NAZA no es una película sobre la guerra: es una autopsia de la maquinaria que la vuelve rutinaria. Yuval Abraham y Rachel Szor —dos cineastas y periodistas israelíes judíos, realizadores de No Other Land, ganador del Óscar— entrevistan a 24 soldados y agentes de inteligencia israelíes para reconstruir cómo, tras el 7 de octubre de 2023, la selección de objetivos en Gaza pasó por sistemas de vigilancia e inteligencia artificial, incluido el programa “Lavender” , “Where’s Daddy” y “Homeland” .
La fuerza incómoda de NAZA: es una historia contada por israelíes judíos, desde adentro del Estado y de su aparato militar. Eso deja al sionismo en la lupa no como identidad de un pueblo, sino como proyecto político que administra poder, territorio y muerte. Cuando quienes nacieron y se formaron dentro de ese sistema denuncian sus crímenes, la acusación de antisemitismo deja de funcionar como escudo automático. No protege al poder: lo delata.
Se estrena en México y estará en algunas salas que puedes consultar aquí las salas de Cinemex que la exhiben.
El título lo dice todo. NAZA proviene del acrónimo hebreo nezek agavi: “daño colateral”. En la práctica, significa que antes de un bombardeo se calcula cuántos civiles morirán. Diez, quince, cincuenta NAZA. La película muestra que esas muertes no son un accidente trágico ni un efecto imprevisible: son una variable autorizada dentro de un procedimiento.
El horror no está solamente en Gaza. Está en Tel Aviv, a unos 60 kilómetros, donde los entrevistados hablan de “fábricas de objetivos”, almuerzos, salidas con amigos y misiones “disfrutables”. La cámara recorre departamentos limpios, niños dormidos, yoga y rutina urbana, mientras las voces describen cómo se hackean teléfonos de niños, se marcan casas y se borra historia palestina. El documental obliga a ver que el exterminio puede convivir con la normalidad más pulcra.
¿A quién sirve esta película? A la verdad, sí, pero también a un debate incómodo: la mayor parte de la evidencia proviene de quienes ejecutaron la violencia, no de sus víctimas. Es una decisión periodística potente —desarmar la negación oficial con testimonios internos—, pero revela algo estructural: en la cobertura occidental, la palabra de un soldado israelí suele pesar más que la de un periodista palestino que arriesga su vida para documentar la masacre.

Israel respondió como responden los Estados cuando la maquinaria queda expuesta: las FDI rechazaron las acusaciones y cuestionaron el anonimato de las fuentes; el ministro de Cultura, Miki Zohar, acusó a los directores de “traición”; y Benjamin Netanyahu impulsó reformas para retirar la nacionalidad a quienes “difamen” al Ejército o al Estado en el extranjero. Mientras tanto, más de 1,500 profesionales del cine israelí y 43 organizaciones de derechos humanos defendieron a Abraham y Szor. Cada vez son más visibles los judíos que se separan de la ideología sionista y rechazan que el Estado de Israel pretenda monopolizar la religión judía para justificar su poder.
La contradicción es brutal: un Estado que se presenta como democracia y víctima permanente criminaliza a sus propios ciudadanos por contar cómo funciona su aparato militar. Quien paga las guerras nunca son quienes las ocasionan. Pagan los muertos de Gaza e Israel, los soldados atrapados en una burocracia letal y las sociedades entrenadas para confundir crítica con traición. El poder se protege con ideología, fuerza y sus idiotas útiles. NAZA no pide lástima: exige que miremos quién autoriza, quién ejecuta y quién cobra por cada “daño colateral”.
