Círculos de odio: las razones del ataque a París 13N

No existe una razón simple para explicar lo ocurrido en París. No es tan fácil como decir fue la religión, racismo, envidia o ambición. El fenómeno de ISIS no es simple desde ningún punto de vista.

Las mejores mentiras de la historia están hechas de pedazos de verdad. Y son buenas porque aunque es posible acceder a la verdad que esconden, casi todos elegimos deliberadamente creer en la mentira. No porque sea más convincente, o porque nos haga más feliz o llevadera la vida, sino simplemente porque es más fácil de entender.

Mentiras del tipo “Hitler provocó la Segunda Guerra Mundial“, “el comunismo probó su falsedad“ o “México sería un país de primer mundo si no fuera por sus gobernantes“ son simples y directas, por eso las preferimos.

La verdad, por su parte tiene la mala costumbre de ser mucho más complicada y demandante. La mentira nos da calma inmediata, nos palmea el hombro mientras nos dice “no te preocupes, ya lo entendiste todo“; y nos ayuda a irnos tranquilos, alejándonos de la verdad sin remordimiento alguno. En cambio, su contraria, es una maestra severa e implacable que nos impone horas extra de clase y nos deja demasiada tarea para la casa; nos exige lecturas largas y tediosas y nos regaña por nuestra costumbre de querer entenderlo todo en videos de YouTube de menos de tres minutos.

Las “buenas mentiras“ no son errores, sino verdades a medias. Y esos retazos de verdad no serían especialmente perniciosas si no fuera porque suelen ser motor de engaños gigantescos. Si lo dudan, recuerden las justificaciones para emprender “la guerra contra el narco“ o la invasión a Irak. Ambas han costado muchas vidas y han gastado demasiada injusticia; y ambas se permitieron porque llevaban “buenas mentiras“ al frente.

“Buenas mentiras“ son muchas de las explicaciones que recorren las redes sobre los atentados de París el pasado 13 de noviembre. Y en este vaivén de la histeria en que se convirtió Twitter, vimos explicaciones de diversa naturaleza, todas “verdades a medias“, todas “fáciles de entender“ y la mayoría bastante contradictorias. De cien veces que me pidan que resuma en un post de Facebook las razones por las que creo que ocurrió lo de París, cien veces voy a hacerlo mal. Quizá en parte por mis límites tras el teclado, pero mayoritariamente porque la verdad es tan exigente en este caso, que requiere un aparato retórico mucho más complejo del que estamos acostumbrados a usar en línea.

Círculo cero del odio: mil años de rencor

Existe una vieja leyenda romana que pretende explicar el antagonismo entre el norte y el sur del mar Mediterráneo. El fundador de Roma, Eneas naufragó por Cartago (actual Túnez) antes de llegar a la Península Itálica. Ahí la reina Dido lo acogió, le dio de comer y le curó las heridas sin pedir nada a cambio. Al poco tiempo, Dido y Eneas se enamoraron y se prometieron gobernar juntos la gran ciudad de Cartago. Sin embargo, el príncipe Eneas tenía guardado un destino mucho más grande, y los dioses lo convencieron de abandonar la ciudad que lo había salvado para fundar Roma del otro lado del mar.

Foto: domibrez

La traición de Eneas significó una tragedia para Dido, pues su pueblo dejó de respetarla después de haberse entregado al extranjero. Y mientras la reina veía al traidor alejarse de sus costas lo maldijo, y con su último aliento pidió a su dios:

“¡Yo te ruego que ahora y siempre, y en cualquier ocasión en que haya fuerza bastante, lidien ambas naciones, playas contra playas, olas contra olas, armas contra armas, y que lidien también hasta sus últimos descendientes!“ (Virgilio, La Eneida).

Así los romanos narraban el origen del antagonismo contra los cartagineses. Ambos existieron mucho antes del cristianismo y el islam, pero el rencor entre los del norte y del sur transcendió religiones y culturas y llegó a nuestros días. Varias personas y muchas naciones se han instalado en ambos lados del Mediterráneo, y siguen lidiando, como quería Dido, sin perspectivas de paz, al menos en el corto plazo.

