Apuntes sobre el Huracán Harvey, una crónica de Nayeli García

I. Origen

De acuerdo con el filólogo Wilhem Giese, la palabra huracán proviene del taíno juluca, tomado a su vez del maya. En esa cultura, Huracán es el dios de la Tempestad. El nombre significa literalmente “el que tiene una sola pierna”: hun es uno, r es un pronombre posesivo y acón es pierna.

En la historia de una de las palabras para el desastre, late la historia de una dominación violenta. Los colonos pudieron tomar las tierras, pero algunos dioses impusieron sus nombres.

II. Apariciones

En 1526 está el primer registro de la palabra huracán en un texto hispano. En su Historia general y natural de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo explica que:

Huracan, en lengua desta isla, quiere deçir propriamente tormenta ó tempestad muy exçesiva; porque, en efecto, no es otra cosa sino grandísssimo viento é grandíssima y exçesiva lluvia, todo junto ó qualquiera cosa destas dos de por sí (Capítulo VI, Libro 3).

Cuatrocientos años después, Miguel de Unamuno escribió una carta para su amigo Jacques Chevalier. El escritor se lamenta de que cada día es más difícil sentarse a escribir, por la situación que vive España. Le duelen el fascismo y la imposición de un gobierno violento. Para nombrar lo que siente, Unamuno toma esa vieja palabra maya y la invita a jugar con la memorable primera oración del Manifiesto del Partido Comunista:

¡Cuánto le contaría de esto! ¡Qué dolorosas experiencias! Un huracán de locura está soplando sobre Europa. Somos llevados por locos, por verdaderos locos. ¿Hasta cuándo? ¡Que Dios se apiade de nosotros!

III. Introducción

Ahora mismo afuera de mi casa pasa un huracán. Cuando digo ahora mismo, me refiero a que el huracán hizo tierra hace casi 24 horas y no ha parado de llover desde ese momento. Cuando digo mi casa en realidad quiero decir la casa donde vivo temporalmente.

Vine a Houston por tres meses para escribir mi disertación de doctorado. Unos buenos amigos me rentaron el cuarto de invitados. Hace un día me quedé a cargo de la casa porque él tuvo que viajar a Argentina y ella se fue para la casa de sus papás a pasar allá el huracán.

Al principio, empecé a buscar herramientas con una torpeza muy propia de la vergüenza de estar en casa ajena. Conforme llovía más fuerte y las noticias se volvían más alarmantes, agarré confianza. Necesitaba moverme en la casa con seguridad. Encontrar las cosas en la obscuridad si es necesario. Así que entré y salí de todos los cuartos. Abrí y cerré todos los cajones. Subí y bajé las escaleras para contar los escalones (16 entre cada piso) y sentir si había unos más cortos que otros. Decidí que la sala sería mi centro de operaciones: allí puse las pinzas, martillos y clavos que encontré; tres botes de insecticida, una mochila con comida, ropa, mis documentos, un cuchillo y una lamparita con lazo.

Hay unas persianas de madera que cubren las ventanas y tengo una reserva de comida y agua suficiente para una semana. Ésta es, incluso sin catástrofe, una situación privilegiada.

IV. Emergencia

En un día normal, el 911 recibe 8 mil llamadas en Houston. Entre las 10 de la noche del 26 de agosto y la una de la tarde del 27, recibieron 56 mil.

En la última hora, tres helicópteros sobrevolaron la casa.

Algo que me llamó la atención cuando llegué acá fue un servicio de mensajes de alarma que llegan al celular de forma inesperada. Una de las primeras noches fuimos a cenar a un lugar al aire libre, famoso por sus buenas hamburguesas. De pronto, a todos nos llegó un mensaje que reportaba el robo de un niño y las placas de los presuntos responsables. Diez celulares sobre la mesa sonaron al mismo tiempo y de pronto el tema de conversación se centró en eso. “Qué forma de sembrar el miedo”, dijo Emilia. “Nos hacen sentir en peligro y vigilancia”, le contestó Saúl.

La realidad le dio la vuelta a Foucault. Desde que empezó el desastre del huracán, mi celular no ha parado de sonar: lo más común son las advertencias de inundaciones súbitas que se vuelven frecuentes en la noche, pero también están las alertas de tornado.

Confieso que antes de este viaje yo no sabía qué hacer en caso de huracán. Crecí en una ciudad al fondo de un valle en el que los peligros naturales más frecuentes son los temblores y los políticos. Pensé que, como en Houston nunca tiembla…

V. Catástrofe

En algún lado leí que toda catástrofe natural es, en realidad, una catástrofe humana. Dicho en otras palabras, los resultados de eventos naturales como huracanes o terremotos tienen mucho que ver con la infraestructura del lugar.

Si hay buenos sistemas de drenaje y bombeo de agua, si las presas y las tuberías fueron construidas sin corrupción, si el Estado es capaz de brindar transporte y refugio para los desplazados, los resultados de las catástrofes son menores.

VI. Olor

El actinomiceto, una bacteria de la tierra, secreta un compuesto llamado geosmina. Cunado este compuesto produce esporas, ocurre lo que It’s Okay to be Smart llama “una aroma terroso”. Cuando las gotas de lluvia entran en contacto con el suelo, la geosmina sufre disturbios y el aroma de sus esporas se levanta en el aire hasta las narices humanas que lo perciben.

Otro aroma que llena el aire tras la tormenta es de aceites de plantas. Durante periodos de sequía, las plantas secretan aceites para evitar que sigan creciendo y necesiten más agua. Cuando esos aceites son liberados, se acumulan en rocas y en la tierra. Como sucede con la geosmina, cuando la lluvia entra en contacto con el suelo, los aceites liberan pequeños y volátiles compuestos, con un aroma distintivo llamado “petricor”.

Mientras que el aroma de la geosmina y de los aceites de plantes sube desde el suelo, hay otro aroma que baja desde el cielo. Cuando hay una tormenta, una carga eléctrica produce átomos de nitrógeno y oxígeno en la atmósfera. Cuando estos átomos se combinan forman óxido nítrico, que va a reaccionar con otros químicos en la atmósfera. Estas reacciones a menudo generan ozono, que es lanzado hacia el suelo mientras las tormentas de rayos surgen arriba. Mientras el olor del ozono se arrastra más cerca de nuestras narices, podemos percibir pequeños signos de un olor más. (Museo para Niños, Indianápolis)

A este conjunto de olores, hay que sumarle el de plantas machacadas y animales muertos. También podemos agregar un poco de gasolina y desechos humanos. A eso, más o menos, huelen los charcos de huracán.

(CONTINUARÁ)