No, Del Toro no le debe su Óscar a México ni tenemos por qué reclamarlo nuestro

Este año, La Forma del Agua y la dirección del tapatío Guillermo del Toro podrán ser la razón por la que se repita el discurso de cada año de críticos, políticos y la sociedad en general: ¡ganamos un Óscar! Como es costumbre en Plumas Atómicas, vamos a arruinar la fiesta recordándoles algo: no es de nadie más de quien lo gana.

Desde 1949 hay mexicanos ganando Óscares, ¿desde entonces hay mensajes de la Presidencia felicitando al ganador? Probablemente no, pero, tal como ha pasado con cada una de las nominaciones de mexicanxs en los Óscares, las reacciones sobre “nuestros artistas” revelan más la forma cómo pensamos el nacionalismo y la “Patria” que, en realidad, el trabajo y el proceso artísticos de quienes son galardonados. (Vía: GQ Magazine)

Como ya lo hemos escrito en Plumas Atómicas, el patriotismo y el nacionalismo son ideologías modernas y, como todas, ficciones construidas por y para la consolidación de una sola idea de nación. Aunque diferentes coyunturas históricas han generado diferentes “Méxicos”, la verdad es que no hay mucha diferencia entre uno y otro.

Monografías de banderas de México
Sí, monografías; a veces el patriotismo nada más es eso

Y esos diferentes “Méxicos” se han visto representados una y otra vez (de formas críticas o acríticas) en el cine, la literatura, el arte y el discurso político. Incluso versiones alternas de México (surgidas desde las comunidades y por entre tradiciones locales) han sido absorbidas por le representación hegemónica de un México (“con todo y sus problemas”, dirían los patrioteros).

Ocurrió, por ejemplo, con la novela de la Revolución, que nació siendo ya crítica al movimiento que la nombrabaLos de AbajoTomóchic y cientos otras fueron convertidas por el partido en el gobierno en estandartes estéticos e ideológicos de la nación que estaba (re)surgiendo.

No es posible decir, por otro lado, que la sociedad y la cultura en la que se forma política, simbólica e ideológicamente cualquier individuo no afecta su producción artística (los monstruos humanizados de Del Toro o las preguntas sobre identidad de Iñárritu se suman a una larga tradición artística mexicana, por ejemplo), sin embargo, poco le “toca” a México cuando esos artistas triunfan.

Quizá el caso más paradigmático de los mexicanos ganadores de Óscares sea el de Lupita Nyong’o, quien fue galardonada en 2014 por su papel de soporte en la película 12 Years a Slave. En una entrevista después de los premios que ya se ha convertido en ejemplo, simplemente respondió que el Óscar es suyo, ni de México ni de Kenia. (Vía: El Mañana)

Y es que, en realidad, nada le deben ni Cuarón ni del Toro ni Nyong’o a México (como país, como Estado o como sociedad) en el trabajo que los ha llevado a ganarse un Óscar.

El cine mexicano, como unidad, tampoco existe del todo (como no existe, de hecho, en ningún país). Los Óscares, por otro lado, son un juego ficcional en el que una industria completa (repartida entre productoras, distribuidoras y unos cuantos centenares de nombres) se nombra a sí misma la voz de toda la producción fílmica de los Estados Unidos.

No es lo mismo un director, un fotógrafo o una actriz que gane la estatuilla a que, por ejemplo, la Selección mexicana gane un partido de fútbol. No sólo porque uno depende de trabajo individual (hasta cierto punto), mientras que el otro es trabajo en equipo; no sólo porque la última es un acuerdo explícito de representación mientras que los otros son excepciones… No. Nadie más quien lo gane puede decirlo suyo.

Como alguna vez lo dijo Zapata: el Óscar es de quien lo trabaja.

 

Raúl Cruz V.

Por: Redacción PA.