Primer círculo de odio: Estados Unidos y el Estado Islámico

Quisiéramos que la explicación de lo que ocurrió en París fuera una línea recta. X—>Y—>Z. Pero no es así, nunca es así. Hubo una serie, al parecer inconexa, de eventos en todo el mundo que derivaron en esta tragedia. La alteración de cualquiera de ellos hubiera provocado un resultado diferente; es preciso y rastreable, pero muy difícil de entender. Tratemos de entenderlo juntos.

¿Fue Estados Unidos el culpable de que existiera el Estado Islámico? No realmente. Es parte de la cadena, una parte muy importante, pero no son los culpables. Si dijéramos que EE.UU. provocó todo, diríamos que los que empuñaron las armas y pusieron las bombas tanto en París como en Siria, son inocentes. Y ese es un engaño gigantesco.

Se ha documentado extensamente que ISIS (o Estado Islámico) nació en los centros de detención que EE.UU. estableció en Irak en la invasión de 2003. En un solo lugar, concentraron viejos seguidores fieles a Saddam Hussein, miembros de Al-Quaeda y jóvenes indignados por la ocupación a su país; todos sin un proceso jurídico y en condiciones improvisadas. No todos eran criminales antes de llegar ahí, pero muchos salieron como soldados extremistas al salir.

Cuando esos jóvenes fueron liberados ya habían construido vínculos con los extremistas de la zona y su indignación había llegado a un punto de ebullición tal, que al salir tenía tatuada en la frente la idea de venganza. Fuera de la cárcel ISIS tomó cuerpo. La ira de los iniciadores fue tan grande, que absorbieron Al-Quaeda (alguna vez considerada la organización criminal más peligrosa del mundo) y en diez años lograron proclamar un territorio conquistado en Siria e Irak como un nuevo califato, lo que conocemos como “Estado Islámico“. Pasaron de jóvenes indignados a soldados a terroristas a conquistadores en tiempo récord.

Pero la historia no termina ahí. Gran parte del armamento con el que cuenta ISIS originalmente fue manufacturado en EE.UU. Hay rumores de que el propio Ejército norteamericano las entregó para desestabilizar Irak antes de su llegada. Lo que sí sabemos de cierto, es que fueron robadas de los varios frentes de conflicto que las barras y las estrellas mantienen en Medio Oriente.

No todos los jóvenes de Irak se hicieron miembros de ISIS, y muchos que al principio simpatizaban con ellos salieron de la organización antes de que se convirtiera en lo que es hoy. La violencia genera violencia, y la guerra llama a la guerra, podemos convenir en ello; pero ninguna de esas afirmaciones puede ser tan absoluta como para eximir culpas. Ni EE.UU. ejerce toda la violencia del mundo, ni es emisario de la democracia y la justicia. En esta historia es un elemento más que se sumó para dar vida al Estado Islámico, uno importante, pero jamás absoluto. Es una “buena mentira“ decir que tienen la culpa de todo, es cómodo creer que es así, pero nunca es tan fácil. Nunca.

Segundo círculo de odio: el islam y el cristianismo

Decir que las razones para la existencia del Estado Islámico son religiosas, es promover un discurso de odio y de ignorancia. Pero mantener la discusión al nivel del ht #MuslimsAreNoTerrorist tampoco ayuda.

Discutir el tema de la religión suele ser difícil, y más en relación al Estado Islámico. La postura de los opinantes en este caso, por más progresista e inteligente que sea, es siempre incompleta. Porque no hay fenómeno social que se pueda explicar solo por razones religiosas; ni las cruzadas medievales, ni los conservadores estadounidenses que queman libros de Harry Potter, ni el extremismo de ISIS. Aun en su estado más puro, la religión existe siempre dentro de un contexto social; y nunca, ni una sola vez, ha estado divorciada de la política y el poder.

Las posturas y explicaciones en este caso son un gotero de buenas mentiras o verdades a medias: “el islam es una religión de paz“, o “el Corán deriva necesariamente en el yihad y el terrorismo“. Todas ellas peligrosas por lo que implican.

 

El tema de la religión suele ser complicado, porque de alguna manera u otra todos estamos involucrados, incluso si somos ateos. Aunque mis padres no son católicos practicantes, yo sí lo soy (mi papá incluso es ateo militante); y tomé esa decisión hace varios años de manera libre e informada. Sin embargo, los amigos con los que convivo diariamente son ateos. Las conversaciones al respecto siempre tienen un lado espinoso (del que es mejor escapar con un chiste), porque el ateísmo no necesariamente significa que las religiones no importen. Por el contrario, en un país como este ser ateo suele significar estar en contra de las religiones, particularmente del catolicismo.

