Sor Juana Inés de la Cruz: La Décima Musa que fue víctima de la peste

Recordamos a una de las mujeres más influyentes en la historia de México
(Imagen: Wikicommons)

A 325 años de la muerte de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, recordamos a esta erudita autodidacta y aclamada escritora quien fuera una de las personalidades más brillantes del periodo barroco. Fue venerada como una prodigio durante su vida, y fue una de las escritoras más publicadas de la época.También fue una firme defensora de los derechos de las mujeres, cuya vida terminó debido a la peste.

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Primeros años

Nacida en la Nueva España, en 1651, Juana, hija ilegítima de una mujer criolla y un capitán español, provenía de una familia pobre. Se crió en la casa de sus abuelos maternos.

A la edad de tres años, Juana siguió a su hermana a una escuela de niñas y le rogó que le enseñaran a leer. Pronto comenzó a devorar los libros de la biblioteca del abuelo, leyendo todo lo que podía tener en sus manos.

Juana tenía un apetito insaciable por el conocimiento, y todos los libros en la hacienda de su abuelo no eran suficientes. Le pidió a su madre que le permitieran ir a la universidad en la Ciudad de México disfrazada de niño, pero su madre, como era de esperar, no pensó que fuera una buena idea. Sin embargo, consintió en enviar a Juana a la Ciudad de México para estudiar con un sacerdote académico.

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En la Ciudad de México, Juana se hizo fluida en latín y comenzó a escribir poesía en latín, español y algo en náhuatl. Se castigaba por no aprender lo suficientemente rápido cortándose el pelo si no cumplía con sus propios plazos.

Juana se hizo conocida en la corte como una niña prodigio. El virrey de Nueva España, el marqués de Mancera, quedó impresionado por su conocimiento, y la puso a prueba con una andanada de sabios, teólogos, filósofos, matemáticos, historiadores, poetas y otros especialistas. Durante este tiempo en la corte continuó escribiendo poemas y sonetos. La esposa del marqués, impresionada por el intelecto de Juana, la eligió para que fuera su doncella

Sor Juana Inés de la Cruz

A la edad de 20 años, Juana ingresó al Convento de la Orden de San Jerónimo y tomó sus votos como monja, convirtiéndose en Sor Juana Inés de la Cruz. En el convento, tenía su propio estudio y biblioteca, y la libertad de reunirse con hombres de aprendizaje de la corte y la universidad. Escribió muchos poemas y obras de teatro, era experta en música y teoría musical, y estudió todas las ramas del conocimiento, incluidas la filosofía y las ciencias naturales.

Pensando que sin duda tenía pretendientes durante su tiempo en la corte, Sor  Juana no tenía ningún interés en el matrimonio:

“Aunque conocía que tenía el estado cosas […] muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación.”

Más tarde disfrutaría del apoyo y el aprecio del nuevo virrey, don Tomás de la Cerda, marqués de Laguna, y su esposa, la condesa de Paredes, que vivió en México desde 1680 hasta 1688, cuando sus benefactores, partieron hacia España, dejando a Sor Juana para enfrentar sola a sus críticos. El principal de ellos es el Arzobispo de México, Francisco de Aguiar y Seijas, que era ferozmente misógino y fuertemente opuesto al drama secular que tan bien escribía Sor Juana Inés de la Cruz.

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A finales de 1690, Sor Juana Inés de la Cruz escribió su famosa Carta Atenagórica, en la que realizó una crítica teológica de un sermón del jesuita portugués Antonio de Vieyra. Este trabajo le ganó enemigos y problemas. La sugerencia de escribir la carta aparentemente provino de Manuel Fernández de Santa Cruz Obispo de Puebla, quien lo usó para desacreditarla y enfurecer a Francisco de Aguiar y Seijas.

La peste

Un torrente de críticas negativas se cirnieron sobre Sor Juana, particularmente aduciendo que tenía “poca autoridad teológica” para hablar sobre estos temas, y sobre todo porque era una mujer.

Las polémicas que resonaron desde los púlpitos de la iglesia y los podios de seminarios y universidades alcanzaron un tono tal que durante un tiempo ningún otro tema se consideró digno de conversación.

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La envidia, la desaprobación y la hostilidad de sus compañeras monjas, junto con la oposición del arzobispo Aguiar y Seijas a sus actividades “mundanas”, comenzaron a causar estragos en Sor Juana Inés de la Cruz.

El alma ya atormentada de Juana y la soledad comenzaron a desgastarla. Don Tomás de la Serna, su protector, había muerto en España. Su amiga la condesa de Paredes ya no escribió. Las monjas la acusaron de mala administración y culpar a sus actividades “pecaminosas” por las lluvias torrenciales, el chahuistle (una plaga que ataca el maíz) y otras calamidades que azotaron a la Ciudad de México en 1692.

Simplemente porque era una mujer, Sor Juana fue acosada por altos funcionarios de la Iglesia. No contentos con aislarla y atormentarla espiritualmente, dispersaron su maravillosa biblioteca y muchos de sus instrumentos y pertenencias. La venganza fue tan extrema que la jerarquía eclesiástica vendió bienes pertenecientes al convento que administraba. Estos ataques terminaron por hundir a Sor Juana en una profunda depresión, preparando el escenario para su muerte prematura.

Sor Juana Inés de la Cruz murió a la edad de 46 años el 17 de abril de 1695, víctima de la peste que azotó el convento de San Jerónimo. En el último período de su vida, mostró una gran piedad y espíritu de caridad hacia sus compañeras monjas frente al terrible flagelo que diezmó el convento.

Hoy en día, Sor Juana Inés de la Cruz se erige como un ícono nacional de la identidad mexicana. Tras su resurgir a finales del siglo XX, con el auge del feminismo y la escritura de las mujeres, nos damos cuenta que nadie jamás podrá silenciarla.