Acerca de Cataluña: no existe la imparcialidad ni un Estado Nación que no reprima

Las noticias son una porción mínima de toda una historia. Los medios, a partir de nuestro discurso, de nuestro lenguaje y de nuestro manejo de los símbolos que utilizan los “protagonistas” de esas noticias construimos el marco a partir del cual se establecen los parámetros para leerlas.

En un contexto en el que, supuestamente, ya no importa “la imagen completa”, en el que la “post-verdad” (es decir, la interpretación parcial y focalizada de un hecho) es lo único que prima en los medios, pareciera que lo que ha estado ocurriendo en Cataluña no es más que una reiteración de lo mismo.

Por alguna razón que no termino de entender, se sigue creyendo que hacer periodismo (o “social news”, como lo que hacemos en Plumas Atómicasse tiene que hacer desde la “imparcialidad”, como un juez o un testigo que no tiene ni voz ni opinión en el asunto que reporta; como si, de verdad, existiera un juez imparcial o un testigo sin voz.

Ya recordar (recontar) algo nos coloca como parte de la historia: las palabras que utilizamos y la perspectiva desde la que lo abordamos nos sitúan en el centro de ella, aunque no lo reconozcamos, aunque nos creamos el cuento de “ser imparciales”.

 

Medios, editoriales y lo político

Es por eso mismo que la cobertura mediática del referéndum de la independencia catalana y su posterior represión, así como el seguimiento que se le ha dado a la historia a lo largo de la semana podría ser un parteaguas para como entendemos los medios internacionales — así como lo ha sido la presidencia de Donald Trump para los medios estadounidenses.

(Ya lo estoy haciendo yo al decir “independencia” y “represión”, por ejemplo: ya me situó desde una perspectiva desde donde yo he interpretado lo ocurrido en Cataluña.)

Las redacciones de El PaísRTVE, Financial Times y Le Monde realizaron manifestaciones dentro de sus propias mesas de redacción ante las decisiones editoriales: las perspectivas importan, porque a partir de ellas es que los símbolos y el lenguaje funciona (y lo político… y eso que tanto dicen defender todos: la democracia).

Una editorial no es más que una columna de opinión que, de preferencia, lleva el respaldo ideológico de toda una redacción. Toda columna de opinión, forzosamente, transparenta los procesos políticos y hasta filosóficos que atraviesa un grupo diverso de personas como es toda redacción.

El caso de los redactores y reporteros haciendo un “paro activo” frente a sus editores evidencia no sólo la oposición frente al acto político, sino, también, la resistencia contra el acto de lenguaje: en cierta medida, lo mismo que ocurrió en Cataluña, pero en la escala “menor” de un medio.

Resulta cuanto menos irónico que los cuatro medios lanzaran editoriales “llamando al diálogo” a los dos bandos, cuando ese mismo diálogo “democrático” no se dio dentro de sus redacciones.

 

¿Ser independiente para regresar a un estado neoliberal?

El referéndum catalán todavía está en el aire. No sólo por la poca participación (alrededor del 40% del padrón total de votantes), sino por la misma legalidad del ejercicio.

El gobierno de Cataluña, la administración de centro izquierda de Carles Puigdemont ha sido visto por muchos independentistas (republicanos, socialistas e incluso anarquistas de larga tradición disidente) como colaborador de un sistema dañado.

Buena parte de los argumentos que enarbola el independentismo giran en torno a la capacidad financiera y económica de Cataluña en comparación de España completa; sin embargo, esa pujanza es resultado directo, también, de una crisis continua y constante desde el 2008 (o desde antes, desde mucho, mucho antes, para otros). Y esa bonanza, también, se alimentaba de la poca diversificación económica que España ha sufrido históricamente.

Por otro lado, al hablar de independencia se habla, también, de nacionalismos: de una confrontación entre “ellos” y “nosotros”; se perfila un enemigo en quien se reúnen todos los problemas que aquejan a la sociedad que demanda su independencia, aún aquellos que el colonialismo ha interiorizado (¡algo sabremos nosotros!).

Como apunta el filósofo catalán Santiago López Petit, lo que ocurre hoy en Cataluña no sólo es extraño sino completamente nuevo: ¿qué revolución hubiera funcionado dentro de los parámetros “legales” que, tanto independentistas como Rajoy dicen respetar?, ¿qué independencia se ha logrado con votos y no con organización colectiva que de verdad rete al status quo?

 

La legalidad y la revolución

En la segunda edición de La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, de Karl Marx, Engels apunta una frase del revolucionario francés Odilon Barrot: “la légalité nous tue”, la legalidad nos mata.

En ese texto introductorio, Engels da una vuelta completa a lo enunciado por Barrot: la legalidad lo único que mata es a los poderes instituidos, porque son ellos los que constantemente la rompen para reafirmarse, dentro de la legalidad, lo subversivo existe, florece y se reproduce:

Nosotros, los «revolucionarios», los «elementos subversivos», prosperamos mucho más con los medios legales que con los ilegales y la subversión. Los partidos del orden, como ellos se llaman, se van a pique con la legalidad creada por ellos mismos. Exclaman desesperados, con Odilon Barrot: La légalité nous tue, la legalidad nos mata, mientras nosotros echamos, con esta legalidad, músculos vigorosos y carrillos colorados y parece que nos ha alcanzado el soplo de la eterna juventud. Y si nosotros no somos tan locos que nos dejemos arrastrar al combate callejero, para darles gusto, a la postre no tendrán más camino que romper ellos mismos esta legalidad tan fatal para ellos.

Como medios nunca podremos separarnos de la focalización, nunca podremos ser “imparciales” (lo que sea que signifique eso), pero podemos — y debemos — construir una vía para que, por entre la legalidad, se alimente otra cosa más.

 

Raúl Cruz V.