De manera que hablar del papel del islam en el terrorismo se vuelve muy complejo porque aunque sea lejanamente, todos estamos muy involucrados. Hablar como cristiano, como musulmán o como ateo nos compromete si no tenemos una mente muy abierta. La comprensión, en este caso, se encierra entre varios abismos que parten de prejuicios que, ellos también, son buenas mentiras.

“En pleno siglo XXI, ¿de qué sirve tener religión?“, “Dios no quiere a los musulmanes“, “los musulmanes son mejores que los cristianos“ (o al revés), o “los ateos no tienen moral“; son formas de la discriminación. En religión es muy difícil tener una opinión con criterio, porque la historia del mundo ha estado tan imbricada con la historia de las religiones, que casi es imposible tener una postura sin pasión. De forma que parece que solo podemos opinar que el islam es la mejor religión del mundo, o la peor.

Diversas voces se han levantado para decir tanto que los musulmanes son peligrosos, como que el islam es una “religión de paz“. Lo cierto es que ninguna de las posturas anteriores es verdadera. No existe nada como “una religión de paz“. Todas las religiones en algún punto de su historia han emprendido una o varias guerras para defender “su dios“, o han tomado las armas para defender sus creencias. Lo ha hecho el cristianismo (protestantes y católicos incluidos), lo ha hecho el budismo y lo ha hecho el islam.

¿Quiere decir eso que la religión provoca guerras e intolerancia? Tampoco. Todas las religiones han estado relacionadas en igual medida tanto con la guerra como con la paz. En los siete siglos de ocupación islámica sobre la Península Ibérica (entre los siglos VII y XV) convivían en paz cristianos, judíos y musulmanes. Y era un estado teocrático.

No es que la religión no tenga nada que ver con lo que ocurre en la guerra actual. La hostilidad en la que han vivido los musulmanes la segunda mitad del siglo XX y los millones de niños de Medio Oriente que crecieron entre las bombas son enormes motores para la guerra. La religión es un elemento más, que, según quien lo mire, puede ser una forma de soportar el dolor de una guerra de muchos años, o un pretexto para el odio. De cualquier manera, mantener la discusión en ese nivel, y sólo en ese nivel, siempre será mentiroso.

Tercer círculo del odio: blancos y árabes

Hay un fuerte componente racial en todo esto. En los años que corren, aprendimos a hablar “sin discriminación“ y  tolerar a los que son diferentes, pero hasta cierto punto. En los varios milenios que tiene la cultura humana, nunca hemos sido capaces de aceptar a los racialmente distintos a nosotros, y todavía estamos muy lejos de lograrlo.

Es fácil no hacer “chistes“ racistas, o conmoverse por los conflictos raciales que nos quedan lejos; pero eso no es suficiente como para proclamar que la discriminación no existe. Precisamente una de las características más perniciosas de la discriminación racial (y también de cualquier tipo) es que gusta de ocultarse. Cualquier europeo podrá ver cómo en México y Latinoamérica discriminamos a los pueblos originarios y a los negros. Por nuestro lado, nosotros no podemos explicarnos cómo es que discriminan a los árabes de manera tan violenta.

Es fácil criticar a Donald Trump por su flagrante discriminación contra los mexicanos, más difícil es ver la discriminación que nosotros mismo hacemos. Y eso es porque en prácticamente todas las culturas de la Tierra la discriminación racial se levanta como un fantasma, discreto pero siempre presente, preparado para saltar en cualquier momento y mostrar su contundente rostro. Así ocurrió en los atentados de París.

Alguna vez, en el mundo Occidental, los enemigos fueron los indígenas americanos; en otro punto fueron los negros o los judíos; ahora son los musulmanes. Es curioso que detrás de todos estos odios raciales siempre hay razones económicas, como la Conquista, el esclavismo o la extracción de petróleo. Y es que es más fácil e inmediato entender el odio contra alguien que es diferente, a entender las sutiles y perversas reglas económicas. De eso se alimentan las buenas mentiras.

