Croacia y el nacionalismo salvaje: ¿por qué el mundial saca lo peor de todos los países?

El Mundial provoca, cada cuatro años, dos tipos de reacciones: las frases e historias cursis, de ‘fieles a la camiseta’, sacrificios, esfuerzos y alegría en las gradas, pero también anécdotas violentas, expresiones de odio y ultranacionalismo que, casi en coro, son denunciadas por la FIFA, los medios y la afición en general porque ‘no tienen cabida en una celebración como ésta’. El problema es que sí lo tienen y tanto lo cursi como lo violento son diferentes expresiones del mismo problema: el nacionalismo.

Sí: el nacionalismo es un problema por muchas circunstancias que ya hemos tratado en diferentes ocasiones. Pero sería necesario centrarse, en esta ocasión, en la construcción de la identidad nacional (desde la Historia, hasta los símbolos patrios y la camiseta de la selección, todo son expresiones de esa identidad que cada 15 de septiembre y cada mundial reducimos siempre al absurdo).

Quiénes sí pueden ir al Mundial y a qué México representan

Ni las Olimpiadas, ni los partidos de las ligas locales, ni el hockey ni el rugby ni el Americano, ningún deporte ni ninguna otra competencia despierta esta identificación casi primitiva entre un equipo y la idea abstracta (pero bien definida) que tenemos de ‘Nación’. El himno en el estadio y la bandera en el campo representan a millones en casa y a miles en el estadio.

Y por ‘representan’, me refiero, como lo hacen siempre los narradores deportivos más cursis, a todo un país en la cancha y todas las esperanzas de un país: incluso los que no sabemos nada de futbol y apenas entendemos de un fuera de lugar.

Ese país que ‘representan’ los once en la cancha es uno construido por su historia, por sus traumas y por los problemas irresueltos que ha dejado en el camino. Esa representación es la de la Historia, no las historias, es una construcción ficcional tan grande como son las fronteras, la poesía patria y el ‘deber nacional’.

Así como la afición mexicana no dejó de gritar ‘¡eh puto!’ sino hasta que significó un riesgo real para la selección (y, con ello demostró lo poco que le importa la homofobia pero lo mucho que le preocupan las multas), del mismo modo la afición y los deportistas croatas no tienen empacho en marcar guiños nazis, mostrarse ‘polémicos’ y utilizar su visibilidad para recordar el pasado más oscuro (pero para ellos más lustroso) de su historia nacional.

Esta historia la escribieron los perdedores

No hay mentira más grande en la historiografía que la frase atribuida a George Orwell: “La historia la escriben los vencedores”. Desde las crónicas de conquista mexicanas hasta el orgullo regionalista del Sur estadounidense, esa máxima hace a un lado las historias locales que, de a poco y de formas nada ‘ortodoxas’ para la Historia, terminan convirtiéndose en relatos identitarios de toda una población.

Eso pasó, de hecho, con los perdedores de la Segunda Guerra Mundial en los Balcanes. La región que hoy es Croacia (junto con Serbia y la República Checa) conformó el Protectorado de Bohemia y Moravia, desde donde se organizó y luchó la última gran batalla del Frente Oriental, incluso después de que el Reich se había rendido en Alemania.

Los Balcanes fueron una región ocupada, luego, por la URSS y la historia contrahegemónica fue, justamente, la ‘independencia’ durante el nazismo.

Los últimos 30 años la región ha presenciado guerras, genocidios y redistribuciones políticas y, hoy, es cuna e incubadora de los ejemplos más radicales del nazismo contemporáneo.

En 2014, cuando Croacia venció a Islandia por su calificación a Brasil 2014, el defensa y estrella de su selección, Josip Simunic, tomó el micrófono y guió a la afición en un canto ‘nacionalista’ que resultó ser el grito de batalla de las tropas hitlerianas, los Ustachas, responsables del genocidio de millones.

Simunic fue multado y suspendido por diez partidos, por lo que se perdió el Mundial y tuvo que dejar de jugar en su selección. Hoy, es asesor del director técnico croata, Zlatko Dalić.

Puede que Simunic no supiera la historia del canto, puede que, como ocurre con Polonia, el negacionismo forma parte de la historia oficial, pero es tan solo un ejemplo de una corriente viva dentro de la identidad nacional croata.

Necesitamos ficciones para construir comunidades: desde la Historia nacional hasta las historias personales, todas forman parte de cómo nos imaginamos y quiénes decimos que somos.

El nacionalismo, como ficción, sirve justo para darnos sentido: explotándolo como única forma de diferencia o confrontando diferentes narrativas de todos los diferentes mundos que podemos ser dentro de uno solo.

Raúl Cruz V. ⎢ @rcteseida

Por: Redacción PA.