Ucrania: Los viejos de la guerra

Así era la vida en la línea de fuego durante la guerra de Ucrania
(Imagen: Roger Vela)

Este reportaje fue publicado originalmente en Underground Periodismo de Investigación

Un frío día de diciembre María enterró a su hijo en el patio de su casa. Aprovechó el agujero que abrió un proyectil sobre el piso de tierra para improvisar el sepulcro de Víctor. 11 meses antes, en enero de 2015, los enfrentamientos entre los separatistas apoyados por Rusia y el ejército ucraniano habían dañado gravemente la infraestructura de Opytne, el pequeño pueblo de María. Por esos días, Victor salió de su casa para ayudarle a uno de sus vecinos a reparar la tubería de gas. Habían pasado cinco minutos cuando el bombardeo comenzó. Segundos después un proyectil golpeó la cabeza de Víctor. De inmediato, los vecinos corrieron a la casa de María para avisarle lo ocurrido.

Desesperados, lo trasladaron a una clínica cercana, por le negaron la atención médica debido a la gravedad de la herida: era necesaria una cirugía. Lo llevaron a un hospital en Dnipro, a 250 kilómetros de ahí, a unas cuatro horas en carretera, donde fue operado con éxito. Los restos de metal fueron retirados de su cráneo y regresó a su casa. Pero las secuelas no lo dejaron en paz, tuvo que ser ingresado al hospital en dos ocasiones en los meses siguientes hasta que un derrame cerebral apagó su vida. Murió frente a su madre. Su cadáver permaneció enterrado durante medio año en el patio de su casa porque los militares habían bloqueado la entrada al cementerio local. Tenía 48 años. Hoy por fin descansa en un lugar digno.

Es abril de 2019. Han pasado tres años desde el asesinato de Víctor. Para llegar a la casa de María es necesario atravesar un tramo de terracería que se extiende durante unos tres kilómetros. Apenas cabe un auto estándar en el estropeado sendero. En ambos lados del camino hay pastizales secos donde se esconden minas terrestres aún activas. Entre la maleza, a unos tres metros de las marcas que han dejado las llantas de los vehículos, hay letreros en color rojo que advierten el peligro, con el clásico dibujo de un cráneo con dos fémures atravesados por debajo, acompañado por dos palabras: “DANGER MINES!”. Hay por lo menos cinco placas de este tipo en todo el recorrido pero no se sabe cuántas minas. El ejército ucraniano estima que tardará unos 40 años en desactivar todas las minas que se han sembrado en esta guerra. En 2017, este tipo de explosivos subterráneos mataron a 429 personas, ese año Ucrania ocupó el tercer lugar entre los países con más víctimas a causa de las minas, lo superaron Afganistán y Siria, de acuerdo con ICBL, una campaña internacional para prohibir las minas terrestres.

Sobre el horizonte brotan las ruinas del aeropuerto de Donetsk, pero es mejor no estirar demasiado la cabeza para verlas porque desde aquí cualquier vehículo puede ser rafagueado por francotiradores sin previo aviso, tampoco es bueno agacharse porque eso llamaría aún más la atención. Hay semanas en las que sólo un auto se atreve a pasar por este accidentado camino.

Los estragos de la guerra de Ucrania (Imagen: Roger Vela)

Si buscas “Opytne” en Google Maps aparece una pequeña aldea del Este de Ucrania con seis calles horizontales y siete verticales, rodeada por vastos campos iluminados por un engañoso color verde que en realidad es grisáceo, pero si quieres explorar el entorno, es imposible soltar a Pegman, el hombrecillo dorado de la aplicación, en algún sitio. Si buscas la misma palabra en Wikipedia, la enciclopedia virtual te explicará en tan sólo dos párrafos que es un poblado localizado a 10 kilómetros del centro de la ciudad de Donetsk y que desde hace algunos años el lugar se convirtió en uno de los frentes de la guerra en Ucrania. Ninguna información previa al conflicto.

Parece un pueblo abandonado pero no lo es. No todavía. Antes de la guerra vivían aquí cerca de 800 personas, hoy hay 38. Solo se quedaron los ancianos. Eso quiere decir que el 95 por ciento de los habitantes huyó de este lugar o que el cinco por ciento se quedó, según como se vea. Antes de la guerra era una colorida villa rodeada por un paisaje verdoso. Antes de la guerra el silbido que provocan los aviones con el aire era la melodía más escuchada del lugar. Antes de la guerra aquí vivían personas menores de 60 años.