En Bruselas, Bélgica, existe un barrio llamado Molenbeek, muy distinto de lo que imaginas que es la vida en Europa o de lo que has visto en tus viajes. Como un barrio de tercer mundo incrustado en una ciudad que no le corresponde, entre el 70 y el 80% de los que lo habitan son migrantes o hijos de migrantes musulmanes. El barrio tiene el más alto nivel de desempleo de toda la ciudad, por encima del 30%.

El 6% de los ciudadanos belgas son musulmanes, el desempleo que sufren es tres veces mayor al del resto de sus conciudadanos. Muchos de ellos nacieron ahí y son legalmente europeos, pero son tratados como extranjeros en su propio país. Ante las recomendaciones internacionales al respecto, el gobierno respondió endureciendo sus políticas discriminatorias y aumentando la seguridad en los barrios donde habitan. Por ejemplo, desde el 2011 está prohibido para las mujeres usar burka.

Ese barrio se hizo famoso recientemente en Francia. De ahí salieron los atacantes de la revista Charlie Hebdo, y de ahí surgieron algunos de los atacantes en las bombas de París. ¿Quiere decir eso que el gobierno belga tiene la culpa de todo? Por supuesto que no, pero ilustra la situación de los musulmanes en Europa.

No todos los miembros de ISIS nacieron en Medio Oriente o se encuentran en Siria o Irak. Un gran porcentaje de las personas que se identifican con el Estado Islámico nacieron en Europa o Estados Unidos. Se trata de hijos de inmigrantes que crecieron ahí, pero no se sienten parte de esos países. Extranjeros en el lugar en el que nacieron, estos jóvenes viven como si no tuvieran nacionalidad, con una cultura constantemente humillada y subestimada.

No es raro que se identifiquen como parte de un “Estado“ que nunca han visto y que se encuentra a miles de kilómetros del lugar donde nacieron. Sobre todo si este estado les ofrece la nacionalidad que siempre se les ha negado.

No obstante, los procesos sociales no explican las decisiones personales ni al revés. Más bien ambos se mueven en una relación dinámica y compleja, y  nos ayudan a comprender, pero jamás a justificar un acto terrorista como el de París. En otras palabras, el racismo no justifica, pero sí explica lo que sucedió. Como todo círculo de odio, no tiene fin mientras la venganza se mantenga como consecuencia del dolor.

Epílogo: el círculo roto

¿Qué hubiera pasado si el padre de la cultura latina se hubiera quedado por siempre con la princesa del sur? Los rencores milenarios tiene origen en las leyendas porque después de tanto tiempo ya todos olvidamos cómo comenzaron realmente. Ya sea por la traición de Eneas, el rencor de Dido, o por cualquier otra razón, la disputa ya lleva demasiado tiempo y ha cobrado demasiadas víctimas.

En respuesta a los ataque en París, el presidente de Francia François Holland declaró la guerra al Estado Islámico, e intensificó los bombardeos sobre Siria. Después de la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, Estados Unidos declaró una guerra en la que murieron muchos más civiles de los que fallecieron esa trágica mañana del 11 de septiembre de 2001. El miedo, la furia o el deseo de venganza son los mejores alicientes para tragarnos cualquier buena mentira, como pensar que todos y cada uno de los que están en este instante sobre Siria son terrorista y miembros e ISIS.

Foto: Zoriah

¿Qué hubiera pasado si en lugar de buscar elusivas “armas de destrucción masiva“ en Irak, el expresidente Bush hubiera impulsado una política de reconciliación en Medio Oriente? Los atacantes de París son ciudadanos franceses, algunos nunca han estado en Siria, ¿entonces por qué el gobierno galo la bombardea?

Imaginen que en lugar del círculo de odio entre víctimas y victimarios que luego se hacen víctimas, el terrorismo se combatiera con prevención. Los prejuicios raciales, las mentiras religiosas y las guerras han alimentado a ISIS hasta el punto en que se encuentra ahora. Pero hasta el momento ningún gobierno europeo ha anunciado que para combatir el terrorismo impulsará campañas de tolerancia, comprensión y reconciliación. Nadie en Bélgica ha planteado como solución viable a la penetración de ISIS  un programa de empleos para los musulmanes que son ciudadanos de su país.

Las mentiras fáciles de digerir provocan emociones simples. Por eso el odio es más fácil de viralizar que la comprensión.