Estuve en el funeral de Francisco Toledo; una guelaguetza fúnebre

El artista y activista de 79 años fue despedido en una ciudad a la que entregó toda su vida

Muy probablemente nunca estaré en el funeral de un Papa. Pero lo que viví en Oaxaca fue muy parecido, fue como la muerte de un santo.

El cielo salpica la cantera verde la plaza de Santo Domingo. Al fondo del callejón Macedonio Alcalá, la sierra de Juárez vigila cómo vendedores ambulantes y turistas se reguardan dónde pueden, lo que provoca una sensación de soledad.

Cuando la nube negra da tregua, una masa de personas desconsoladas se arrima a la puerta del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), en espera para entrar. Adentro de ese iluminado lugar, aunque hay cientos de personas, todas comparten el mismo sentimiento: la ausencia.

Francisco Benjamín López Toledo, dibujante, pintor, escultor, ambientalista, promotor cultural, activista y filántropo, murió el 5 de septiembre a consecuencia de un cáncer de pulmón. En su persona, la sociedad de Oaxaca, pero principalmente los movimientos sociales disidentes, los jóvenes creadores y las comunidades indígenas, veían a un aliado incondicional.

“Fue el alma de Oaxaca”, asegura la profesora Alín Castellanos en la entrada del Instituto. Luego enlista una serie de centros culturales que Francisco Toledo fundó y financió para el goce de sus paisanos: el IAGO, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca y la sala de cine que tenía junto a su casa, a la que acudían decenas de preparatorianos: “el Pochote”.

En una entrevista a La Jornada –medio de comunicación al que aportó dinero en su fundación en 1984-, Toledo confesó que para no sentirse mal de ser “un capitalista”, calmaba su culpa por medio de la ayuda a centros culturales y jóvenes creadores.

“Es como si hubiera muerto nuestro padre”, explica Damián Mictlantecuhtli, poeta de Juchitán, quien en su infancia leyó cuentos en zapoteco escritos por Toledo en la Casa de la Cultura de Juchitán, también fundada por Toledo. “Creo que hizo más que cualquier político de Oaxaca”, dice.

Pero además de ser un creador nato que trabajaba en su taller todo el día, Toledo era intolerante a la injusticia.

“Nos enseñó a protestar, a nunca quedarse callado”, destaca Elizabeth Moreno, quien recuerda que el artista consiguió que se cancelara la construcción de un centro de convenciones en el Cerro del Fortín, un McDonald’s en el centro de Oaxaca y permisos para el cultivo comercial de maíz transgénico.

Además, dio resguardo a los integrantes de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), movimiento social que exigía la dimisión del entonces gobernador priista Ulises Ruíz, cuando fueron sanguinariamente desalojados del zócalo de Oaxaca el 14 de junio de 2006.

Una obra magna que retrata de cuerpo entero a Francisco Toledo fue la elaboración de 43 papalotes con los retratos de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, que voló con la ayuda de niños en diciembre de 2014.

“Si se les busca bajo tierra, busquémoslos allá arriba también. O también que las imágenes estén más cerca de Dios o alguien que pueda ayudarnos a encontrarlos”, dijo Toledo esa ocasión.

“La vida empieza / en donde se piensa / que la realidad termina”, reza la letra de Dios Nunca Muere, himno popular oaxaqueño, que interpreta la banda de música de San Agustín Etla para combatir el silencio.

Entre lamentos, la marea de personas entra y sale del IAGO. Al fondo del pasillo hay un jardín techado por las ramas de enormes bugambilias que dejan pasar algunos rayos del atardecer. Rodeada de coronas de flores, sobre una mesa con un mantel blanco, un autorretrato de Toledo levanta la mano derecha, como si se estuviera despidiendo.

La gente de Oaxaca dice que más que más allá del folclorismo de cada julio, la guelaguetza es la concentración de las diferentes comunidades de Oaxaca para compartir. El funeral de Toledo en el IAGO fue una guelaguetza en la que el diverso pueblo oaxaqueño compartió su luto por la muerte de uno de sus padres.

Una zapoteca canosa, vestida con un huipil completamente negro, atraviesa el pasillo del IAGO con dirección a la calle y se detiene en la grada más elevada de la entrada. Levanta su mirada humedecida y, de orilla a orilla, ve los rostros de cientos de personas que quieren entrar. En medio de su pesar, inhala profundamente y saca un suspiro orgulloso: “esta es Oaxaca”.

por Cristian Pinto