Allende: cuando los Zetas borraron todo un pueblo por una filtración

Hace seis años, en marzo del 2011, el municipio de Allende, Coah., quedó marcado para siempre. Más de 300 personas fueron tomadas por comandos de los Zetas y no se volvió a saber de ellos: ni sus cuerpos, ni sus pertenencias, ni sus “verdades históricas” quedaron, sólo sus familiares que tuvieron que dejar de buscarlos, por miedo a, también, desaparecer. Por años, el motivo del ataque había sido un rumor, esta semana, Pro Publica, una organización periodística estadounidense, encontró la pieza faltante: la DEA informó a la PGR sobre un posible operativo y los Zetas, en venganza, arrasaron con Allende.

Ginger Thompson y su equipo, que ha ganado ya en una ocasión el premio Pullitzer, dedicaron una investigación de meses relacionando la investigación que, desde Estados Unidos, se hacía para desarticular el cartel de los Zetas y el actuar de las autoridades mexicanas, coludidas a profundidad con ese mismo cartel. (Vía: ProPública)

 

El caso de Allende, junto con la masacre de los 72 migrantes en San Fernando, Tamps., son dos botones de muestra del peor momento de la lucha “contra el narcotráfico” que iniciara el presidente Felipe Calderón: una guerra que, sin estrategia ni sentido, lanzó al ejército y la Marina a realizar labores policiales y operaciones de guerra urbana contra un adversario al que no conocían (o, por lo menos, subestimaban). La decisión de Calderón ha llevado al país a una narrativa de muerte y guerra por los últimos diez años: casi doscientos mil muertos y cuarenta mil desaparecidos, más de un millón de desplazados y un número desconocido de personas afectadas para siempre en una guerra que no cesa. (Vía: Vice News)

Coahuila es el primer estado del país en desaparecidos, es un problema tan grave que la Procuraduría General de Justicia del Estado creó, en 2014, una Subprocuraduría para la Investigación y Búsqueda de Personas No Localizadas, Atención a Víctimas, Ofendidos y Testigos de Coahuila; una institución que ha hecho tanto como palabras tiene su nombre: hasta el momento, los familiares de desaparecidos siguen siendo amenazados por buscar a sus familiares, siguen desapareciendo a quienes los buscan, siguen desaparecidos. (Vía: En el desamparo)

Meses antes del ataque a Allende, las oficinas de la DEA en Dallas (la “sucursal” que tiene una coordinación directa con la representación de la DEA en México) lograron dar con un operador de los Zeta que podría ponerlos en contacto directo con los dos capos que dirigían el apartado coahuilense del cartel: los hermanos Miguel Ángel y Omar Treviño, el “Z-40” y el “Z-42”. A cambio de inmunidad para él y su familia, el contacto tenía que proporcionar los PIN de los celulares de los hermanos, para así poder localizarlos en tiempo real y se pudiera realizar un operativo para su captura. (Vía: Animal Político)

El fallo de los agentes de la DEA fue haber compartido información con agentes mexicanos. Ese fallo llevó a la destrucción parcial de Allende, a la muerte de, por lo menos, 70 personas, a la desaparición de 300. Los hermanos Treviño se enteraron del “sapo” y tomaron, primero, ranchos y luego toda la ciudad.

El reporte de ProPublica toma información de la investigación académica y jurídica dirigida en el Colegio de México por Sergio Aguayo, En el desamparo: un ejercicio de memoria colectiva, de análisis jurídico y de búsqueda de justicia en un estado devastado por la corrupción y la colusión de las autoridades con diferentes cárteles: primero el del Golfo, luego el de Sinaloa, los Zetas, ahora, pequeñas bandas que siguen asesinándose y asesinando a quien cruce su camino. (Vía: Periodistas de a Pie)

Un pequeño papel con dos series de números, un error de protocolo y una policía mexicana entregada a los cárteles fueron suficientes para que Allende, Coah. desapareciera del mapa y, junto con él, la historia de miles. Hasta ahora.