Es mediodía y, como en cualquier pueblo pequeño, los ladridos de los perros anuncian la llegada de extraños. De pronto, suena un estruendo que deja un escalofriante eco.

—¿Eso fue una bomba?

—Sí, fue una bomba —responde el guía.

—¿Dónde cayó?

—Como a dos kilómetros de aquí.

Las bombas suenan a veces cada cinco minutos, a veces cada 20. Dicen que en la noche son más frecuentes. Unas suenan secas y cerca, otras lejos y con un inquietante zumbido. La vista advierte que no hay vivienda que no tenga cicatrices de proyectiles en sus ventanas, puertas y paredes. Hay orificios de todo tipo: unos pequeños del diámetro de un corcho de vino, otros más grandes como un melón y algunos alcanzan el tamaño de un balón de futbol. Si los muros de Opytne fueran la bóveda celeste, la casa de María sería una de las constelaciones más numerosas.

Enfrente de esa casa, Rodion Lebedev —coordinador de Proliska, una ONG de ayuda humanitaria que trabaja con la agencia de la ONU para los refugiados— explica que el mayor problema es que el 95 por ciento de este pueblo está destruido y que las ambulancias y los bomberos no se paran por aquí. “No se pueden restaurar las casas porque los dueños aún no tienen certificados expedidos por las autoridades locales de que sus hogares han sido dañados, lo que quiere decir que oficialmente sus casas están en buenas condiciones”, dice Rodion con voz calmada, vestido con un chaleco azul de la ACNUR, mientras observa una vivienda con el techo destrozado.

Mientras cuenta que desde hace años no hay agua potable, ni gas, ni electricidad en Opytne y que la gente debe cortar leña para calentar su comida, María se acerca con un paso cansado pero firme, casi arrastrando los pies. Trae una pañoleta azul marino para cubrir su cabeza, un suéter verde dos tallas más grande con cierre de cuello alto y las mangas dobladas, un pantalón café de algodón desgastado, unas botas afelpadas del mismo color y un mandil rojo deshilachado. En sus orejas cuelgan dos discretos aretes dorados en forma de perla que contrastan con sus ojos turquesa. Le urge contar su historia.

María (Imagen: Roger Vela)

María Gorpynych nació en 1940 en Zakarpatia, una región ubicada del otro lado del país, localizada a más de 20 horas en carretera. Ahí vivió sus primeros años y su juventud. Luego se casó y su marido la convenció de atravesar Ucrania de Oeste a Este para vivir en Opytne, el pueblo donde vivía su cuñado. Eran los años 70. La Guerra Fría mantenía en alerta al mundo y el nuevo hogar de María pertenecía a la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Por esa época, las minas de carbón y la industria siderúrgica de la zona comenzaban a despuntar y el aeropuerto de Donetsk era reconstruido por primera vez. La prosperidad abrazaba los nuevos tiempos.

En los años siguientes, la región de Donetsk, cuya capital se encuentra a media hora de Opytne, comenzó a latir como el corazón industrial de Ucrania. Se consolidó la industria del carbón y florecieron las industrias metalúrgica, química y energética. El hierro y el acero se exportaban a 50 países, las plantas de energía térmica y eléctrica abastecían no sólo la región, también a las zonas circundantes. La agricultura creció y logró ocupar dos millones de hectáreas de campos fértiles para cultivo. Para ese entonces, Ucrania ya era un país independiente y en Donetsk había dinero hasta para construir uno de los estadios más modernos de Europa a 20 kilómetros de donde vive María: la Donbass Arena, inaugurado en 2009 con capacidad para 50 mil espectadores, reconocido con la categoría élite por la UEFA y sede de la Eurocopa 2012. Su club local, el Shahktar Donetsk, llegó a disputar una final de la Supercopa de Europa contra el Barcelona de Lionel Messi. Luego llegó el estruendo de las bombas.

El hogar de María posee la maldición geográfica de estar localizado en uno de los pueblos acorralados en la línea de fuego. Opytne está bajo control del ejército ucraniano, del otro lado están los separatistas. Los civiles han quedado atrapados por ambos lados: al norte las minas terrestres y las balas de los francotiradores comprometen la movilidad, al sur las bombas llegan desde Donetsk.

