Trump invita al presidente de Filipinas, éste lo deja colgado para responderle que ‘está muy ocupado’

Imagina que tienes un presidente que ha demostrado sistemáticamente su incapacidad para gobernar. Imagina que algo tiene de gracioso y falso y artificial su peinado, su forma de hablar y que pareciera que simplemente no sabe o no entiende (o no quiere ni saber ni entender) nada; imagina que ese presidente tiene los niveles de aprobación más bajos que los de cualquiera de sus antecesores, aunque para él todo lo que se está haciendo es ganar, mejorar la calidad de vida de millones y todo mundo debería de amarlo; imagina, ahora, que ese presidente ha invitado a alguien a la Residencia oficial, que promete recibirlo con honores de Estado y que “tienen mucho que hablar”. Y no, no nos referimos a la visita de Trump a los Pinos… sino de la invitación de Trump a Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas, para visitar la Casa Blanca.

Desde 2016, cuando Rodrigo Duterte tomó la presidencia del que fuera un aliado central para los Estados Unidos en el sureste asiático, las calles de las principales ciudades de Filipinas se han convertido en una zona de caza: hasta el momento, asociaciones internacionales de derechos humanos calculan que 7 mil personas han sido asesinadas por pandillas de vigilantes y escuadrones de la muerte (aprobados, cuando no coordinados por el propio Estado filipino). Todo como parte de una “guerra contra las drogas” que, para el mandatario, se tiene que enfocar en los usuarios y los vendedores. En varias ocasiones ya se ha comparado con Hitler, al decir que si el líder alemán pudo eliminar a 3 millones de judíos en la Segunda Guerra Mundial -fueron cerca de 8, cuando contamos, también, a todas las otras minorías que fueron perseguidas-, él podía deshacerse de los 3 millones de usuarios de drogas en su país. (Vía: El País)

Duterte se ha mantenido cercano a gobiernos que, digamos, no son muy fanáticos de respetar los derechos humanos de sus propios ciudadanos: Rusia, China, Turquía e Israel han abierto sus puertas a un líder que es despreciado por buena parte de los gobiernos democráticos.

La fascinación de Trump por gobernantes autoritarios como el filipino aseguraba que una reunión entre los dos no tardaría: en diciembre de 2016, la Casa Blanca giró un comunicado en el que se informó de una conversación telefónica en la que, decía la oficina de prensa de Washington, Donald Trump prometió invitar a Duterte en 2017 para “hablar sobre la larga historia y la relación entre los dos países”. El comunicado de Manila no comentaba nada sobre la dichosa invitación. (Vía: The Guardian)

Esta vez, la “promesa” se hizo realidad, también a través de una llamada telefónica. Con las crecientes tensiones entre Corea del Norte, China y Estados Unidos, un acercamiento a Filipinas es una cuestión estratégica, así que la llamada y la invitación, informó la Casa Blanca, era casi natural. Fuentes internas a la Oficina Oval, por otro lado, confirmaron que la “invitación estratégica” fue más un capricho del momento, que no fue consultado con ninguna de las Secretarías de Estado que, normalmente, debieran de validar esas invitaciones.

Mientras en su país este “capricho” le está costando a Trump ser confrontado por organizaciones de Derechos Humanos como Human Right Watch, Amnistía Internacional y la misma ONU, Duterte se negó a responder oficialmente y sólo, en respuesta a una pregunta expresa de un periodista estadounidense en Manila, dijo que estaba muy ocupado como para ir a Washington. (Vía: Sin Embargo)

A 103 días de su administración, Trump tiene la aprobación más baja que la de cualquiera de sus antecesores. Mientras Duterte, cercano a un 80% de aprobación, tiene al país en medio de una guerra civil.

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