VOX: un partido ‘democrático’ que solo es voz para el odio

Hay que poner atención a Vox, la ultraderecha de España

El año era 2017, en diversos países de Europa partidos políticos de derecha y extrema derecha ganaban elecciones y accedían a puestos de gobierno con discursos demagógicos dirigidos contra la Unión Europea, los migrantes y las agendas progresistas. Por ese entonces aparecieron varias piezas de opinión y análisis tratando de explicar por qué el auge de la ultraderecha no había contagiado a España (pueden ver algunos ejemplos, aquí, aquí, aquí y aquí). El problema es que a todos estos textos les faltó añadir una palabra: todavía.

Esta nueva ola de fuerzas políticas de ultraderecha difiere incluso de los partidos políticos conservadores a los que nos habíamos acostumbrado. Su discurso violentamente reaccionario y sus posturas oscilan entre la demagogia y el fascismo descarado, con todo y la apología de las dictaduras del pasado, el negacionismo del Holocausto y la atribución de todos los males del mundo a una “conspiración globalista” (es decir, judía).

Se alimentan del descontento de la población, causado por la recesión del 2008 y la pérdida de legitimidad de las instituciones políticas tradicionales, que son vistas como corruptas e incapaces de resolver los problemas de la gente común. Satanizan a los inmigrantes, al feminismo, los colectivos LGBTQ+ y generan discursos de pánico contra todo el progreso social de las últimas décadas, etiquetado con nombres que no significan nada, como “ideología de género” o “marxismo cultural”. En fin, el fenómeno es complejísimo y tiene raíces económicas, políticas y socioculturales.

Las noticias de dos nuevos grandes triunfos de la ultraderecha sacudieron al mundo durante el pasado 2018: el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil y la victoria electoral de Vox en Andalucía, España. El exmilitar, ahora presidente del país carioca, ha acaparado los espacios noticiosos, y no es para menos, teniendo en cuenta que de entre los líderes de fascistoides surgidos los últimos años, él es quien gobierna sobre una mayor población. Pero el caso de Vox no es para perder de vista.

Registrado por primera vez en 2013, Vox ha ido sumando a sus filas a miembros de la “derecha desencantada”, aquellos para los que el conservador Partido Popular (PP) no tenía una línea suficientemente dura. Bajo el liderazgo de Santiago Abascal (nacido en 1976), ha tenido contacto con otros partidos populistas de extrema derecha del viejo continente.

Posters de VOX apropiándose del slogan de Donald Trump

Después de años de posicionarse lentamente, el pasado mes de diciembre Vox obtuvo su primera victoria electoral, en Andalucía, donde conquistó 12 escaños en el parlamento gracias al 11% de los votos, convirtiéndose así en el primer partido de ultraderecha en llegar al poder en España. Para formar mayoría en el parlamento andaluz, el viejo PP se alió con Vox, siguiendo otra tendencia internacional: los partidos conservadores desdibujan cada vez más la línea que los separa de las agrupaciones de ultraderecha. Esa línea es la decencia básica, diría yo.

Además de querer defender tradiciones “sagradas” españolas, como la tauromaquia y la cacería, (con ese chauvinismo cultural de defender “lo nuestro” sólo porque es nuestro), y de dirigirse contra las diversas nacionalidades que conforman España, dos puntos han sido los que Vox ha insistido más: la Ley de Memoria Histórica y la Ley de Violencia de Género.

La Ley de Memoria Histórica tiene el objetivo de reconocer, y si es posible compensar, a las víctimas del régimen dictatorial de Francisco Franco, que gobernó España entre 1939 y 1975, tras hacerse con el poder gracias al apoyo de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Andalucía fue una región especialmente golpeada por el terrorismo franquista, que mató a 50 mil personas, de las cuales muchas siguen enterradas en cientos de fosas comunes.

La ley hace énfasis en encontrar las fosas, permitir que las familias sepulten a sus seres queridos, y reconocer la opresión de las mujeres y las personas LGBTTQ+ durante la dictadura; incluye la enseñanza sobre los crímenes del franquismo en los programas educativos y prohíbe el uso de símbolos franquistas y fascistas. Vox quiere echar todo eso para atrás, con el pretexto de que es una ley “totalitaria” que favorece a una “izquierda rencorosa”.

Con respecto a la Ley de Violencia de Género, Vox pretende quitar todo rastro que conceptualice el género como un factor importante en los casos de violencia. Con el viejo “toda violencia es mala” y “los hombres también sufren”, o sea, la clase de argumentos de cualquier cuñado básico, quieren reducirla a una “ley de violencia intrafamiliar” que no haga mención del género como componente fundamental de la misma.

La agenda antifeminista de Vox incluye perseguir criminalmente las denuncias falsas por violación, quitar al aborto de entre los servicios de salud pública, la equidad de géneros en las listas de los partidos políticos, terminar con la subvención gubernamental a organizaciones que están a favor de los derechos de la mujer y garantizar la educación segregada por sexos (niños por un lado, niñas por el otro).

La estrategia de Vox es copiada al calque de las de otras agrupaciones de extrema derecha. Obviamente, nadie va a ganar unas elecciones prometiendo meter a todos los inmigrantes en cámaras de gas. En cambio, buscan primero victorias parciales, simbólicas. Esconden su discurso xenófobo y racista tras políticas concretas cuyo fin es “proteger las fronteras” o “defender a los ciudadanos nacionales”. Usan la vieja confiable “ellos son los verdaderos fascistas” contra los colectivos feministas, LGBTTQ+ o antirracistas, y tachan de “totalitarias” a cualquier medida encaminada a la protección de estos grupos históricamente vulnerables.

Algunos expertos han señalado que no puede considerarse a Vox como fascista, porque aunque su credo sea de lo más odioso, su forma de obtener el poder ha sido de acuerdo a las normas democráticas, que no han dado visos de querer derogar para establecer una dictadura militar. Sin embargo, como bien señala esta pieza de opinión, ello implica adoptar una definición muy miope de lo que es el fascismo, pues lo reduce a qué tanto respeta las instituciones de la democracia liberal, dejando de lado los valores y discursos que promueve.

Si un grupo admira a los viejos fascistas, si adopta sus símbolos y su discurso, si pretende atacar a los mismos colectivos que fueron sus víctimas, ¿cómo no se les va a llamar fascistas? Fascistas tímidos, pacientes, de a poquito, si se quiere, pero fachos al fin y al cabo.

Así que… ¿eso qué nos importa en México? Bueno, pues que esto es un fenómeno internacional, de tal envergadura que, si la humanidad no se extingue en el próximo medio siglo, es algo de lo que van a hablar quienes estudien la historia de esta etapa. Es decir, no podemos asumir que esta oleada que está afectando a todo el mundo no va a terminar cayendo sobre México, sólo porque actualmente contamos con un gobierno de izquierda moderada. Hemos de estar alerta y prepararnos ante cualquier señal de su posible surgimiento, y no esperar que nos tome por sorpresa.

por Miguel Civeira