Fotografía como violencia: entre acoso, arte y registro de imagen

Pensar en fotografía simplemente como “imágenes” es una forma muy simple de ver esta práctica, considerada por muchos como arte, y por muchos otros simplemente como una herramienta.

Registrar cualquier parte del mundo necesita de, al menos, se pensado. Ninguna fotografía es inocente, y por tanto, ahí reside su violencia, misma que es utilizada con diversos fines, que pueden corresponder a intereses igual de diversos.

Salvo que a alguien se le dispare el obturador de una cámara por accidente, no podríamos pensar en una fotografía que no busque algo. El simple hecho de encerrar una parte específica del espectro visual del mundo, requiere el proceso mental de capturar dicho espacio en un fotograma o en un archivo digital.

No estamos refiriendo al acto artístico del ejercicio fotográfico. También es necesario comprender que, antes que cualquier otra cosa, una fotografía es un documento de registro y su nacimiento es como una herramienta meramente documental. Su particularidad artística, de resignificación de la imagen, llega después y como un añadido, no como su esencia.

Recientemente, la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México modificó los artículos 17 BIS y 179 del código penal para que quien tome fotografías de índole sexual a otras personas, sin su consentimiento, reciba condenas que van de uno a tres años de prisión.

Con esto, se aceptó que tomar una fotografía, por simple o burda que sea, supone un acto subjetivo, en el que van implícitas interpretaciones de la imagen misma, pero también de la intención de su autor, como una intención lasciva.

A lo largo de la historia, la fotografía, a través de sus diferentes usos y acepciones, ha sido usada como registro de la historia. Las imágenes, por su naturalidad y su registro fiel de lo que se ve realmente, suponen una muestra directa del tiempo y momento en que fueron tomadas.

Por esta misma razón, es que la intención del fotógrafo es el primer punto a considerar cuando se acerca uno a mirar un producto de este tipo. Durante el Siglo 20, los linchamientos en Estados Unidos tuvieron como objetivo a la comunidad negra y el registro de estos actos era tomado dentro del mismo contexto que el asesinato se realizaba: un acto público y denigrante.

Foto: EDIIMA

Estas mismas fotos eran usadas como postales por las familias blancas del sur de Estados Unidos, como documenta Marina Azahua en su libro Retrato Involuntario. La foto, a pesar de que ahora funge como un documento de lo brutal de estos actos, también da constancia de cómo se usaba el registro de imagen para ejercer un dominio sobre las comunidades negras: es la perpetuación del hecho, al mismo tiempo que un souvenir y un recuerdo de que el terror, aunque pasado, sigue ocurrió.

Tomar una fotografía, ya sea con el consentimiento o no de quien aparece en ella, da una condición de dominio a quien lo registra. Es dueño del tiempo y todo aquello que queda dentro del cuadro. Así como estas refieren a una subjetividad, referente a quien la mira, también requiere de la subjetividad de quien aparece ahí y, nuevamente, de quien la toma.

Los casos de abusos sexuales y de acoso por parte de fotógrafos dentro de ese ramo artístico son comunes. La modelo española Paula Caryatides, relató cómo el fotógrafo Longshoots la acosó durante una sesión que hicieron juntos, al mismo tiempo que buscaba más testimonios similares de otras modelos. (Vía: Código Nuevo)

Lo que encontró es que esto era una práctica común por parte del fotógrafo, que refiere también a muchos casos similares. Durante una sesión fotográfica, la violencia y su condición latente crece: el fotógrafo no solo es dueño de la imagen que tomará, sino también del cuerpo que mueve y busca representar. La modelo es vulnerable al estar a disposición de lo que busca capturar quien sostiene la cámara.

De manera representativa, el simple hecho de apuntar una cámara hacia alguien es una violencia. Es un símil a disparar un arma: se prepara, se apunta y se dispara. El sujeto recibe un flash o el sonido de un obturador, que no le dejará marcas físicas, pero sí dejará su marca visual entera en una fotografía.

Ahí radica la fuerza de la selfieque aunque nos cueste aceptarlo, es otra forma de hacer fotografía, solo que en esta el fotógrafo tiene poder sobre sí mismo y se sirve de la herramienta para mostrarse.

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Existe una ambivalencia en el acto fotográfico. La imagen se encarga de eternizarse, humanizarse con el tiempo, como en el caso de las fotografías de linchamientos en Estados Unidos, o las fotos de refugiados del medio oriente.

Sin embargo, en su origen sirve a un fin específico que corresponde a su contexto y que establece una doble muerte: muere el momento encerrado en celuloide y muere el sujeto, despojado de su rostro fiel para ser interpretado por una mirada.

Por Freddy Campos | @Freddorific

Por: Redacción PA.