María no tuvo nietos y su esposo murió en la primavera de 2014. Tiene 78 años y vive sola con su perro. Hace cuatro años un tanque mató a su otro can. La puerta de su casa es una pesada lámina a la que el óxido le ha arrebatado el color original, sostenida entre dos rejas de madera raída. En su patio están tirados fragmentos de metal cuyo color ocre siena no esconde el paso del tiempo, al lado hay tubos arrumbados y trozos de madera esperando servir para algo. El suelo es una combinación de tierra grisácea, concreto quebrado y pasto esparcido que se aferra a crecer. Al fondo se encuentra la improvisada casa de su mascota, que no deja de ladrar, cubierta por una lona. A pesar de ser primavera, los árboles no han reverdecido.

En la estructura de su hogar se perciben dos momentos: el primero muestra una construcción de hace décadas pintada de blanco, el segundo un techo de dos aguas y un recibidor construidos recientemente con bloques de ladrillo que se ven bastante firmes. Todo cubierto por láminas de aluminio para evitar goteras en el interior. Su puerta tiene cinco centímetros de grosor pero está desvencijada y para cerrarse debe apretarse con un cordón percudido. No hay pared que no tenga impactos de proyectiles. La poca ventilación de su hogar provoca que inmediatamente al entrar asalte al olfato un penetrante olor a tomate, cebolla, vinagre, ajo y remolacha hervida, ingredientes básicos del borsch, una de las sopas más típicas de Rusia.

Lo primero que llama la atención al entrar a su cocina es la imagen de Jesucristo resucitado de 30 x 50 centímetros adherido con cinta transparente, justo arriba de la última línea de azulejos blancos colocados para evitar que se pegue la grasa al muro. Al lado hay un fogón que se calienta con leña y sobre éste, ollas y cazuelas de distintos tamaños. Enfrente una alacena donde María guarda alimentos no perecederos y una mesita con cubiertos, trastes y recipientes con comida. En medio está colocado un sillón pequeño con varias telas, trapos y mantas encima.

En la sala resalta una florida alfombra roja colgada en la pared. Durante los años 60 se puso de moda colgar alfombras en los muros de los departamentos rusos, el objetivo era aislar el frío del exterior y el ruido de los vecinos, además de darle color a las habitaciones. En una vitrina se ve una vajilla amontonada, polvosas copas de vino, un reloj con manecillas que ya no avanzan, tazas de café que no se han usado en años, directorios sucios que aún conservan su forro de plástico y peluches desgastados. La habitación contigua ha sido habilitada como una especie de bodega donde conviven, en medio del caos, sillas de madera, una televisión de los años 90, ropa, cajas, bolsas y más trastes. Al lado de la ventana, por donde han entrado los disparos que han roto su vitrina, una voluntaria pinta de amarillo crema la carcomida pared.

—No tengo a donde ir. Aquí murió mi esposo y mi hijo —dice María.

— ¿Qué hace cuando empiezan los bombardeos?

— Si los bombardeos son muy duros, nada más me siento en el pasillo que va a la cocina y espero ahí hasta que acaben. Me da miedo esperar en el sótano, porque al otro lado de la calle, con el vecino, un proyectil le dio a su casa y sepultó el sótano. Si estuviera ahí quedaría enterrada viva.

Cuando María habla del sótano no se refiere a un refugio anti bombas o algo parecido, más bien es un pequeño cuarto debajo de la casa usado para guardar frutas y verduras enlatadas. Sabe que a su edad bajar las escaleras le puede tomar más tiempo de lo normal y quedar atrapada entre el fuego procedente de Donetsk.

(Imagen: Roger Vela)

A 14 horas de aquí —viajando en auto y tren— se encuentra Kiev, la monumental capital ucraniana donde habitan casi 3 millones de personas. Si el Este es la cara ruda del país, esta metrópoli es la cara sofisticada. El ambiente cosmopolita del centro de la ciudad no le pide mucho a las fastuosas capitales europeas. La avenida Khreschatyk, la más importante de la ciudad, es una estampa de la diversidad: jóvenes rubias vestidas como en un desfile de modas caminan como si la banqueta fuera su escenario, pasan al lado de un grupo de muchachos con ropa holgada que bailan break dance afuera de un McDonald’s atiborrado de familias, cerca de ahí un mexicano toca Take me to Church de Hozier con su violín, a unos metros chicas adolescentes miran a sus novios golpear una pera de box mecánica para probar su virilidad, más adelante hombres mal encarados de unos 40 años ofrecen en inglés servicios sexuales de mujeres ucranianas a los turistas. Tiendas Zara, Nike y Apple. Victoria’s Secret, Gap y Mango. Oficinas de gobierno, cajeros automáticos y una exhibición de autos deportivos en medio de la calle. Tacos, pizzas y Kebabs. Tours por la ciudad en varios idiomas a bordo de buses de dos pisos, Wi-Fi gratis y carteles del reguetonero Maluma anunciando su concierto en el Palacio de los Deportes de Kiev.

