La criminalización del migrante en la era Trump

El día de ayer, miércoles 25, el presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump realizó dos cosas que dejaron ver que todas sus promesas de campaña (no importa lo aterradoras, irrealizables o abiertamente racistas que sean) van a formar parte de sus políticas domésticas y exteriores: temprano en la mañana, firmó una orden ejecutiva para la construcción del muro fronterizo entre México y EE.UU. (junto con otras medidas en materia migratoria que apuntan hacia la criminalización del migrante) y, en la tarde, dio un discurso del que te informábamos ayer, que, superficialmente fue conciliador, pero apuntó en él varios puntos que resultan peligrosos por cómo él (y sus seguidores) piensan la migración.

Estados Unidos tiene una larga y compleja relación con la migración: finalmente, todo el país se pobló, formó y construyó a partir del trabajo de millones de migrantes desde su fundación. Esa misma historia siempre ha sido una vista a través del racismo, más allá de las líneas raciales que, hoy en día, siguen afectando la forma como Estados Unidos se piensa a sí mismo, a todo lo largo del siglo XIX el significado de “hombre blanco” nunca fue el mismo: irlandeses, polacos, italianos, judíos de Europa oriental, rusos… ninguna de estas minorías eran pensadas como “blancos”, mientras que, por otro lado, la etiqueta “racial” de “latino” no es, en realidad, basada en el “color”, pues si algo sabemos como mexicanos es que aún en nuestros países latinoamericanos, las relaciones raciales son tan complejas y tienen tanta historia como las que atraviesan la historia estadounidense. Las migraciones asiáticas, particularmente la china y la japonesa, se han enfrentado a leyes racistas que los segregaban a ghettos, impedían que fueran contratados y, en general, convertían su simple existencia en territorio estadounidense en un crimen. Tal como, de nuevo desde el miércoles, se ha convertido la vida para millones de migrantes (latinos y de muchas otras minorías): ser migrante, en la era Trump es lo mismo que ser un criminal. (Vía: Jones, Violent Borders…)

En las instalaciones del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés), Trump firmó las órdenes ejecutivas que triplican el número de agentes de la agencia de Migración y Refuerzo de Aduanas (ICE), abre 5 mil plazas para agentes de la Patrulla Fronteriza, reactiva un programa fallido (por ser utilizado como una herramienta de terror por estas mismas agencias) de la era Obama y anuncia la publicación semanal de una “lista de crímenes” cometidos por “extranjeros ilegales” [“ilegal alien” es el término usado por Trump y otras asociaciones, un recuerdo de que, bajo esa forma de ver la migración, no son ni humanos los migrantes], y reafirmó la teoría de que Estados Unidos es una víctima de una “invasión” que no puede ser detenida más que con la fuerza. (Vía: Washington Post)

 

En esa firma, Trump mismo mencionó a una organización civil: The Remembrance Project, una ONG que reúne los casos de víctimas de “crímenes cometidos por extranjeros ilegales”, que más que exigir su resolución, alimenta un discurso racista sobre la migración al argumentar que todos los crímenes que reúne “nunca hubieran ocurrido sin la presencia de extranjeros criminales en nuestro país”. La presencia de una ONG así en la firma de esta orden se convierte en un símbolo importante, y si algo sabe Trump es hablar a través de símbolos: si hay inmigrantes que cometen actos criminales, está, entonces, la posibilidad de que cualquier inmigrante cometa esos mismos crímenes, justamente así es que los estereotipos raciales se alimentan, crecen y se salen de control.

Una de los mandatos firmados por Trump el día de ayer lleva esta idea racista a su aplicación legal: antes del miércoles, los agentes de ICE y de la Patrulla Fronteriza sólo podían detener y deportar a quienes hubieran cometido crímenes de alto impacto, a partir del 25, estas agencias y sus elementos tienen la libertad de detener, procesar y deportar a cualquiera, sin importar lo pequeño de su ofensa (en la ley estadounidense, cruzar la frontera sin la debida documentación es, en sí mismo un delito, por ejemplo). (Vía: Vox)

En otro punto de su discurso, Trump desestimó las críticas que ha recibido sobre la muy posible separación de millones de familias que ocasionaría su política de deportaciones masivas, diciendo que “nadie habla de las familias ‘americanas’ rotas por los crímenes de ‘extranjeros ilegales'”, en esta pequeña frase se encierra su idea del “pueblo” americano que dice defender y quién considera él como parte de la nación que está dirigiendo: “americanos” son, como en tiempos de la Inquisición, los “viejos” estadounidenses: los hombres blancos, los pequeños propietarios que hablan “americano”, que cumplen (estereotípicamente) un ideal de blancura impuesto por su propio reflejo. ¿Todos, pero todos los demás? criminales, perdedores, haters.

El ímpetu y la inercia que adquirido su administración en los días 6 días que lleva, ¿serán un adelanto de todo lo que vendrá o aparecerá una resistencia legal, civil y  política que le demuestre que no todo parte de sus rabietas?

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