Atacar niños no es ‘crítica válida’, menos aún si lo haces desde tu clasismo

Primero fue la comparación de las familias López Gutiérrez y Peña Rivera, luego “El Mijis”, hoy, las críticas crueles, fuera de lugar y cínicamente clasiracistas contra el hijo menor de Andrés Manuel López Obrador, Jesús Ernesto, de 11 años.

Dejemos algo bien claro antes de continuar: ningún niñe debería de ser objeto de ataques políticos de parte de nadie, es por eso que los hijos de ningún político debería de formar parte de ninguna campaña, como lo hiciera Ricardo Anaya en la suya. Ningún niñe tiene responsabilidad alguna de las acciones de sus padres y deberían de estar fuera de cualquier ‘discusión’ política (aunque esta discusión ni sea una).

Ya la Red por los Derechos de la Infancia en México tomó postura frente a los ataques al hijo menor de López Obrador, tal como en su momento lo hiciera con los ataques a Yuawi, los mismos hijos de Anaya y el hijo de Carmen Aristegui, presuntamente espiado por el gobierno federal en 2017.

Ahora, vamos con el clasiracismo, que definitivamente será el tema principal en México al menos en las próximas semanas.

Antes de que digas que ‘existe el clasismo inverso’

A ver, vamos por partes, Alejandro. Porque se va a repetir muchas, pero muchísimas veces, comencemos explicándote qué es el clasismo, porque no, no es mencionar clases sociales ni existe el ‘clasismo inverso’.

Por ‘clasismo’ nos referimos a un sistema moral y de privilegios que valida una sola forma de ser y de entender el mundo de acuerdo al poder adquisitivo de un grupo social determinado: ‘la justicia se compra’, ‘con dinero baila el perro’… Esto no tiene tanto que ver con estamentos o clases, incluso (se puede ser pobre y clasista), sino con los valores e identidades que construyen un ente abstracto que limita a ‘la clase’: desde la forma de vestir, hablar, lo que se consume y cómo se consume.

En ninguna parte del mundo el clasismo va solo: en México existe, desde que se fundaron las castas, una construcción raciclasista que, en buena medida, estructura nuestra discriminación. De nada sirve que digas, Alejandro, que no eres racista, porque tú, nosotros y todo México lo es: algunos se hacen consciente de esos constructos discriminatorios, otros no, otros deciden ignorarlos y, al contrario, los explotan como “comedia” o “crítica social”.

Por ejemplo, la idea del “nuevo rico” es el ejemplo perfecto del clasiracismo mexicano. Esta idea entiende que hay ricos que siempre lo han sido y que, por ello ‘saben comportarse’ como ricos y, por lo tanto, se ven a sí mismos y son vistos por el mundo, como ricos. Mientras que los que reciben o ganan riqueza de forma sorpresiva y repentina no saben qué hacer con ella y, por lo tanto, gastan en cosas que no validan ni legitiman su estatus socioeconómico.

En buena medida, si recuerdas el refrán de “mona vestida de seda…”, entiendes el raciclasismo en México: se nace y se muere en un estamento racial y social y no hay forma, válida, ilegal o democrática, para violar esas leyes; menos aún hay perdón si se violan hacia arriba.

El raciclasismo y la política en tiempos de AMLO

No ha pasado ni una semana y ya estamos viendo que el tema de este sexenio será, sí o sí, el raciclasismo de la sociedad mexicana. Lo vimos con “El Mijis”, se vio en las ‘críticas’ a los simpatizantes de López Obrador y ahora con su hijo menor.

La clase política en México casi en su totalidad no es un espejo sino una aspiración: no nos representan personas que nos reflejen sino personas a quienes se aspira ser. Lo entendió perfectamente el equipo de campaña de Enrique Peña Nieto, por ejemplo, la de Del Mazo, pero algo cambió radicalmente en el imaginario colectivo mexicano y ya no pudo ponerlo en práctica la campaña de Ricardo Anaya.

Familia perfecta de androide Anaya

La familia perfecta, perfectamente blanca, perfectamente vestida, perfectamente limpia, sonriente y funcional que aparece en revistas de sociales mientras el Presidente firma acuerdos y visita mandatarios extranjeros no es, ni de cerca, la familia mexicana promedio: monoparental, con entre dos y cinco salarios mínimos al mes, con problemas para tener agua toda la semana y saldar las deudas del día a día.

En ese sentido, la familia no tradicional (en el sentido más idealizado) de López Obrador, con hijos de dos matrimonios, con edades disímiles entre ellos, gorditos, morenos, son mucho más representativos de las familias mexicanas que, por ejemplo, los Calderón Zavala (por muy moreno que también fuera Felipe… a quien, por cierto, siempre aclararon en sus fotos oficiales).

La profunda urgencia de movilidad social, para muchos, se traduce en discriminación racista y clasista. La idea de que ‘lo más natural’ es que quien nos represente ‘represente’ a ‘lo mejor de México’ y que esa idea de lo mejor esté representado por la clase alta que habla inglés, tiene cursos en el extranjero y es predominantemente blanca, es en sí misma un ejercicio raciclasista hacia y contra nosotros mismos.

Vamos a tener un sexenio completo para confrontar directamente nuestro raciclasismo. Serán seis años largos y seis años en los que estaremos presente siempre.

Por: Redacción PA.