No, Cienfuegos, los soldados no son ciudadanos en uniforme

La principal estrategia para enfrentar a los cárteles en México es la persecución y captura de sus capos: “cortar la cabeza de la serpiente”, a pesar de que más de 10 años (casi 20) de ese “plan” han demostrado que, más que serpientes, los cárteles son hidras, por cada cabeza cortada aparecen dos, se replican, pelean entre ellas y, como ocurre desde el 2006, envuelven al país completo en una guerra por territorio que pareciera no tener final.

La detención en la Ciudad de México de quien se supone es uno de los líderes del Cartel de Sinaloa, Dámaso López, “el licenciado”, vuelve a poner en el centro de la discusión la efectividad de una estrategia que, hasta el cansancio, ha demostrado que no es efectiva ni para la desarticulación de los cárteles, ni para la “disminución de la violencia”, como apuntó el secretario general, Salvador Cienfuegos, en un evento en Cuautla, Mor.

Los diez años de “guerra contra el narco”, han dado espacio para que se propongan muchas otras formas para enfrentar la violencia, las organizaciones criminales, las adicciones y los vacíos del Estado en los que los cárteles han logrado anclarse: tratamiento y cuidado de los adictos, estrategias integrales para la rearticulación del “tejido social”, investigación y enajenación de dinero (y la investigación a profundidad de autoridades y empresarios relacionados con las actividades ilícitas), todas son medidas para enfrentar al narco que han funcionado en otros países y que, en México, se quedan tan sólo en discursos y promesas de campaña, como las que, en 2012 hiciera Enrique Peña Nieto.

Este último año, además de la violencia que se ha desatado por todo el país (como te lo hemos comentado ya en varias ocasiones en Plumas Atómicas), se le tiene que sumar la insistencia de las Fuerzas Armadas por una legislación que “les dé certeza” sobre sus operaciones. Particularmente la presión que, desde la Secretaría de la Defensa Nacional, ha ejercido Salvador Cienfuegos para que se apruebe una “Ley de Seguridad Interior” a modo, propuesta por legisladores del Partido Revolucionario Institucional y Acción Nacional, para legitimar un estado de excepción que suma, hasta hoy, casi 150 mil muertos, más de 30 mil desaparecidos y un número indeterminado de refugiados y exiliados.

Ya no son sorprendentes, en este contexto, las declaraciones que Cienfuegos hizo en el 205 aniversario del rompimiento del sitio de Cuautla por las fuerzas de José María Morelos. La lógica reduccionista y ultraconservadora tan “tradicional” del calderonato (o de los regímenes militares sudamericanos) reapareció después de unos meses de silencio, “nosotros” somos los “verdaderos mexicanos”, los “ciudadanos” que tienen que “rescatar al país” de todo aquel a quien no juzguen digno:

Las adversidades no deben de ser un obstáculo para que juntos luchemos por el progreso de México, las Fuerzas Armadas, ciudadanos en uniforme militar, tenemos claros nuestros ideales. De manera decidida nos hemos sumado a los esfuerzos de sociedad y gobiernos para contribuir en la seguridad y bienestar” (Vía: El Universal)

En el discurso de Cuautla, la insistencia en la ciudadanía de los militares no es gratuita: de nuevo, frente a una posible Ley de Seguridad Interior, frente a los escándalos de Tlatlaya, Nochixtlán y Apatzingán, ante la sospecha constante de su involucramiento (o, cuando menos, omisión) en la noche de Iguala, frente a un gobierno que pierde cada día legitimidad y apoyo social, ¿quién mejor que el Ejército para llevar a cabo labores ciudadanas?

Pudo haber “caído” el “licenciado”, pero no el Cártel de Sinaloa; así como puede caer un presidente, pero no un sistema que, con gravísimos problemas institucionales, se ha librado de la mano del ejército.

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