La cumbia en México, de las calles a los museos

Durante seis décadas de existencia han amenizado bailes callejeros, eventos en salones, festejos privados y fiestas patronales a través de cumbias, salsas, bachatas y un sin fin de ritmos tropicales
(Foto: Plumas Atómicas / Paola E. González)

Los sonideros son una expresión cultural propia de los barrios marginados de la Ciudad de México. Durante seis décadas de existencia han amenizado bailes callejeros, eventos en salones, festejos privados y fiestas patronales a través de cumbias, salsas, bachatas y un sin fin de ritmos tropicales, mismos que han hecho bailar a colonias enteras.

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Los bailes sonideros surgieron en las calles de Tepito, Iztapalapa y Peñón de los Baños como una de las pocas alternativas baratas o gratuitas de recreación para sus habitantes. Su éxito propició que dichos bailes se extendieran por toda la República Mexicana y algunos lugares de Estados Unidos.

En los últimos años, su existencia se ha puesto en riesgo debido a que las autoridades locales les han dificultado o negado los permisos necesarios para la realización de sus eventos públicos.

(Foto: Plumas Atómicas / Paola E. González)

Durante la noche del 25 de noviembre de 2019, se desplegó una fuerte movilización policiaca en la colonia Narvarte a raíz de un supuesto enfrentamiento entre uniformados y delincuentes armados. Se hablaba de que el tráiler en el que viajaban, tenía reporte de robo, y se desató una balacera. Sin embargo, gracias a diversos videos que circularon en redes sociales, se supo que se trató más bien de una agresión directa de la policía capitalina hacia una caravana de sonideros que se dirigía a participar en un baile en Tacubaya. El tiroteo dejó dos heridos de bala y un equipo de audio dañado, propiedad del Sonido Rumba Caliente de Lucio Zárate, y fue, además, resultado de una acción injustificada por parte de las autoridades. David Mendoza, propietario de Sonido Retro, manifestó lo siguiente:

“Se dijo que no había permiso, que el vehículo estaba reportado como robado. Nosotros hemos estado revisando todo el aspecto jurídico y no hay un sólo detenido. Del tráiler se presentó la factura que ni siquiera tenía reporte de robo; a la hora de recogerlo no había un motivo… fue una mala decisión de quien la tomó en su momento.”

También dijo que existen dos procesos jurídicos abiertos, al respecto. Uno es un procedimiento administrativo interno contra tres de los elementos que participaron en la agresión; otro es una carpeta de investigación por los daños ocasionados al equipo de sonido y por los dos lesionados, quienes en su momento fueron presentados como imputados pero luego resultaron absueltos, una vez que los dictámenes periciales determinaron que ellos no habían accionado ninguna arma de fuego.

(Foto: Plumas Atómicas / Paola E. González)

Fue esta situación la que colmó al gremio sonidero y hasta hoy lo ha movilizado en defensa de sus derechos. El 3 de diciembre del año pasado, sonideros de varias partes del país protagonizaron una singular protesta en el Centro Histórico, en la cual la explanada de Bellas Artes y el Zócalo se convirtieron en pista de baile durante algunas horas. El objetivo fue condenar las agresiones y la discriminación que sufren en el desempeño de sus actividades, donde se les limita el trabajo y se les impide el uso del espacio público.

La movilización logró que los sonideros pactaran mesas de diálogo con el gobierno capitalino, para dar solución de fondo a sus problemas, la mayoría derivados del hecho de que la labor del sonidero carece de rango jurídico previsto en la ley.

Ricardo Reyes, quien se dedica a la organización de bailes públicos, nos explicó:

“Estamos normados por la Ley de Espectáculos Públicos, la cual tiene ciertos artículos que son muy difíciles de cumplir, principalmente para los que somos microempresas. No tenemos los suficientes recursos económicos, se tienen que pagar ciertos servicios que ofrece el gobierno que son muy elevados, cómo la seguridad pública y la protección civil. Queremos que esta ley se adecúe para que nosotros podamos cumplir esas normas y sea una forma legal de poder trabajar”.