La vida transcurre rápido en esta ciudad de lujosas cúpulas doradas. Durante las horas pico las tres líneas del metro se saturan de personas que intentan llegar a su centros de trabajo o a sus escuelas. Mientras que en el Este del país los estudiantes aspiran a terminar una carrera técnica para trabajar en la industria, aquí sueñan con estudiar un master en Londres. Por las noches salen a beber vodka, vino, cerveza o Jägermeister dentro de los bares o sobre las aceras. Otros prefieren tomar un café con su pareja mientras escuchan a un guitarrista cantando baladas pop en las escaleras de la Plaza Maidán —la Plaza de la Independencia—, el epicentro del terremoto social que sacudió al país hace siete años y que aún cimbra, a 740 kilómetros de distancia, la casa de María.

Todo comenzó en 2013 cuando el presidente Víktor Yanukovich, cercano a Rusia, se negó a firmar un acuerdo económico con la Unión Europea, lo que sería el primer paso para que Ucrania entrara a esa entidad geopolítica. Esa decisión presidencial y los escándalos de corrupción durante su administración motivaron a cientos de estudiantes a salir a las calles a protestar. Eran jóvenes de una generación que habían nacido en el contexto de la caída de la URSS. Llevaban años esperando un cambio que parecía irse de sus manos.

Por eso, a partir de noviembre de ese año las protestas antigubernamentales se concentraron en la Plaza Maidán. Con el paso de los días la represión policial se incrementó y eso encendió aún más los ánimos de los manifestantes. La furia abrazó no sólo a estudiantes, sino también a trabajadores, profesores y hasta militantes de partidos de la extrema derecha. Los choques entre la policía y el gobierno eran cada vez más duros. Hasta que el 20 de febrero de 2014 se vivió el día de mayor represión: en los enfrentamientos murieron 21 personas. El saldo durante los tres meses de protestas —conocidas como Euromaidán— fue un presidente que huyó a Rusia y más de 100 manifestantes asesinados, muchos de ellos cayeron por balas de los francotiradores que se habían apostado en los techos de los edificios que rodean la plaza.

Pero no es de extrañarse que buena parte de los ucranianos no viera con buenos ojos las protestas. Ucrania es una patria dividida en dos. Este y Oeste. Rusia y Europa. La nostalgia por la Unión Soviética contra el sueño de la Unión Europea. Mientras el lado derecho de la geografía de este país comparte sólidos lazos históricos y culturales con Rusia y para la mayoría de sus habitantes el ruso es su lengua materna, el izquierdo mantiene una identidad nacional ucraniana y aspiraciones más europeas. Kiev está a la izquierda del mapa, María vive a la derecha.

En esos días, Rusia tomó con cierta facilidad el control de Crimea, un territorio del sur de Ucrania con un 60 por ciento de rusoparlantes. En los complejos militares cayeron las banderas azul cielo con amarillo y se izaron nuevas con blanco, azul marino y rojo. Desde entonces, cada seis meses la Unión Europea renueva un paquete de sanciones contra el gobierno de Moscú.

En medio de esos eventos, los ucranianos eligieron un nuevo mandatario: Petro Poroshenko, una especie de Willy Wonka ucraniano dueño de Roshen —la chocolatería más grande del país— apodado ‘El rey del chocolate’. El millonario empresario era cercano a las políticas de la Unión Europea. Parecía que por fin una nueva generación de ucranianos lograría que su país se abriera al mundo. Pero entonces algo sucedió en el sureste.

Como respuesta al Euromaidán, grupos armados cercanos a Rusia tomaron varias instalaciones del gobierno en las regiones de Donetsk y Lugansk, declarando ambos territorios repúblicas independientes. Empezó la guerra entre los separatistas prorrusos y el ejército ucraniano. Era abril de 2014. Desde entonces más de 13 mil personas han sido asesinadas debido a los combates, entre ellos más de 3,300 civiles, de acuerdo con cifras de Naciones Unidas. Miles de personas como María quedaron en medio de los combates.

(Imagen: Roger Vela)Desde hace algunos años María es conocida como ‘Baba Masha’, lo que en español significa algo así como ‘abuela María’. Así le llaman sus vecinos como una muestra de cariño. Cuando no hay bombas cayendo cerca, trabaja para recuperar su destrozado jardín donde alguna vez germinaron arándanos.

