ser atacado en cualquier punto de reunión social muestran sus cartas a favor o en contra, mientras que un ancho margen de los residentes en el país del norte se convierten en víctimas o en perpetradores potenciales.