¿Por qué no hablamos en serio de la salud mental?

La mañana del ocho de junio despertó al mundo con la noticia del suicidio de Anthony Bourdain, una de las figuras más representativas de la cultura pop gastronómica. Unos días antes, Kate Spade también murió por la misma causa, dejando a la industria del diseño de modas en shock. Dos personas que tenían la figura y el estigma del éxito, pero que optaron por decidir su muerte.

¿Eran personas exitosas? Sí, según la industria que los miraba. ¿Su trabajo era relevante? Sí, según su audiencia. ¿Esto tenía que hacerlos necesariamente feliz? No, por supuesto que no.

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El primer juicio que se hace ante un suicidio es referir inmediatamente a la depresión. Así mismo, surge la pregunta: ¿por qué se suicidan si lo tenían todo? Dos estigmas que tienen los trastornos mentales, la depresión y el suicidio en sí.

La salud mental tiene dos polos: los que la minimizan y los que la trivializan. Existe un punto medio, pero siguen siendo las dos opiniones y visiones anteriores las que predominan cuando se trata de acercarse a esta problemática que es, y hay que repetirlo siempre, de salud.

“Los suicidios son consecuencia de las malas condiciones en que viven los enfermos mentales a lo largo de su vida”

Al ser un problema médico, también es en la medicina donde también existe un primer obstáculo para quienes lo padecen. Se estima que el 10% de la población mundial tiene padecimientos mentales, pero solo 1 de cada diez de estos reciben el diagnóstico y el tratamiento adecuado. (Vía: El País)

Vía: Bored Panda

Los demás tendrán que estar atrapados en un limbo en el que estas enfermedades puede pasar por un problema de sueño, descompensación alimentaria, gripe o por una falsa alarma, a ojos de muchos médicos.

El desconocimiento de la medicina clínica en este tema termina afectando a los pacientes por lo que implica cada una de estas, que por supuesto son físicas pero no implican una manifestación explícita, detonante y constante como muchas otras enfermedades, por ejemplo una gripe, en el más simple y trivial de los casos.

La creación de estereotipos a través de la cultura pop ha dejado un marco confuso para la vida de los que sufren de estos trastornos. Así mismo, hace complejo que cualquiera que comience a notar su condición entienda qué sucede, pues estas no se adoptan al cliché de que la depresión es estar siempre triste y llorando, o que la ansiedad es estar enojado todo el tiempo.

Foto: Katie Joy Crawford

La ansiedad, por un lado, es una de las enfermedades mentales más comunes. Esta tiene diferentes formas de presentarse, pero ante todo es un huésped silencioso. Su forma de atacar a quien lo padece puede ser desde un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), hasta una presencia de miedo y preocupación constante. (Vía: APA)

Esto no significa que todos los que tengan miedo o preocupación, o los que le guste tener ordenada su habitación o su lugar de trabajo, sufran de ella. Tampoco quiere decir que alguien que no presenta alguno de estos síntomas no la tenga.

Por su parte, la depresión también se presenta de más formas que estar llorando o sentirse triste. Esta se puede expresar en el cuerpo con cansancio excesivo, sueño, falta de fuerza física, nulo apetito y otros síntomas que pueden ser interpretados de manera errónea con otros diagnósticos.

Esto también ha llevado a una trivialización excesiva de los padecimientos, de la mano con los fármacos que se recetan para su tratamiento. Estos se asignan bajo un diagnóstico interpretativo y está perfectamente documentado que el Prozac, el antidepresivo más vendido, puede conseguirse con una simple visita al médico refiriendo síntomas similares, con la complacencia de un médico que lo administra como si fueran dulces o como si la salud mental se tratara a pastillas. (Vía: BBC)

El prejuicio contra estas enfermedades lleva a diferentes muestras de maltrato, que no solo es médico, sino también social. Se cree que los enfermos mentales llegarán siempre al suicidio, pero esto solo es consecuencia de todo lo anteriormente mencionado.

Para prueba de ello, podemos citar un simple ejemplo, de un texto publicado por Martha Debayle, una de las comunicadoras con más popularidad en México. En su texto “Trastornos mentales que te pueden llevar al suicidio” encontramos estereotipos y una crítica a los enfermos, llevándolos irrevocablemente hacia la decisión de suicidarse.

La vida de una persona con depresión, ansiedad, esquizofrenia, bipolaridad, etcétera, está repleta de barreras ajenas a ellos que no logran superarse y terminan por acrecentar su enfermedad. Los tratamientos no son suficientes, porque estas no son curables, son simplemente tratables.

Hablar de curar una enfermedad de este tipo es buscar modificar la composición general de la mente de una persona, que es una categoría física incomprobables científicamente porque, para apoyarnos de un lugar común, “cada cabeza es un mundo”.

“No existe una forma de felicidad y esta, por supuesto, no es obligatoria.”

Los tratamientos, que son ayudados de medicamentos, son personales y ninguna persona los enfrente y requiere de una solución definitiva y unívoca. Todos tienen disparadores diferentes, que pueden tener un patrón pero siempre dependen del sujeto, no de la categorización de su enfermedad.

Los suicidios son una muestra de las consecuencia de las malas condiciones en que viven los enfermos mentales a lo largo de su vida, no son una síntoma de ninguna de ellas.

Creer que los famosos no se suicidarán porque alcanzaron el éxito habla más de cómo se glorifica la exposición mediática, no de si se busca comprender qué vive o no cada uno de ellos lejos del personaje presentado ante el público.

No existe una forma de felicidad y esta, por supuesto, no es obligatoria. Por otro lado, buscar que una persona con un trastorno se adecue a la sanidad mental de una mayoría constituye otra problemática, en la que no se les da voz a sus forma de experimentar la vida bajo su condición, sino de quererlos encasillar en una forma única de salud mental y felicidad.

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Las instituciones han sido a lo largo de la historia centro de coerción que no interpretan su condición, sino la de la sociedad que integran. Existen avances rumbo a buscar un tratamiento digno y adecuado para cada uno de los que lo padecen, pero para alcanzar el idea en el que se les reconozca como enfermos y no como excentricidades se sigue lejos. Falta darles voz a cada uno de ellos y no a sus enfermedades.

Por Freddy Campos | @Freddorific