Denuncié a un acosador en el metro de CDMX; así quiso defenderse

Esta mañana, el editor de Plumas Atómicas intentó denunciar a un acosador en el metro... y no vas a creer lo que pasó
Así es un intento de denuncia por acoso en el metro de CDMX

Ante el aumento de denuncias de acoso, violencia de género e intentos de secuestro en el Metro de la Ciudad de México, la respuesta de las autoridades fue una: sin denuncias no es posible hacer nada. ¿Por qué, entonces, el proceso para denunciar no sólo es engorroso, terrible y eterno; por qué, entonces, uno mismo es el que tiene que atrapar al acusado?

Cada que en Plumas Atómicas investigamos temas de violencia de género en el transporte público, los únicos que se sorprenden (y los que levantan dudas) son los hombres, aunque nunca he sabido bien por qué, pues todos vemos lo mismo en el metro.

Hoy, mientras el vagón en el que iba en la línea 7 se acercaba a Barranca del Muerto, vi a un tipo tomando fotos de un par de mujeres sin que se dieran cuenta y, obviamente, sin su consentimiento. Lo confronté y jalé la palanca de emergencia.

No llegó la policía y bajé con el tipo, jalándolo mientras me insistía que “pensara en sus hijos y en su trabajo”. Sabía perfectamente que lo que había hecho era un delito y su perfil era acorde a lo que en un estudio, demostrara el mismo Metro: los acosadores no son ni enfermos ni monstruos, son personas “normales”.

Después de dos intentos de fuga fallidos y conforme nos acercábamos a los torniquetes, el acosador comenzó a desarmar el teléfono; me di cuenta un poco tarde, por lo que logró quitarle la memoria y aventarla en las escaleras. Llegué sin evidencias con el policía.

El policía de la entrada comprendió claramente lo que había ocurrido, para mi sorpresa. A diferencia de lo que cientos de mujeres experimentan cuando hacen una denuncia de acoso sexual, a mí me creyeron aunque no era más que un testigo.

Siempre que tratamos denuncias de violencia de género, las sobrevivientes narran con lujo de detalle cómo sus denuncias son ignoradas, cómo policías, jueces, mirones, todos dudan de ellas aún cuando, literalmente, las están secuestrando.

El oficial tomó el teléfono ya sin memoria y nos pusimos a buscar la tarjeta, pero no apareció más; pidió refuerzos y aparecieron, ahora sí, el oficial de los andenes y otro que parecía ser el oficial a cargo en la estación.

Nos separaron, el policía del torniquete me volvió a preguntar lo que había ocurrido y me informó que para presentarlo, tendríamos que ir al Juez Cívico en Pino Suárez y que tomaría tiempo (sí, con ese tono que hemos escuchado mil veces que busca desincentivar las denuncias), le dije que sólo me diera chance de marcar a mi trabajo e informar qué estaba pasando.

Para cuando regreso, los otros dos oficiales van subiendo, viéndome entre burlona y cínicamente y sólo me dicen que el tipo “se había huido”. Así. Sin más. Con el coraje atorado, con la plena consciencia de que no pude haber hecho más y que “hice lo correcto” y lo que una y otra y otra vez la PGJ-CDMX, la Jefa de Gobierno y hasta nosotros, como medio, decimos que tiene que hacerse y aún así, el tipo se “libró” como si nada. Sin más.

Tomé un par de fotos de los oficiales mientras comenzaban a  tomarle la declaración al tipo, justo antes de que el policía de primer contacto me separara de ellos. Pero no pude hacer más. No puedo dejar de preguntarme, aún, si no ese primer “buen” trato será parte de una estrategia de los oficiales para desincentivar la denuncia.

Salgo del metro sin saber bien qué hacer, camino sobre Revolución y, al bajar por Barranca del Muerto, me lo topo en la banqueta. Pensé que me golpearía, pero no, simplemente me reclamó que “por mi culpa” le bajaron $500. Se libró de ir al juez cívico con una mordida.

En este país, la impunidad cuesta quinientos pesos. Entonces, ¿por qué es que, de nuevo, la gente no denuncia más?