OK, ganaron los migrantes… ¿pero para cuándo tendrán derechos políticos?

Francia es, por segunda vez, la campeona del mundo. Por segunda vez, su logro se da por pies, cabezas y cuerpos de migrantes o de hijos de migrantes que se han enfrentado una y otra vez al racismo en sus vidas cotidianas pero son, hoy, héroes nacionales.

Esta contradicción no es nueva ni extraña: los efectos de la discriminación pareciera que se hacen a un lado cuando una victoria trae consigo la “gloria” del equipo o la nacional. Pero en las historias personales, esos momentos de gloria no limpian una vida de agresiones.

Casi dos tercios de la selección francesa del 2018 está conformada por migrantes o hijos de migrantes. Algunos vienen de excolonias francesas en el Caribe o en África, algunos huyeron de sus países de origen por la violencia o el hambre. La gran mayoría de ellos llegaron a los banlieues: los suburbios de las principales ciudades francesas.

En estas colonias (que podríamos equipararlas con la zona conurbada de la Ciudad de México y los cinturones de miseria de las ciudades mexicanas), la pobreza y la violencia son frecuentes y constantes. Cada cierto tiempo estallan protestas que se convierten en levantamientos populares en los que se exige trabajo, seguridad social (y personal), respeto a la vida de los habitantes y los migrantes…

Escapar de la vulnerabilidad legal y económica de los banlieues no sólo es difícil para los migrantes, muchas veces es imposible: los procesos de legalización de su situación migratoria son largos y difíciles de cumplir y, mientras no los resuelven, tienen que tener trabajos con pagas magras o están condenados al desempleo.

Los poquísimos casos de éxito requieren esfuerzos titánicos: salvar a un niño de un balcón en París o darle la copa mundial al país en el que has sido discriminado toda tu vida.

Un migrante de Mali, Mamoudou Gassama, literalmente tuvo que salvar la vida de un bebé arriesgando la propia para tener la ciudadanía y un trabajo en los bomberos parisinos.

Sí, buena parte de los equipos europeos están conformados en su mayoría por migrantes o hijos de migrantes. Y eso es importante: la visibilización es un primer paso. Pero no es el último. Y apenas es un paso.