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#Vulvasaur: Tenemos que hablar de la menstruación

Esta semana se celebró el Día Internacional de la Higiene Menstrual. Y esta semana estoy menstruante. Sangrante. Desde 2001, año en que me bajó por primera vez, he llenado de sangre al menos veinte sillas. Cualquiera que tenga una menstruación abundante, como el pasillo de The Shining, sabrá de lo que hablo.

Hoy, que es un día inusualmente caluroso en la Ciudad de México, mi cuerpo ha decidido deshacerse del recubrimiento del endometrio y provocarme dolorosas contracciones miniatura. Como si mi útero fuera un trapo mojado de sangre al que alguien se puso a exprimir.

“Nadie quiere escuchar de tu ciclo menstrual, entiende, es un tema personal“, dicen. Pues yo tampoco quiero escuchar sus razones para anular el voto ni sus rants en contra del feminismo, pero aun así me los aviento porque así es el Internet. Y no faltará quien me diga que estoy hormonal. Obviamente estoy hormonal, Alejandro, ¿acaso no sabes cómo funciona el cuerpo humano?

 

Tengo un dolor de los que solo se quitan moviéndose. Caminando. Corriendo. Haciendo abdominales como las modelos de los comerciales de toallas. Pero me rehuso. Si me muevo demasiado, corro el riesgo de manchar la silla, manchar el piso, manchar mi reputación.

Todo el mundo sabe que las mujeres decentes no menstrúan. No existen.

En mi quinta, sexta o séptima cita con el actual novio, nos sentamos a platicar en la esquina de Liverpool y Berlín, justo afuera de la casa que perteneció a Francisco I. Madero. Cuando me levanté, descubrí que había dejado un gran charco de sangre en la entrada (cuya mancha, probablemente, siga allí. ¿Alguien puede ir a ver?). Tan roja como la sangre derramada por los héroes patrios.

Huimos en un taxi. El novio me prestó su saco para ponerlo sobre el asiento.

En nuestra decimosexta o decimoséptima cita, manché el sillón de un Starbucks. Solo me di cuenta hasta que me levanté y miré hacia atrás. Otra vez huimos en un taxi y me sentí mal por la persona que tuvo que limpiar el desastre. Si estás leyendo esto, perdón.

Es aquí cuando me quitan el carnet de feminista y me recuerdan que estoy muy deconstruida y todo, pero aún no he sido capaz de conseguir una copa menstrual, aprender a usarla y olvidarme para siempre de las filtraciones y de los materiales desechables que me cuestan casi 300 pesos al mes.

Antes del Feminismo / Después del Feminismo

Hace un mes estábamos de vacaciones. Mi novio fue a comprarme una caja de tampones a la farmacia más cercana. Bromeamos sobre la ‘masculinidad frágil’, sobre cómo antes era impensable ver a un hombre comprando productos de higiene menstrual y ahora es algo tan natural como pedir unos Clorets.

Mientras más hablo de la menstruación, menos sola me siento con ella.

El Día Internacional de la Higiene Menstrual también debería ser el Día Internacional de juntarse con tu amiga a la que le baja el mismo día que a ti. El Día Mundial de honrar un lugar que has manchado de sangre. El Día Internacional de caminar al baño de la oficina con el tampón en la mano sin importar que te vean. El Día Internacional de ver Carrie y The Shining y el Día Internacional de escuchar ‘Raining Blood’.

El Día Internacional de dejar de ocultarnos y empezar a contar nuestras historias de menstruación.

Por Gaby Castillo (@gabyzombie)