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Tenemos que hablar de la crisis humanitaria en la frontera con Estados Unidos

Del 19 de abril al 31 de mayo de este año, el gobierno de Estados Unidos separó a mil 955 niños de 1940 adultos migrantes en la frontera con México; la mayoría eran familias buscando asilo y, por lo tanto, deberían de estar protegidas por leyes internacionales. Sin embargo, el gobierno xenófobo y racista de Trump no ha hecho sino generar una crisis humanitaria como no había visto su país desde 1945.

Como te hemos estado informando, desde hace poco más de un mes, el gobierno de los Estados Unidos tomó una medida migratoria que, además de cruel, viola leyes internacionales, acuerdos multilaterales de derechos humanos y sigue los peores ejemplos de la historia moderna: para ‘desincentivar’ la migración y las solicitudes de asilo, el Departamento de Justicia está separando a padres e hijos en la frontera, deportando a unos y ‘deteniendo’ a otros en centros más semejantes a campos de concentración que otra cosa.

La separación de padres e hijos en la frontera forma parte de una política ‘ de cero tolerancia’ para la entrada ilegal a los Estados Unidos, sin embargo, no hay una sola ley que avale el acto inhumano: ni legislación, ni ordenanza ni nada que así lo dicte.

Para Estados Unidos, simplemente entrar en su territorio sin la documentación y permisos necesarios es ya un delito en sí mismo: es por eso la “cero tolerancia”. En ese sentido, la lógica del Departamento de Justicia es que los padres, al ser criminales, no pueden salvaguardar la integridad y el bienestar de sus hijos, por lo que les son retirados y puestos en custodia del Estado.

Luego, los niños son procesados en centros de detención, enjaulados y hacinados en “ciudades de tiendas de campaña” o instalaciones que semejan más cárceles que centros de procesamiento. Ahí permanecen por 72 horas para ser trasladados a otros centros donde se les da educación, entretenimiento, comida y ropa nueva.

Muchas veces, como lo han demostrado medios como Pro Publica, el New York Times e, incluso, legisladores estadounidenses, los padres de estos niños son deportados antes de saber qué fue de sus hijos, violando decenas de derechos humanos, migrantes y de la niñez. 

Apenas se les da un número telefónico al que pueden marcar para tratar de localizar a sus hijos, sin embargo, no hay garantías (ni caminos legales y diplomáticos) para garantizar que podrán reunirse con ellos pronto.

Hasta el momento, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la ONU y los gobiernos de El Salvador, Guatemala y Honduras se han sumado a la condena de esta política inhumana que viola tratados interanacionales y que, de hecho, no ha demostrado servir como disuasión para los miles de centroamericanos que cruzan la frontera en busca de asilo.

Y es que, justamente, eso es lo que buscan: asilo. Intentan salvar la vida ya sea por hambre o violencia en los países de los que vienen.

La administración de Donald Trump insiste en defender esta medida (que ya tiene un pie plantado por completo en el fascismo) con dos argumentos: uno de política interna y otro bíblico. Jeff Sessions, fiscal general (y Secretario de Justicia) citó la carta de San Pablo a los Romanos para justificar la medida:

“De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.” (San Pablo a los Romanos, 13: 2-4)

Esos mismos versículos han sido usados por los confederados durante la Guerra Civil estadounidenses para justificar la esclavitud y por los sacerdotes católicos pro-nazis en la Alemania hitleriana. Resulta cuando menos irónico que unas cuantas líneas abajo, un versículo cancela ese mismo argumento:

El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.” (Romanos 13:10)

En el lado de política interna, tanto Trump como Sarah Huckabee Sanders insisten una y otra vez que lo que están haciendo sólo es posible por las leyes “que los demócratas impusieron”, por lo que si de verdad quisieran frenar la separación de familias, sólo tendrían que votar a favor de la propuesta migratoria de Trump.

Ajá: para Trump y sus esbirros, los niños son rehenes para una negociación de política interna. Lo que no sólo es grosero, sino torpe y peligroso para su propia administración.

Estados Unidos tiene una larga y vergonzosa historia con la migración humanitaria: en 1939, rechazó un barco cargado con 900 judíos alemanes que huían de la muerte (más del 75% de ellos no sobrevivió la guerra); hacinó a los refugiados cubanos en barrios mal preparados para su llegada en 1989 y, hoy, en tan sólo tres semanas tiene casi 2 mil niños llorando por sus padres sin abogados, defensa o contrapesos para asegurar su reencuentro.

Estados Unidos siempre ha mantenido su política frontal anti migrante (desde las grandes migraciones europeas, asiáticas y latinoamericanas en el siglo XIX) mientras se dice un ‘país de migrantes’. De hecho, no es una contradicción en un país que de verdad cree en la meritocracia como su organización social, económica y política.

Las estadísticas contradicen directamente a Trump y a sus cercanos: no hay una crisis migratoria ni tampoco un incremento en la delincuencia con la llegada de migrantes latinoamericanos. La ley (estadounidense e internacional) contradicen a Trump, las imágenes, los audios y los testimonios indican que esto sí está pasando, que no es una exageración y que, de nuevo, es una crisis humanitaria construida sólo para negociar un muro.

Dos mil niños no saben qué es de sus padres: a muchos les prometieron un baño y no los volvieron a ver. A muchos les dijeron que sus padres ‘se fueron’, todos tendrán cicatrices de por vida.