La derrota de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales del 2016 va a ser un tema de estudio no sólo para el partido demócrata, sino para la política estadounidense en su conjunto por años. Sin duda, el que perdiera frente a Donald Trump no se debe a un sólo factor: su debilidad como candidata, el escándalo del mal uso de su servidor privado para “proteger” sus correos cuando era Secretaria de Estado, las decenas de enfrentamientos con el Congreso por el ataque a la embajada estadounidense en Libia, su cercanía (económica e ideológica) con los grupos de poder de Wall Street, las declaraciones del director del FBI días antes de las elecciones, todo se fue sumando para asegurar una derrota que, cuando empezara la campaña presidencial, se consideraba imposible.

Uno de esos factores centrales fue el hackeo a los correos electrónicos de cientos de miembros del partido demócrata (DNC) días antes de la convención en la que se eligió a Hillary Clinton como la candidata del partido. Publicados por medio de Wikileaks, los correos dejaban ver un partido completo obsesionado por derrotar al contendiente de Clinton en las elecciones primarias, Bernie Sanders, dejo ver, también, los “secretos” que, entre miembros del DNC, se contaban por correos: la inefectividad de Clinton, la búsqueda de donaciones, comentarios clasistas y racistas e, incluso, la receta para hacer risotto de hongos de uno de los principales colaboradores de Clinton, John Podesta. La historia detrás del hackeo, que informa el New York Times en una investigación profunda sobre el tema, trae de vuelta de la época de la Guerra Fría escenas criminales, informantes, secretos y errores (algunos dignos de película cómica).

Uno de las filtraciones más dañinas para la campaña de Clinton ocurrió por un “dedazo” del jefe de servicios técnicos de la campaña, Charles Delevan -según el mismo Delevan. El DNC había estado recibiendo constantemente mails spam que, tratando de hacerse pasar por “oficiales” avisaban a quienes los recibían que sus cuentas habían tratado de ser hackeadas, por lo que era urgente cambiar la contraseña haciendo click en un link que el mismo mail aportaba, estos mails hacen algo conocido como “phising”: extraen la contraseña por medio de ese link para hacerse pasar por el usuario y obtienen toda la información posible antes de que el usuario real se dé cuenta. Delevan era el encargado de revisar si esos mails eran reales y, en un mail, le avisa a Podesta: “es un mail legítimo. Cambie su contraseña inmediatamente”, cuando faltaba una antes, para advertirle al asesor de Clinton de que no lo hiciera por medio de ese mail. (Vía: Slate)

El “dedazo” le dio acceso libre a un grupo de hackers que, según la CIA y el FBI (y otras muchas agencias y especialistas en seguridad cibernética contratados y consultados por el DNC después del ataque), no sólo son de origen ruso sino que forman parte del gobierno de Vladimir Putin. Durante meses, el FBI estuvo advirtiendo a las oficinas centrales del DNC sobre la amenaza, pero o fueron ignorados, o los encargados en seguridad cibernética en el partido demócrata simplemente no contaban con el entrenamiento ni los recursos para frenarlo. (Vía: The Guardian)

Según el New York Times, dos grupos de hackers rusos, sin que se hubieran coordinado, atacaron por las mismas fechas al DNC, siguiendo un patrón que las agencias de inteligencia rusa habían utilizado en ciberataques a países como Eslovenia, Ucrania y Georgia, e, incluso, habían intentado hacerlo contra la Casa Blanca desde el 2008 con un cierto nivel de éxito. Lo que más preocupa a especialistas, además de la intromisión en el proceso electoral, es la alta capacidad de los ataques rusos y el poco peso que el presidente electo les da. Si Trump no toma en serio la guerra cibernética que está desarrollándose, reportaron al New York Times, los Estados Unidos puede ser víctima de ataques que paralicen su red eléctrica, de transportes o, incluso, sus fuerzas armadas. Mientras, Trump está feliz de haber ganado, siguiendo una larga tradición en la política latinoamericana, “haiga sido como haiga sido”.