(Foto: Plumas Atómicas / Paola E. González)

Un baile público, nos menciona, requiere una inversión promedio de 120 mil pesos que involucra el pago a los sonidos participantes, publicidad, lonas, plantas de luz, seguridad interna, renta del espacio, etcétera, que sumada a los pagos gubernamentales hace incosteables sus eventos o, por otro lado, que sean eventos elitistas a los que podrían asistir solo quienes pudieran pagar su entrada, situación que atenta contra la naturaleza popular de los bailes sonideros.

Durante las negociaciones en la asamblea informativa del 15 de enero del presente año, los comisionados del gremio sonidero señalaron a los diputados locales los siguientes puntos a tratar:

Defender el derecho al trabajo de los sonideros y su inclusión en el listado de oficios de la capital.

Los sonideros son un negocio, funcionan como empresas o microempresas que representan una fuente de ingresos para muchas familias. Un sonido pequeño requiere de al menos tres trabajadores, mientras que uno grande emplea hasta 20 personas.

Defender el derecho al espacio público establecido en la Constitución de la Ciudad de México, la cual en su artículo 18 establece:

“Los espacios públicos son bienes comunes. Tienen una función política, social, educativa, cultural, lúdica y recreativa. Las personas tienen derecho a usar, disfrutar y aprovechar todos los espacios públicos para la convivencia pacífica y el ejercicio de las libertades políticas y sociales reconocidas por esta Constitución, de conformidad con lo previsto por la ley.

Las autoridades de la ciudad garantizarán el carácter colectivo, comunitario y participativo de los espacios públicos y promoverán su creación y regeneración en condiciones de calidad, de igualdad, de inclusión, accesibilidad y diseño universal, así como de apertura y de seguridad que favorezcan la construcción de la ciudadanía y evitando su privatización”.

Buscar la aceptación del sonidero como expresión de la cultura popular, además de su reconocimiento como Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México.

(Foto: Plumas Atómicas / Paola E. González)

La trayectoria sonidera cumple con los requisitos establecidos por la UNESCO. Por ejemplo, ser una actividad ininterrumpida, heredada de generación en generación y que genera también sentido de pertenencia.

Además los sonideros hacen una contribución importante al acervo musical, porque poseen vastas colecciones de discos de distintos géneros, épocas y países, principalmente de América Latina. Difunden canciones que muchas veces ya no se escuchan ni siquiera en sus lugares de origen.

Asimismo su aportación al baile es única. El característico “baile de brinquito” sólo se ve en la Ciudad de México; incluso, existen clubes donde constantemente se crean pasos que van a lucirse solo a los bailes sonideros.

Hasta hoy, en las mesas de diálogo se ha logrado conformar una definición jurídica del sonidero, entendido como: “La persona física o moral que se dedica a prestar un servicio de selección, animación, programación y amenización de fiestas, bailes y eventos de carácter público, social y/o privado utilizando lugares cerrados o el espacio público de la CDMX, a través de equipos de sonido, video, iluminación e infraestructura y música grabada de diversos géneros.”

Esta definición representa el primer paso para la consecución de sus metas. El siguiente será presentar un proyecto de autorregulación de los bailes públicos, que será discutido con las autoridades capitalinas y, posteriormente, presentado en una iniciativa de ley para ser votada en marzo de este año.

Una vez considerado en la ley y aceptado como parte de la cultura mexicana, al sonidero se le podrán abrir las puertas de los grandes lugares de eventos como el Foro Sol o el Auditorio Nacional y, sobre todo, las puertas de los museos para mostrar verdaderas joyas de la música popular: desde vinilos de colección, tocadiscos y carteles de diseño, que son muestra de la forma que la gente de los barrios populares encontró para expresarse, para disfrutar y transmitir la música. Hasta hoy no hay fiesta donde no se escuche y se baile una cumbia sonidera.

Por: Paola E. González