El agua que usa para bañarse, lavar su ropa y limpiar su hogar debe acarrearla de un pozo cercano, el único en el pueblo, que en ocasiones está vacío. Pero el agua para beber y las briquetas de carbón que necesita para calentar sus alimentos son proveídas por Proliska, la organización humanitaria donde trabaja Rodion. En algún tiempo, la ONG le regaló gallinas para que se alimentara con sus huevos, pero las aves ya no están más.

Es pensionada, recibe al mes 2,000 grivnas —unos 80 dólares— para subsistir. El problema es que en Opytne de nada sirve el dinero porque no hay dónde cambiarlo por productos de primera necesidad. Así que cada cierto tiempo Rodion le ayuda comprando algunos comestibles en Avdiivka, la ciudad más cercana a la que pueden acceder. Pero todo se complica cuando llueve porque el camino de terracería rodeado por las minas terrestres se inunda y es imposible que pase algún vehículo. Así que muchos deben ingeniárselas para sobrevivir hasta que alguien logre pasar con los víveres.

Y es que la mayoría de personas que aún quedan en Opytne y en otras zonas atrapadas en la guerra son gente de la tercera edad que tratan de llevar una vida normal entre los bombardeos. Su resistencia es aferrarse a esa ilusión de normalidad. Pasan los días esperando a que todo se resuelva. Llevan seis años en cuarentena, sin luz y, a veces, sin poder asomarse a la ventana. Su mayor virtud es la paciencia, aunque la desesperante situación que viven en el crepúsculo de su vida ha golpeado su salud.

Aunque el aislamiento ha ayudado a que no existan casos de Covid-19 en el pueblo, también ha generado otro tipo de padecimientos.

María padece hipertensión arterial. Hay días en que se marea, le duele la cabeza y siente náuseas, pero no hay un médico cerca que la pueda atender. En algunas ocasiones ha sido atendida por personal de una clínica móvil de Médicos Sin Fronteras (MSF), pero la mayor parte del tiempo tiene que luchar sola contra sus dolencias. Sus vecinos sufren algo similar. Quizá la única ventaja que les dejó el aislamiento a los habitantes de este pueblo es que hasta inicios de 2021 ninguno se había contagiado de Covid-19, pero tienen otros problemas.

Muchos de ellos están diagnosticados con enfermedades propias de su edad como presión alta y diabetes, pero quizá lo más grave es que el 96 por ciento de los ancianos que habitan cerca de la línea de fuego han experimentado problemas de salud mental, según la organización HelpAge. El estrés generado por el aislamiento, la soledad y la guerra han derivado en ansiedad y depresión. En algunos casos se combinan los trastornos psicosomáticos con alguna enfermedad crónica.

El doctor Sergienko Iryna dice, en un reporte de MSF sobre su labor en Ucrania, que el estrés se convierte en una condición crónica que conduce a trastornos depresivos y que eso puede hacer que las personas se vuelvan apáticas y olvidadizas, que pierdan interés en el autocuidado y dejen de seguir las instrucciones del tratamiento para sus enfermedades u omitan las dosis. “Muchos de nuestros pacientes creen que su salud nunca mejorará”.

A pesar de todo esto hay poco más de 30 personas que se niegan a abandonar Opytne. Esa riesgosa decisión tiene 3 sólidas columnas que la sostienen: algunos no tienen familia en otra parte, otros están muy enfermos por lo que es riesgoso trasladarlos a un lugar distinto y en la mayoría el arraigo a su tierra es más fuerte que su miedo a las bombas. María le ha dicho a su hermana que vive en el Oeste de Ucrania que ella prefiere morir aquí, en la tierra donde están sepultados su esposo y su hijo.

Aunque en julio de 2020 el gobierno ucraniano y los separatistas acordaron un alto al fuego, pueblos enteros como Opytne continúan aislados y la presencia militar se mantiene en sus calles, mientras los muertos se acumulan en los informes de la ONU. Pero en esas cifras María es una víctima invisible.

María falleció el 30 de noviembre de 2019. Murió quemada en su casa. El fuego, según las investigaciones, no fue provocado por las bombas. A ella le daba miedo dormir en completa oscuridad, así que cada noche encendía una lámpara de gas o una vela para estar más tranquila. Esa fue la causa del incendio. La falta de energía eléctrica le costó la vida. Era imposible ayudarla, en Opytne no hay agua para beber, menos para apagar incendios. Cuando el personal de la agencia humanitaria llegó sólo encontró trozos de huesos carbonizados y cenizas.

Por: Roger Vela | @roger_velav

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