La ‘reconciliación’ como arma y defensa: AMLO y Mijis

AMLO, a diferencia del Mijis, no hace praxis ajena al discurso: su discurso es su praxis política
AMLO llama a reconciliación con EZLN

¿Cuáles son las implicaciones de hablar de “conciliación” y “unidad” sin un proceso de reconciliación?, ¿por qué sí hay una diferencia cuando el presidente se lo dice al EZLN y cuando un diputado local habla de de procesos de negociación entre pandillas?

Dos discursos conciliadores, dos políticas diferentes

En menos de dos semanas, dos discursos de reconciliación y unidad se volvieron una discusión en la esfera pública: la discusión entre Pedro Carrizales, el Mijis, y los comentadores de la 4T, John Ackerman y Gibrán Ramírez, sobre su intención de “superar” las divisiones.

Este fin de semana, por otro lado, el presidente López Obrador también recurrió a ese discurso de conciliación y “unión”, pero hacia el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y las constantes críticas que han hecho tanto los zapatistas como el Congreso Nacional Indígena a la administración del tabasqueño.

En Chiapas y de la mano del gobernador, Rutilio Escandón, y el exgobernador y actual senador, Manuel Velasco Coello, López Obrador también se echó un discurso conciliador que tenía no poca carga condescendiente al movimiento separatista:

“podemos tener diferencias, pero somos respetuosos, en su momento ese movimiento aportó bastante para que se conociera esta realidad, mi recomendación fraterna, respetuosa es que no nos peleemos, que ya basta de divisiones, que ya necesitamos unirnos todos como esa estrofa del himno de Chiapas, a ver quién me la recuerda: ‘que se acabe la odiosa venganza, que termine por siempre el rencor, que una sea nuestra única esperanza, nuestra sola esperanza, y uno también nuestro amor’”. (Vía: Noticieros Televisa)

Mientras que lo que dijera el Mijis era una especie de “buen deseo” desde una teoría política quizá fallida, el discurso de López Obrador en pleno Chiapas está en la misma línea de todos los gobierno federales desde 1994: la desacreditación del movimiento y las razones de fondo del levantamiento.

Lo que puede verse como un comentario desatinado de parte de Carrizales (ya sea porque no “defiende” su partido o desconoce las lecturas de sus críticos dentro de la 4T), en López Obrador es política pública, parte del discurso de todas las mañaneras.

Mijis, pandillas y reconciliación

El Mijis, como muchos (de verdad muchos) de los legisladores locales y federales que entraron con la oleada Morena en 2018 no tiene experiencia en la política, pero sí en lo político.

Como Jesusa y su muy particular forma de legislar, El Mijis ha operado tanto en el ámbito local como en el nacional (tanto en redes como en el Pleno) como le enseñó a hacerlo su trabajo comunitario: diálogo, posturas firmes y, siempre, la apuesta por la conciliación.

“Lo político” en la praxis del Mijis lo mismo es interseccional (pues apoya la lucha feminista por el aborto legal y la ampliación de los derechos de la comunidad LGBT+, por ejemplo), como sustentada en ejemplos que han funcionado en otros países por políticos progresistas.

Sin embargo, es imposible negar que su comunicación en redes sociales, particularmente en situaciones coyunturales como el que provocó la polémica de los programas de Hernán Gómez y John Ackerman, es, cuando menos, poco acertada.

Como organismo político o movimiento ideológico, los políticos de Morena y, en general, la 4T ha tenido graves problemas para lograr una comunicación efectiva entre ellos, con el presidente y con la ciudadanía en general.

En buena medida esto podría ser debido a que Morena es, como lo fueron el PRD o el mismo PRI, confederaciones de diferentes movimientos e intereses políticos: lo mismo Barlett que el Mijis, Olga Sánchez Cordero o Napo Gómez Urrutia.

Si bien el Mijis no hace los espectáculos performáticos o los videos que dejan a todos sin palabra de Jesusa, su aproximación a la Política mucho se parece al de la senadora: seguir haciendo lo mismo que había hecho fuera del poder, como si no hubiera cambiado nada: el performance para Jesusa, la conciliación entre pandillas del Mijis.

Y quizá en eso y sólo eso es que Ackerman y Ramírez apuntan con certeza toda la teoría y la realpolitik que saben manejar: en un país con un discurso enconado, la conciliación sin procesos de reparación sólo es buenos deseos.

¿Y, entonces, por qué se aplaudió el discurso de AMLO en Chiapas?

Desde el 2006, cuando López Obrador se nombró “Presidente Legítimo”  y realizara múltiples protestas por todo el país, el CNI y el EZLN se separaron del entonces PRD y marcaron diferencias insalvables con el proyecto del ahora presidente constitucional.

Esas diferencias se profundizaron cuando, en el 2018, el CNI lanzó la candidatura independiente de Marichuy como vocera del Congreso y el ataque constante de la “izquierda” institucional dentro de Morena.

La oposición, también, ha sido a los megaproyectos del Tren Maya y el Proyecto Integral Morelos por considerarlos parte de la misma agenda neoliberal que López Obrador dice ya haber eliminado por decreto.

El asesinato de activistas indígenas durante la 4T, como Samir Flores, y la detención arbitraria de otros, mientras que elementos clave del zedillismo, como Esteban Moctezuma Barragán, terminaron de sellar la comunicación entre el CNI y el EZLN y la 4T.

En el discurso del domingo, a López Obrador parece que se le olvidara no sólo que ahora encabeza el gobierno federal contra el que, hace 25 años, se declarara en guerra el EZLN, sino que también lidera un grupo político que prometió eliminar muchas de las desigualdades sistémicas que denuncia el CNI.

AMLO, a diferencia del Mijis, no hace praxis ajena al discurso: su discurso es su praxis política. Las cosas avanzan porque se habla de que avanzan y la economía no cae porque se dice que no va a caer.

En cierto sentido, el discurso y la política obradorista es igual de performativa como los debarayes de Jesusa: al decirlos se ejercen y existen. Así, si dice que ya se acabaron la corrupción y el neoliberalismo, se acabaron en ese mismo instante.

A diferencia, por ejemplo, de Fox y su “solución en 15 minutos” del conflicto chiapaneco, aquí no hay negociación, sino un mandato: “que se haga la paz”.

Al contrario de lo que pasó con el Mijis, que lo tacharon de “quedabien” y lo acusaron de “aliarse” con los “adversarios” de la 4T; el llamado a  de López Obrador fue digno de “un estadista”.

Los problemas de comunicación dentro de los aplaudidores del presidente López Obrador y de su propio partido quizá sea, más bien, pura y dura hipocresía.