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El feminismo no puede ser neutral, por Mariana Riestra

No siempre fui feminista. El feminismo no era para mí: me parecía demasiado agresivo, demasiado ‘en tu cara’, demasiado ruidoso, y me habría de tomar mucho tiempo en acostumbrarme al ruido y reconocer que lo necesitaba.

El feminismo no era para mí; prefería ser ‘neutral’ y creer en el ‘igualitarismo’, sonreír ante los chistes misóginos, clasistas y racistas, y reproducir contra otras mujeres la violencia que los hombres ejercían sobre mí. Todo esto tenía sentido, porque en mi caja de ruido y privilegio, a los hombres “también los mataban” y “también los violaban“, porque “la brecha salarial era un mito”, porque “existe el sexismo inverso”.

La sociedad había dibujado para mí una caricatura de las feministas: mujeres que odiaban a los hombres, velludas, broncudas, malcogidas, que quemaban brassieres porque sí, que dividían. Impostoras, porque “las de antes sí eran las verdaderas”. Yo creía ser uno de los chicos y, como buen chico, le temía a las mujeres libres. Juzgaba desde afuera un movimiento entero porque me atemorizaba caer de la gracia de los hombres.

Me atemorizaba incomodarlos como ellos me incomodaban a mí. Me quedaba sentada, callada, con los pulmones obstruidos por todo lo que tenía que decir.

Callada cuando me gritaban piropos en la calle. Callada cuando mis profesores me ‘invitaban a salir’. Callada cuando me violaron.

Callada porque era mi culpa. Callada porque era de noche. Callada porque llevaba falda. Callada porque qué pensaba que iba a pasar yendo a su casa. Callada porque era mi amigo. Callada porque era su palabra contra la mía. Callada porque defraudaría a mi familia. Callada porque así nos enseñaron.

Me tomó años admitir que eso me había pasado a mí. Reconstruir mi memoria desde el trauma, el miedo, el enojo y la indignación para darme cuenta que no era la única, que no estaba sola. La primera vez que pude decirlo en voz alta habían pasado ya años. Estaba con una amiga en un cuarto vacío cuando lo dije. No hubo eco.

Ella me abrazó y, en ese momento, ese era el lugar más seguro del mundo. Sabía que afuera me preguntarían todo, querrían oír ambos lados de la historia como algún día yo hubiera exigido, me revictimizarían, pero ella me creía. Ella me creía y eso hizo toda la diferencia.

El feminismo es incómodo y las denuncias no son bonitas, es más fácil meterlas bajo la alfombra, normalizar lo anormal, ignorar la violencia de los productos culturales que consumimos, defender a los agresores, enseñarnos a ser precavidas porque ser mujer en México es un deporte de alto riesgo. Ser mujer en México significa aferrarte a tu vida mientras que los hombres se aferran a su reputación.

Cartón de Liniers para marcha del 8M

Hoy tomamos las calles que, por derecho, siempre han sido nuestras. Hoy tomamos las calles porque somos muchas. Hoy tomamos las calles porque vamos juntas. Hoy tomamos las calles porque México es un cementerio de mujeres. Hoy tomamos las calles porque nos urge exhumar a nuestras muertas. Mañana tomamos las calles y no nos van a callar.